Gustavo Adolfo Becerra y La dispersión del símbolo

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Por Juan Cameron. El compromiso con la justicia, la revisión de la infancia y la magia de la escritura son los motivos que mueven al poeta chileno en El Libro de las Dispersiones. Se trata de la segunda producción de Gustavo Adolfo Becerra, quien por años fuera agregado cultural para Centro América, en Costa Rica.

Alguna vez Gustavo Adolfo Becerra se desempeñó como Agregado Cultural de Chile en Centro América, con sede en San José. Más allá de la designación el poeta enfrentó su tarea con seriedad y conocimiento y cultivó estrechos vínculos entre su país y los del itsmo. Se le recuerda con cariño. Las imágenes de amistad y las referencias a su continua colaboración -que solemos escuchar los visitantes- son testimonio de una provechosa estadía. Más de alguna vez se le vio cargando vituallas u ordenando sillas para un acto público, con esa humildad que sólo poseen los mayores.

Los escritores de Belén, de Alajuela, del barrio de Hatillo, sus conocidos en Managua y en Tegucigalpa, le envían saludos y hablan de él cuando la ocasión lo amerita. Es tanto que, al ser llamado por sus autoridades, una carta de protesta firmada por una gran cantidad de amigos fue despachada a Santiago de Chile.

Más allá de aquello, aún están latentes las imágenes del ataque al interior de la legación chilena en San José.

En esa ocasión fallecieron tres funcionarios, entre ellos una querida y recordada amiga. Fue algo brutal, inesperado; y ante la incapacidad para resolver, tanto del propio Embajador como del Ministro del Interior del país sudamericano, de visita en la capital tica, fue Becerra quien tomó el mando y se hizo cargo de la situación. Sin embargo, por esa extraña mecánica de la diplomacia hoy no está en el servicio. Se desempeña, en cambio, como director de cultura de la Fundación de Comunicaciones del Agro, en Santiago de Chile.
En el curso del año anterior, Becerra entregó su segundo poemario, El libro de las dispersiones, con una cincuentena de trabajos que continúan la línea observada en Pactos/ hombre sentado junto a la montaña, publicado en San José de Costa Rica el año 2003. Casi la totalidad de sus textos vienen precedidos por un epígrafe que el autor ha tomado de las más curiosas fuentes. Y tanto éstos como algunas frases que incorpora, pueden encontrarse “en homilías, canciones, oratorios, textos litúrgicos, cartas pastorales, himnos, redacción de memorias y en los discursos de Sola Sierra”. Así lo afirmaba Monseñor Cristián Precht, según cita en su prólogo, Palabras y Testigos, Emiliano Ortega Riquelme.
Estos epígrafes contribuyen al valor simbólico del poema y aparecen como un coro de voces que en off que participan del mismo. Sirven tanto de fuente de inspiración de aquel como de medio para el desarrollo conceptual y también como una sutil explicación al lector sobre el tema propuesto. Pero siempre, y en cualquier caso, se trata de un elemento esencial del texto.

Su escritura programática parece responder a un esquema de pensamiento instalado con anterioridad aunque, a ratos, el lector más informado supone estar ante una suerte de escritura automática que se vincula, verso a verso, a través de sus secretos vasos comunicantes. Por cierto estamos ante un escritor católico y vinculado con la Iglesia. Su visión del mundo parte del postulado ético de Terencio, muy caro a su institución, aquel de “en el decir la dignidad se hace y en ella se nos va la vida”. Y de allí surge una serie de motivos, que el autor hace suyos, relacionados con la justicia, el bien y la fraternidad. En el significativo poema Virgen de Czestochowa: Totus Tuus, cita: “Pretexto: Consagro la noche que camino. Y el Ave que Anido./ en espera de la Gran Liturgia de los que parten”. Su voz confesional surge desde lo profundo del pecho. Es él, al mismo tiempo, emisor y texto, víctima y testigo de la Caída. Y si bien en Dispersiones no encontramos la grande y abierta profesión de fe de Pactos, su primer libro, existe aquí un crecimiento gráfico que induce al poeta a utilizar, para distintas voces y situaciones, tipos de letras diferentes: normal, en cursivas, versalitas, versos en mayúsculas y profusión de altas y bajas al comienzo de la palabra. Este orden “otro” significan a su manera los ruidos del mundo, con sus luchas, su bullicio y su caótico devenir.

En este oficio, entonces, la tarea de la denuncia debe germinar. Y es así como su aullido, bautizado Howl en memoria y recuerdo de Allen Ginsberg, resulta uno de los ejes centrales en la estructura del libro. Pero este aullido es real, se escucha aún desde los calabozos de la dictadura militar: Villa Grimaldi, Cuatro Álamos, Base Aérea Manquehue son nombres que no quisieran repetirse jamás. Mas, a pesar de todo, el texto reaparece con insistencia ante los ojos del lector: “Ahora, poema, ya no estás en la Casa-Estudio de/ Colonia Dignidad.
Se termina el Reality-Show./ Ni en el Buque Lebu ni en el Almirante Latorre,/ ni en el Buque-Escuela ‘Esmeralda’, la Dama Blanca-sanguinolienta”. Tras bambalinas, lejanamente, puede escucharse algún eco de Ernesto Cardenal: “Parece una Paloma Blanca. Una niña nunca sometida/ a sesiones de hipnosis en la Escuela de las Américas./ Una muchachita seguidora de Guns and Rose,/ experta en el arte de la comida basura”.
Una segunda fuente en su escritura responde al lar. Fiel a una extendida línea de la lírica chilena y continental, la infancia del poeta se recrea en sus versos desde el Carahue natal y la sombra materna que protege sus días. Esa figura aún se proyecta e invade otros textos, incluso, ajenos a la ternura. El mito de la caverna, entonces, atraviesa el cúmulo del conocimiento y la luz de la sabiduría para dar una razón al origen, a la materia prima que se expande y desarrolla en el tiempo humano. Todo valor del saber, en definitiva, es simbólico y responde a razones de orden superior.

Con todo, oculta y evidente a la vez, la preocupación mayor siempre pareciera ser el hecho mismo de la escritura, la magia de la palabra, ese intento del hombre por robar el fuego sagrado. En recuerdo de sus primeros años el poeta dice “Sobrevivo a mis penosos Poemas de Amor y a la Lluvia./ Eternamente lloverá sobre ese Sitio”; y luego, acaso desafiando al desconfiado lector: “Ingresa el sitio web de los plagiarios. Escribe/ Mala poesía/ hasta que provoques dolor de muelas”. Esta idea de la representación, de la cultura como teatralización del mundo o burda copia, denotada por las citas y los epígrafes (o las notas a pie de página en su anterior libro) retoma en buena medida el pensamiento de Baudrillard: “Junto al río que no admite representación/ en palabras y menos aún en este poema/ vuelvo a sentir la Lluvia sobre mis Rostros”, anuncia casi al cerrar su extenso discurso.

Sin duda la concentración y el retorno hacia el símbolo será la mejor manera para evitar la dispersión de la cultura justo cuando, la destrucción del imaginario colectivo pone en serio riesgo a la civilización. Tal parece ser el mensaje secreto de Becerra en este reciente libro.

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