Mauricio Rizo: el imperio de la luz

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 Anastasio Lovo. La crítica de arte en Nicaragua adolece de los mismos problemas que en cualquier otro país, gusto del crítico, influencia del mercado vía galerías, bendiciones de los poderes locales, aceptación del público, obsecuencia con la crítica internacional. Nuestra crítica casi siempre hace lecturas acertadas pero poco generosas. Prima más cálculo que entusiasmo y esto es muy bueno porque en un jardín de pavorreales evita endiosamientos.

La obra de Mauricio Rizo si bien no ha tenido una abundante crítica, tanto como uno quisiera, ha impactado y movido a escribir sobre ella con el conocimiento y calidad que los caracteriza,  a creadores e intelectuales de la talla de Leoncio Sáenz, Alberto Ycaza, Donaldo Altamirano, Porfirio García Romano. Y a cronistas culturales de perspicacia, talento e interés como Arnulfo Aguero, Guadalupe Espinosa, Hilda Rosa Maradiaga y  Sagrario Chamorro, Directora de Galería.

Es importante para este texto reseñar las opiniones de algunos de estos críticos, porque sus intuiciones, hermeneusis, análisis estructurales o meras opiniones, de muchas maneras colocan algunos puntos importantes en la carta de navegación para el universo pictórico de Mauricio Rizo. 

El Maestro Leoncio Sáenz ha escrito en La Pintura de Mauricio Rizo, lo siguiente: En muchos de sus cuadros se advierten influencias de paisajistas europeos en especial la escuela de Barbizón y unos notables de la escuela inglesa, Constable, por ejemplo, para no mencionar a todos la manera de pintar cuidadosa e impecable en el tratamiento del color y mesurados  empastes lo definen. Hay en sus cuadros una tenue luz dorada que le da un punto de fuga en profundidad que baña la tela totalmente, teniendo una atmósfera de misterio de evocación romántica; sabe aplicar con delicadeza y mesura finos tonos de colores tierras, colores sin estridencias, que le dan a su pintura un sentimiento tonal unitario a la manera flamenca, sin descuidar el valor del detalle, la luz juega un papel primordial que sabe utilizar con sabiduría de oficio, es una luz ideal que lo envuelve todo con un manto de magia y misterio. Cuando el sol se pone en el horizonte ilumina todavía, las altas nubes reflejan su luz dorada envolviendo el paisaje, en un sutil y encantado velo desaparecen la sombras.

(…) Mauricio Rizo en cada obra que pinta deja un pedazo de su alma creadora que se convertirá en luciérnaga, iluminando hacia un porvenir brillante, promisorio y fecundo.

Por su parte el Maestro y teórico de una estética utópica y católica, Alberto Ycaza, en una lectura comparativa de la obra de dos extraordinarios pintores jóvenes, titulada Luz y contraluz de Mauricio Rizo y el Juicio del arte de Mario Moya, ha escrito esto: Mauricio Rizo y Mario Moya representan de alguna forma, al final del siglo XX, esas tendencias renacentistas del siglo XIX, aunque menos marcadas que en aquel siglo. Mario no se reduce a las formas prerrafaelistas que llegaron hasta la supervaloración del grafismo lineal que separa las zonas del color local del plano bidimensional en los carteles del Art Nouveau -que nada tiene de nuevo o moderno más que en la etiqueta puesta por una clasificación errónea y que no es más que la exageración de los ritmos lineales usados por Boticelli y Leonardo para expresar gráficamente los movimientos del agua, el aire o el fuego- y Mauricio no cae en los excesos de acercamientos fotográficos de la imagen que pintan los impresionistas reduciendo el significado metafórico de la luz a una insignificante copia de fenómenos físicos. Mauricio y Mario, aunque parten del siglo XX, se dirigen cada vez más al período de plenitud del Arte Clásico Católico que se sitúa entre Leonardo y Goya, recuperando lo mejor del pasado como modelo para construir un futuro mejor que el presente aún regido erróneamente por el falso modelo de las modas modernas.

El cronista cultural Arnulfo Agüero opina en su artículo El éxito del hiperralismo rural hacia el nuevo siglo, que: Estas trascendentales exhibiciones son claramente anunciadoras del nacimiento con fuerza y continuidad de un triptolémico hiperrealismo rural nicaragüense. 

La perfección de su fuente primigenia comprometida con la naturaleza y costumbres de nuestras regiones con una visión arcaica, precisa en su correcta estación del tiempo, luz, ambiente y realidad provinciana, han sido los componentes de su rápido triunfo.

Por su parte el Maestro Porfirio García Romano, pintor, arquitecto, poeta, historiador y crítico de arte, con  la mesura que lo caracteriza afirma lo siguiente: Las pinturas de Mauricio Rizo, denotan el dominio de la atmósfera, la luz tamizada y nocturna, el tono arrebatado que da una paleta muy matizada o la luz que se extasía cayendo sobre los objetos en un instante dado y los contraluces. Pero todo esto nunca fue aprendido, en un taller de escuela, sino en el arduo interés particular por la búsqueda de la propia superación personal. Esto que en lengua común se llama ser autodidacto.

(…) En realidad tampoco su temática puede señalarse con el duro término de anacrónico. Qué o cuáles paisajes rurales o urbanos de los asuntos pictóricos de Mauricio Rizo, están fuera del presente en que vivimos. Acaso no son estos paisajes, bajo la creatividad del autor, la particular reproducción de las tierras campesinas y pueblos marginales de nuestro país marginal, expuestos sin tapujos, de nuestra realidad contemporánea.

Para concluir voy a citar in extenso algunas conclusiones del Maestro Donaldo Altamirano, pintor, dibujante, poeta, cuentista y veedor de arte, de su magnífico ensayo sobre la obra de Mauricio Rizo, La simple luz de la existencia.

Mauricio Rizo, talentoso, pulcro, disciplinado artífice de nuestros arcadismos reticentes, recesivos, es un artista con una aguda intuición de contrastes y degradaciones tonales, un trabajador de factura neta, limpia, de bordes precisos y contornos definidos, que se vuelve insinuante apenas en las zonas liminares entre sombra y penumbra. 

Mauricio es además un concienzudo artista de la composición, celoso del equilibrio y la armonía de todos los elementos complementarios que se dan cita sobre la superficie de su tela. Posee una desarrollada intuición estructural, globalizante, de cada una de sus obras. Es consciente de las diversas disciplinas que implica su oficio. El dibujo, el sombreado, las sutilezas y requintes de la coloración. Está advertido además de los valores rítmicos del espatulazo o de la pincelada, empasta con una energía sobria, moderada por una noción de austeridad y nitidez.

Con cierta alegría de primer tablero invicto resuelve los problemas formales de la composición, encuentra las órbitas precisas, las coordenadas invisibles de situación de una posible familia de objetos en un espacio dado, resuelve problemas de contraste, se concentra durante horas en la alquimia del claroscuro, dilucida con esmero cada accidente de los contornos. Y todo se traduce al final en unos remates festivos del juego infinito entre las luces y las sombras, en la congelación visible de los fragorosos combates de la luz.

XIII. CONCLUSION. ENSAYO FINAL.

La pintura de paisajes de Mauricio Rizo contienen la belleza de esa Nicaragua rural y urbana vista por los ojos del amor. Un amor a la tierra, a la labor del ser humano y al arte de pintar. Con pasión, sentido de pertenencia a un terruño y a una cultura, con conciencia de la libertad del artista, Rizo ha dotado de belleza a nuestra identidad.

El paisaje nicaragüense consolida su ser estético intemporal en la obra de Rizo. Este maestro jinotegano desde su niñez fue atrapado por el arte y él le correspondió con una entrega mística total. Su obra es un problema de la luz, el color y la mística por la conquista de la perfección.

En un mundo postmoderno globalizado y unipolar donde el arte ha tenido que dejar testimonio de la crisis de sobrevivencia, existencial y de valores a través  del feísmo, ha plasmado el dolor, la angustia, la degradación del ser humano y su medio natural, las perversiones sexuales, la saturación consumerista, la violencia en todas sus formas, la negación de la comunicación y por ende del amor, el poder y sus tentáculos succionadores, encontrar obras como la de Rizo  sin ser fuga, evasión. ni torre de marfil, alimentan la esperanza  y la fe en la utopía sabiendo que aún el mundo es bello y merecen, seres, naturaleza y cultura ser amados.

Mauricio Rizo no es un profeta conservador, ni un plañidero por un mundo en vías de extinción. Los mensajes los inferimos, acertados o no, los espectadores y críticos a partir de sus telas. El lo único que ha hecho es construir una sólida y maravillosa obra desde su niñez. Recordemos siempre que Rizo es un niño que quiso pintar al mundo y lo ha logrado. Al menos su mundo, esa aldea que se universaliza cuando está bien versada, bien contada, bien pintada.

La obra de Mauricio Rizo es clásica para todos los tiempos, destinada a ampliar la participación de su disfrute, a conocerse y a estudiarse. Este texto es una primera aproximación a una obra que nos desafía, nos completa y nos exalta. Nadie se quedará ciego bajo la luz de Rizo, pero muchos aprenderemos a percibir la belleza del crepúsculo en un rincón de Nicaragua.

 

 

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3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. mauricio es un pais muy hermoso por sus paisajes en berdad es muy lindo de ben cuydarlo mucho se lo merese de berdad es muy bello pero lo tienen muy des cuydado hay mucha pobresa de parte del mismo pais deben de pedir alluda he internacional pero apesar de todo es hermoso felicitaciones por tener un pais tan lindo cuydenlo chao

  2. mauricio es un pais muy hermoso por sus paisajes en berdad es muy lindo de ben cuydarlo mucho se lo merese de berdad es muy bello pero lo tienen muy des cuydado hay mucha pobresa de parte del mismo pais deben de pedir alluda he internacional pero apesar de todo es hermoso felicitaciones por tener un pais tan lindo cuydenlo chao

  3. aaron ruiz dice:

    sabes lo abmiro mucho me facina su forma de pintar me encanta lo natural q son sus pinturas ,,,

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