El “alegre melancólico” y los abedules

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GUSTAVO ADOLFO BECERRA. Pienso en un mundo sin noche, lógicamente que después de leer a Fedor Dostoievski, en un mundo con noches blancas. Esas ideas obsesionantes siempre las manejé con disimulo, las protegía con cuidado de enfermero y nunca llegué a verbalizarlas por el qué dirán, pero también porque eran tan mías que no sospechaba los efectos que producirían en otros.

Me guardaba (para mí) esas imágenes poderosas de un mundo que no estaba en este mundo, pero que tenía aquí sus raíces. Un día imaginé sólo la existencia de las tuberías del mundo. Y veía los enormes edificios convertidos en grandes estructuras de caños, y pensaba qué hace esa tina en el piso quince de un edificio que no existe, ni es.

En una oportunidad tuve a Konrad Röntgen metido en los ojos y leía las enormes raíces de los árboles y veía fluir las aguas subterráneas. Siempre estaba probándome, paseándome en los límites más sagrados de la imaginación, al borde de la razón lógica. Tenía, en ese entonces, una obsesión médica por los abedules y fe poderosa en la construcción de un mundo distinto (actitud que me resulta irrenunciable). No tenía idea de que existía el pintor impresionista Gustav Klimt, ni sus anaranjados verdes, en el cual pude haberme regocijado haciendo construcciones de árboles e imaginerías de abedules.

Me parecían árboles mágicos y literarios, los abedules: su contextura lineal, su delicadeza de bosque, sus explosiones de amarillo y sol. Hasta pensé que eran más del sueño que de la realidad: imagina un bosque de abedules, me dije, y cuando lo vi perdí el sueño y todo fue como un suave aleteo de pájaro. Cuanto tuviera tronco y adquiriese un tono pálido podría ser considerado por mi obsesión como abedul: algunos viejos coigües del sur de Chile fueron, en su momento, hermosos abedules de palacio.

Personificaron a esos otros árboles que quizás nunca vería y que, a esa altura, tenía serias dudas de su existencia real. Dejaba caer los frutos de los coigües como aspas de helicópteros (venciendo la gravedad, por un momento) y desgranaba sus vainas en millones de hojas celebratorias, pensando que algún día los frutos de los abedules poblarían la humanidad. Aún no establecía relaciones entre la obra del escritor ruso, Chéjov, y los abedules.

Esa obsesión de vínculo, de relacionamiento, me acompañó durante muchos años, como a Chéjov la versátil actriz Olga Knipper (primera actriz del vanguardista Teatro del Arte de Moscú dirigido por Stanislavski), de quien es muy poco lo que sabemos, salvo por las cartas de amor de Antón. Vladimir Galaktiónovich Korolenko (1853-1921), a quien se considera como maestro literario de Gorka, definió la atmósfera creada por Chéjov en sus narraciones como “el estado de ánimo de un alegre melancólico”, tenía en lo personal una finura expresiva maravillosa y tal gentileza que lograba encantar a las estrellas.

Siento esa alegre melancolía, ahora que busco la Taberna de Alexander Pushkin y otros sitios que he imaginado: “los caballos de andar presuroso oteaban las sombras lejanas” (Pushkin, “La tempestad de nieve”). Nunca habrá otro Moscú como el Moscú de Las noches blancas y el que recorrí, un día cualquiera, muchos años más tarde (Saint Petesburg, me corrige José Miguel Varas). ¿Qué hora es? A quien le importa si puedo ver las colinas, la frondosidad de los abetos, y escucho campanas.

Veo pasar el tiempo. El tiempo tiene cuerpo y sombra y, además, se refleja en cada uno de los rostros con los cuales converso. Es tan dulce el misterio que rodea a la pregunta, que paseo junto al río Moskova (como le decían los rusos), casi sin pisar el suelo. Chéjov durante toda su vida combatió, hombro a hombro, contra la tuberculosis que lo mató a los 44 años. Este maestro del relato breve murió en Alemania (Badweiler) con plena conciencia y lucidez, dijo al doctor que lo asistía: “Ich Sterbe” (me muero).

A cambio el doctor le ofreció una copa de champagne. Su cadáver fue devuelto a Rusia en una caja que estaba rotulada como “Ostras”. Era amigo de León Tolstoi, Konstantin Stanislavski y Máximo Gorki. Venía de una familia pobre, logró estudiar medicina, profesión que casi no ejerció. Fue invitado a formar parte de la Academia Rusa de Ciencias, pero rechaza el privilegio para protestar por la exclusión de Gorka (el autor de La madre). Confieso, dijo alguna vez, que enterrar a algunas gentes constituye un gran placer. “La tumba de Anton Pavlovich Chéjov en Moscú es conmovedoramente sencilla. Sobre la lápida blanca, las hojas de un arce y un abedul procuran algo de sombra”.

Ese abedul en la tumba modesta del gran escritor de cuentos, me vuelve a conmover, otra vez el mundo imaginado, los bosques anaranjeándose. A su lado, la tumba de la amada, adornada con una gaviota. El cementerio está ubicado junto al Monasterio de Novodevichi, por eso su nombre. Cuenta Marcos Medalla Navarrete que, un poco más allá, están las tumbas de Gogol, Fadeev, Vladimir Maiakovski (el poeta que volveremos a leer), es decir, los muertos más vivos del mundo. “La medicina es mi esposa legal, la literatura es mi amante”, escribió Chéjov en 1888. “Sin falsa modestia, puedo asegurar que él, Chéjov, sabe mucho más de técnica que yo”, señaló Tolstoi.

Eran otros tiempos: las noches blancas, la nación de los abedules en el poderoso imaginario. Y el alemán Thomas Mann reconoció que “lo breve y condensado” en Anton Chéjov “puede superar en intensidad artística a lo grande, a la obra monumental”. Y a los bosques, quizás. Y al silencio. Y las gaviotas.

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