El hombre de la novela

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Por Mario Roberto Morales. En horas de la mañana, cuando el sol brilla a sus espaldas, la fachada de la Catedral de Santiago de Compostela es ominosa y presagiante. Proyecta su sombra sobre la Plaza del Obradoiro y oscurece los acordes de su melodía barroca con una penumbra fría de la que emergen peregrinos. Una fila de fieles ingresa al templo por uno de sus costados, cerca del pequeño túnel bajo el que toca un gaitero amparado en la honda resonancia de la bóveda.

Una turista alemana lee un libro sentada en el suelo, descalza, con gafas de sol y recostada sobre el muro del edificio de la Xunta, con su mochila al lado. Cerca del umbral del Hostal de los Reyes Católicos, unas señoras suecas bromean entre sí hablando de la monotonía de la gaita, que invade el ambiente llenándolo de una nostalgia inexplicable. De pronto, un grupo de españoles vocifera sobre que mañana España vencerá a Alemania y ganará la Eurocopa de fútbol. Un hombre termina de leer en ese momento La lentitud, de Milan Kundera, y apunta, después de la última palabra de la novela, esta nota: “Plaza del Obradoiro, sábado 28 de junio del 2008, 1:45 de la tarde”. Aunque es de mañana, piensa tal vez, porque el sol todavía no ilumina la fachada de la Catedral haciéndola vibrar ante los ojos maravillados de los paseantes.

Coloca su novela en una de las bolsas traseras de su pantalón y atraviesa la plaza mirando la enorme iglesia en penumbra y la imagen del Apóstol Santiago recortada contra un cielo azul y acariciada por un viento fresco, primaveral, que revuelve cabelleras y que hace al hombre de la novela voltear la cara cuando llega a la Plaza de las Platerías y cruza hacia la Rúa do Vilar con rumbo a la parte nueva de la ciudad. De seguro va pensando en los personajes del libro recién terminado, pero el entusiasmo de la gente que se cruza en su camino, su relajada actitud veraniega, el murmullo intenso de las callejuelas y el rápido juego de sombras de los techos altos, las arcadas irregulares y los callejones retorcidos es más fuerte que la imaginación y acaba ganándoselo para su contemplación sin condiciones.

Una vez más, Santiago ha vencido, piensa. Su encanto y esplendor están ahí para ser contemplados porque la mañana es primaveral: fresca, prístina y luminosa. Bajo unas arcadas chatas un guitarrista improvisa. Al fondo, en la Plaza de las Platerías, unos acróbatas provocan exclamaciones de niños que no pueden creer las suertes que están mirando. Más adelante, cuando ya puede verse la colina de La Alameda, en una pizarra electrónica con las últimas noticias se informa de la muerte del Ministro y el Viceministro del Interior (Gobernación) de Guatemala en un accidente aéreo. Luego, la noticia cambia a un coche bomba que deja varios muertos en Bagdad.

Un hombre gordo lee el periódico sentado en la terraza de un bar. Aitana Sánchez-Gijón y Mario Vargas-Llosa, se lee en la sección cultural, actuarán en una versión minimalista, adaptada al teatro por este último, en Madrid, la primera semana de julio. Ella, hará de Sheherezade y él del sanguinario rey adicto a que le cuenten cuentos. “Contar o morir” dice el encabezado de la noticia. El hombre gordo pasa la página mojándose los dedos con saliva. Y el de la novela cruza la calle.

En el libro de Kundera dos personajes se alejan al final, uno en calesa y el otro en motocicleta. Por la Avenida Rosalía de Castro pasa un coche tirado por caballos y un motociclista lo rebasa con estruendo dejando en el ambiente, como un eco, sólo el nostálgico chasquido de los cascos.

Santiago de Compostela, 30 de junio del 2008.
Fuente a fuego lento.

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