¿Y por qué escribes poesía?

el

Daniel Aldaya

Querida Malfenti: Me preguntas en tu última carta qué puede llevar a una persona a escribir poesía en estos tiempos de prosa que nos habitan.

Pues bien, por ejemplo, Espido Freire prologa una antología de poetas jóvenes y dice refiriéndose a ellos: “Nos miramos entre nosotros los novelistas y asentimos, cohibidos por su vehemencia, qué locos están, qué raros son, sólo compiten por el nombre, por el puesto en la cima, por el agua, el aire, la tierra y el veneno”. Y, claro, en un mundo donde para todo lo demás Mastercard y donde siempre es verano en El Corte Inglés, resulta extraño no desear las escrituras de la luna lorquiana.Descifrar, querida amiga, señora de Malfenti, qué puede haber en la cabeza de alguien que hipoteca su juventud detrás de palabras cargadas de pasado (y se recrea en la parte más dolorosa del pasado); entender por qué elige como mejor amigo a Bukowski y comprende el dolor de Cernuda mejor que el propio; incluso, afirmar, como dice mi amigo Alfredo, que los personajes de Shakespeare son más interesantes que la mayoría de personas que conoces, está fuera de nuestro alcance.
Sirvan unas aproximaciones: el poeta, a veces, es un masoquista. Un ser que se vale de su yo más golpeado para salir bien en un poema. Como quien aprovecha un accidente para saquear a la víctima. Lo explica mi amigo Javier más certeramente: “… es como desear los dientes de oro / en la boca de un cadáver”.
Compongamos la escena del crimen. ¿Por qué unos temas y no otros? Ellos nos eligen, amiga mía. ¿Inspiración o trabajo? Inspiración en el primer verso, el trabajo es el resto, es decir, todo lo demás. El oficio, lo que todo el mundo puede fácilmente aprender (esta última afirmación pertenece también a mi amigo Alfredo; me ha pedido una lectura en profundidad de su poemario para que le diga lo que es paja y, francamente, no sé cómo decirle que la poesía es el peso de la paja, y la carga emotiva lo que humedece y aumenta el peso. Pero bueno, ése es otro cuento). Y el asesino podría perfectamente ser, cómo no, un poeta, cuando afirma que la poesía es un arma cargada de futuro (yo afirmé casi al principio de esta carta lo contrario) y firma el aserto: “… poesía necesaria / como el pan de cada día, / como el aire que exigimos trece veces por minuto”.
Que ¿para qué sirve la poesía? Yo no lo sé, pero sé que sirve para algo. Le hicieron a Borges la misma pregunta. Y él respondió: “¿y para qué sirven los amaneceres?”. Y creo que fue en un recital de Gonzalo escarpa donde escuché divertido: “¿y para qué sirven los pájaros, idiota?”. Lógicamente me di por aludido.
Repito: ignoro qué puede llevar a alguien a perder dioptrías leyendo por las noches, perder los amigos, la familia, la vida por trasladar al papel palabras de humo. Y luego, por la mañana, cuando despierta, descubrir que el viento de la razón se ha llevado las nubes cargadas de lluvia que tú jurarías –lo sé, me he delatado- haber anclado la noche anterior en la ventana.
Resulta que el asesino ahora soy yo (asesino letraherido de muerte, todo hay que decirlo).
La policía busca poesía en la poesía de la voz rota de Sabina, en su afonía de loro sordo; algún indicio de poesía en su voz ajada de whisky y tabaco, esa droga. Los asesinos escuchamos su declamación de aprendiz de rapsoda de sus propios versos, con miedo a que “cante” los nuestros propios (nuestra propia vida, y así nos convierta en cómplices). Mi amigo Santi se adelanta culpando al cantautor con sus mismas armas: “… Tu cara de acelga / lo anuncia mucho antes: Tu tristeza, / ojo, en endecasílabo y con rima / como mandan los cánones y Quilis”. Todo esto también es poesía, esa droga.
Poesía para salvarnos de nosotros mismos. Como dice mi amigo Iosu: “Los versos que nos salvan / ocultándose en lo abierto, / como la vida que acampa / entre la muerte…”.
Para terminar, desde esta cárcel de palabras, como no sé explicarte, como ya has comprobado mi fracaso en lo que quería decirte, amiga mía, cito a Joaquín Pérez Azaústre, joven poeta cordobés de mi quinta, en una de las mejores explicaciones que he escuchado sobre por qué se lee, por qué se escribe poesía:
“Sea tolerante con los rezagados, / aquellos que no entiendan su alegría, / ni sus dudas, ni su nuevo deleite: / el placer de buscar en lo infinito / una sombra de un árbol en la brisa”.
Tuyo,
Daniel Aldaya

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