Doris Lessing: “Soy intolerante con las ideologías”

doris_lessing.jpgTOMADO DE EL PAIS. ROSA MORA / M. JOSÉ DÍAZ DE TUESTA
Doris Lessing nació en Irán, cuando se llamaba Persia, en 1919, y pasó su infancia y juventud en Rhodesia (ahora Zimbabue). Allí empezó a leer libros que su madre le compraba por catálogo. A los 31 años se fue a Londres, con su tercer hijo y su primera novela. Dejó atrás dos ex maridos y dos hijos. Autora de libros como Instrucciones para un descenso al infierno, Memorias de una superviviente o La buena terrorista, es una apasionada luchadora por la libertad, comprometida con las causas del Tercer Mundo. Militó en el partido comunista británico, pero lo dejó decepcionada por el estalinismo. A los 82 años sigue siendo rotunda en sus opiniones, contra las feministas, por ejemplo, o contra las ideologías.
Doris Lessing cumplió 82 años cuatro días antes de recibir, el pasado viernes, el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. En el hotel Reconquista, donde se alojó en Oviedo, recibió un inesperado regalo. Se ilusionó como una niña, no podía abrirlo, lo intentó incluso con los dientes; al fin, la ayudaron y se encontró con la edición española en bolsillo de tres de sus libros: El quinto hijo, El diario de la buena vecina y La buena terrorista (Punto de Lectura). Dijo que le encantaban. Esta mujer de manos grandes y piel fina muestra una gran vitalidad y tiene una capacidad de entusiasmo contagiosa. Como su risa.
P. Usted escribió dos volúmenes de memorias, Dentro de mí (1994) y Un paseo por la sombra (1997). Anunció un tercero, pero lo ha sustituido por una novela, The sweetest dream, que Ediciones B publicará en mayo de 2002. ¿Qué ha pasado con la autobiografía?
R. Me encontré con un problema. Iba a abordar los años sesenta y me di cuenta de que no podía hablar desde un punto de vista real de toda aquella gente que conocí. Así que me decidí por una novela en la que, con elementos de ficción y otros reales, podía rememorar esos años.
P. Los años sesenta han fascinado a las generaciones siguientes, pero usted se muestra bastante crítica.
R. Fueron contradictorios. La cultura estadounidense, por ejemplo, culpa de todos los males a los años sesenta, y, en cambio, a otros les fascinan. Lo más importante de aquellos años y lo mejor que tuvieron para mí es que había un espíritu muy generoso. A lo mejor fue pura inocencia, ingenuidad. La verdad es que hubo una revolución sexual y todo el mundo se lo pasó muy bien, pero no cambió nada. También fueron años de droga, y eso tuvo efectos negativos, muchas víctimas, gente que se suicidó o que acabó en hospitales mentales dañada de por vida. Pagamos un precio muy alto por aquellos días. También había mucho sentimentalismo, aunque yo no comparto el punto de vista romántico de esos años. Mis amigos jóvenes me dicen que eso se debe a que soy vieja y a que estoy un poco amargada. Me pregunto ahora por qué esa generación tan privilegiada, la más privilegiada de todas, tuvo tantísimos problemas.
P. En esos años hubo un gran auge del feminismo, y su libro El cuaderno dorado, en el que aborda la crisis personal y artística de una mujer, se convirtió, contra su voluntad, en un mito, en una especie de bandera para las feministas, a las que usted ha vapuleado a placer. ¿En qué han fallado?
R. Surgió como un movimiento un tanto explosivo en los sesenta. Había detrás muchísima energía. Pero creo que se trataba de un movimiento político, y cuando se implican aspectos políticos, sobre todo de la izquierda, surgen divisiones, traiciones, abusos, y esto es lo que ocurrió. Se pasaron el tiempo peleándose en vez de buscar soluciones.
P. ¿Se benefició alguien?
R. Se trató más bien de una revolución sexual, y no lo critico, lo acepto. Sin embargo, estoy mucho más interesada en que se produzcan cambios legislativos. Lo que voy a decir es una generalización, pero creo que las que más se beneficiaron de este movimiento fueron las mujeres del ámbito profesional, no las mujeres de las clases trabajadoras ni las que viven en el Tercer Mundo. Las mujeres que no tenían ideología política pero que sí eran feministas fueron ignoradas e incluso insultadas. Si se las hubiera implicado en ese movimiento entonces, sí que hubiéramos tenido resultados positivos. Y lo que es peor, se rechazó y se insultó a muchísimas mujeres que tenían niños. Fue muy negativo.
P. Las mujeres han seguido evolucionando, ¿cómo cree que se sienten los hombres?
R. La relación entre hombres y mujeres es diferente en cada país. Por ejemplo, en Estados Unidos, es bastante mala; en el Reino Unido, un poco mejor. Los hombres se siente amenzados, y no me preocupan tanto los hombres como los niños, que se ven en una situación de inferioridad.
P. Le preguntaron el otro día en Oviedo si estaba de acuerdo en que las mujeres en el poder contribuirían más a la paz que los hombres y usted se puso casi como una fiera.
P. Tengo que decir que nosotros, en el Reino Unido, hemos tenido una primera ministra, la señora Thatcher, que condujo con gran éxito una guerra contra Argentina. Es una idea absurdamente sentimental pensar que las mujeres pueden hacer más por la paz que los hombres. No hay pruebas históricas. Siempre ha habido mujeres muy guerreras y muy racistas.
P. The sweetest dream no son memorias, ¿pero cuánto hay de Doris Lessing en esta novela?
R. Todo. No podía ser de otra manera. Julia, la protagonista, es un ama de casa un poco anticuada, autocrática, muy estricta, no entiende nada de lo que está pasando. Me he preguntado más de una vez de dónde sale este personaje con semejantes ideas. Quizá yo soy un poquito Julia.
P. No da esa impresión en absoluto.
R. No sé, no sé. Es muy alarmante. Me sorprende muchísimo cuando de repente aparece un personaje como Julia que no entiendo, que no sé de dónde vienen sus ideas. Quizá sí hay algo de Julia en mí.
P. Han pasado 50 años desde que publicó su primera novela, Canta la hierba, que entonces escandalizó porque trata de los amores de un negro con una blanca. ¿Cómo ha cambiado su vida en este medio siglo?
R. Me he vuelto muy intolerante con las ideologías. Pertenezco a una generación de grandes sueños, de utopías de sociedades perfectas, y lo que ha ocurrido es que ha habido mucha sangre. He observado a gente de mi generación que tenía grandes esperanzas y ahora la veo muy rezagada respecto a sus expectativas. Ya no creo en esos sueños perfectos y maravillosos.
P. ¿Y en qué cree?
R. Simplemente me dedico a sentarme y ver cómo pasa la vida. ¿Qué más podemos hacer? Fíjense en lo que ha pasado en los últimos meses, en cómo de repente han cambiado las cosas cuando nadie lo esperaba. Creo que nosotros, me refiero a la raza humana, tenemos una idea falsa, creemos que podemos controlarlo todo, y no es así. Somos expertos en adaptarnos al cambio, ahora a la guerra, a las enfermedades que van surgiendo, a los virus… nos vamos adaptando a todo. Creo que eso es admirable, por eso sobrevive la raza humana. En Estados Unidos hay pánico, pero todos nosotros lo vivimos de una manera bastante calmada.
P. ¿Le preocupa la muerte?
R. Radica en una cuestión de personalidad y temperamento. Hay muchos cristianos que viven permanentemente preocupados por el tema de la muerte. Sin embargo, si uno es ateo no se preocupa en absoluto.
P. ¿Está segura?
R. ¿Pero qué puedes hacer? La muerte está ahí, llegará, es inevitable. Tengo una amiga que vive en un continuo estado de terror ante la muerte y no oye nada de lo asustada que está. Ya sé que el sentido común no es ningún tipo de defensa, pero es necesario mantenerlo.
P. ¿Y la vejez?
R. Es aburridísima. Continuamente hay cosas que no te funcionan bien, todos los días hay algo que va mal. Sí, la vejez es un aburrimiento, pero la vida no es aburrida. Todo me interesa.

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