Los días heridos de Leticia Luna

Raúl Zurita.

Los Días Heridos, de Leticia Luna, es unas de las muestras más acuciantes, urgentes y conmovedoras de poesía civil escritas en Latinoamérica en los últimos tiempos.

En las antípodas del ensimismamiento, estos poemas no remiten a un yo concernido en su angustia, soledad o esperanza privadas sino que están atravesados por el afuera del poema, es decir, por esa dimensión plural que involucra dramáticamente a pueblos enteros, a países y seres humanos concretos. Este libro se incorpora así a esa gran corriente que desde los grandes relatos orales hasta Pablo Neruda, César Vallejo o Ernesto Cardenal nos muestra que más incluso que una escritura, la poesía es un territorio, una ocasión donde se están expresando los sufrimientos, sueños, tragedias y esperanzas de la comunidad a la que pertenece. Es de nuevo esa dimensión colectiva la que habla en estos poemas y, por eso mismo, por ser la voz perpetuamente negada y perpetuamente renovada de una multiplicidad de voces, alcanza zonas de una delicadeza, hondura y vastedad que muy difícilmente podrían encontrarse en ese alud de textos privatizados que define gran parte de la poesía que se publica hoy en castellano.

Lo impresionante de este libro es que al abordar la tragedia concreta de un presente, de algo que está ocurriendo ahora en México y que involucra a millones de seres humanos: las matanzas de Oaxaca, el genocidio de mujeres en el desierto, la construcción del muro en la frontera, abre al mismo tiempo el paisaje de una renovada intimidad. La voz que habla en estos poemas, lacerada, herida, tumefacta, nos muestra que en el acto de nombrar ya está establecido el pacto de unión con todo lo existente, que mirar, sentir, oír es siempre darle una nueva oportunidad a ese río inacabable de difuntos que termina en cada uno de nosotros, de volver a oír, de volver a sentir, de mirar de nuevo. Eso es lo que en su sentido más propio se entiende por una tradición y una cultura. Hablamos y es una infinidad de seres los que hablan. En su desnudez y despojamiento estos poemas vuelven así a recordarnos la dimensión moral de la escritura: permitirle a todos aquellos cuyos destinos han sido negados, a los derrotados pasados y presentes de la historia, que puedan ejercer en el poema la re-significación de sus vidas rotas. Es la marca visible de este libro. En su sentido más riguroso Los Días Heridos es precisamente el lugar donde la poesía vuelve a asumir, y en nombre de sociedades que jamás lo han hecho, el acto gigantesco, impresionante, inmemorial, de ser ella la reparación del daño y de los muertos.

En un mundo de víctimas y de victimarios Leticia Luna nos señala una vez más que a la poesía le corresponde ser siempre la primera víctima y, simultáneamente, ser la primera que se levanta de entre los caídos para anunciar que vendrán nuevos días. También, como toda gran poesía, ésta nos habla de una reparación imposible y que, sin embargo, se cumple en los poemas. La sensación que muchos de ellos provocan al leerlos es también paradojal: es la de que aunque no existiesen las palabras, igualmente serían dichos:

Hace más de doce mil años
el hombre registró su huella en esta tierra
y su escritura aún es leída por el viento que hace silbar
las piedras rojas del Desierto.

Leemos entonces con la sensación de que cada una de estas frases estaban escritas desde siempre. Muy pocos libros de nuestro tiempo son capaces de hacernos ver lo irrevocable de la poesía como lo ha hecho ahora este libro del crimen y de la herida. Los días que él nos relata tocan lo más duro, oprobioso y desolador de una humanidad que continúa siendo su propia asesina y, al mismo tiempo, la lucha que miles y miles de seres humanos libran sobre la faz de la tierra por convertirse en seres humanos y por continuar siéndolo. Hacia el final, las voces que pueblan Los Días Heridos nos muestran los inmensos deslindes de una geografía que se niega a reconocer otra frontera que la de los afectos:

En el cielo de Ácoma,
espiga el canto del Viento Sur,
Phoenix y Los Ángeles,
Tucson y su mariachi.
Semillas
nietos de una abuela de Texas
y un abuelo de ciudad de México.
Hermanitos
del otro lado
del Río Bravo.

Decía al comienzo que estos poemas paradójicamente hablaban de los rostros de una renovada intimidad. Es la intimidad que nos da la historia y el trasfondo sin fin de los paisajes. La poeta nos ha contado aquí los nombres de esos paisajes y de una tierra ensangrentada. También nos dice que Atenco sobrevivirá:

Con machetes y flores sobrevivirá Atenco.

Es la última línea del libro y es una promesa: ella nos dice que todos sobreviviremos porque Atenco con machetes y flores sobrevivirá. He llegado a creer que este libro fue escrito para que la humanidad entera sobreviva y sea también esas flores. Es un sueño y no lo es pero de algo sí podemos estar seguros: algún día México le agradecerá a Leticia Luna estos poemas.

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