La casa de fuego: el círculo del infierno cotidiano

Por Nydia Palacios Vivas.

“La casa se convierte en un espacio mágico de iniciación en el que brillan los más diversos  colores: blanco, negro,  rojo, verde, azul. Esta casa parece levantada en el centro de la tierra, y estas palabras resultan significativas en tanto la casa y el área que circunscribe, constituyen el ombligo del mundo”. (Gastón Bachelar)

El signo “casa” es polisémico, significa refugio, seguridad, recuerdos, protección, descanso, retorno. Este último significado suele vincularse con el viaje de regreso, el viaje del héroe, quien después de muchas peripecias, y de conquistar fama y dinero, vuelve a la casa paterna buscando el fin de sus días. Célebre es el retorno del hijo pródigo, la famosa parábola de la Biblia, el regreso de Ulises triunfador de la guerra de Troya y el caso más triste y doloroso, el retorno del sublime iluminado Don Quijote, vencedor de sí mismo, que vuelve a su aldea sólo para morir.

Por otra parte, el signo “casa” goza de gran prestigio literario. Ejemplos notables los tenemos con “La casa de Asterión” del genial Borges, donde se refugia el minotauro, atrapado en un laberinto sin salida que simboliza el caos del mundo. En la literatura en lengua española, la casa más famosa es La casa de Bernarda Alba, del gran García Lorca. En esta casa-prisión la madre implacable convierte a sus hijas en víctimas de una sociedad intolerante y tiránica. Adicionalmente,  en la literatura hispanoamericana conocemos La casa verde del excelente escritor, dramaturgo, novelista y ensayista peruano, Mario Vargas Llosa y “La casa de azúcar” formidable cuento de la argentina Silvina Ocampo. En Nicaragua sobresalen La casa blanqueada de Alfredo Valessi y La casa de los Mondragón de Gloria Elena Espinoza de Tercero donde vive Lucrecia, quien, contrario al espacio feliz de que habla Gastón Bachelar,  sufre en esta casa el peso del poder del despótico tío, Ventura Mondragón que tiraniza a

las mujeres que viven en su casa. Es una segunda versión de Bernarda Alba nada más que en su versión masculina.
En este 2008 tenemos una nueva publicación: se trata de La casa de fuego, una casa onírica, incendiada por la palabra de Martha Leonor González. La casa es un espacio sagrado donde moran nuestros recuerdos, es el espacio de la memoria, es el albergue similar al paraíso terrenal, el lugar de la inocencia desde que se abandona el espacio más seguro: el seno materno. El ser humano, al dejarlo y romper el cordón umbilical se ve empujado al sin sentido del mundo, al viaje corto o largo, a través del camino de la vida que culminará con la estación final: la muerte inevitable.

La casa de fuego, no es una casa silenciosa como la de Bernarda, es un espacio lleno de gritos donde estalla la violencia de la palabra de González. Allí la vida en reverbera  en alaridos de protesta, es la casa de la ira. Dice Bachelar: “Gracias a la casa, un gran número de nuestros recuerdos tienen albergue… cuando recordamos las antiguas moradas, vamos al país de la infancia inmóvil, como lo inmemorial. Nos reconfortamos reviviendo recuerdos de protección. Los espacios donde hemos sufrido de la soledad o gozado de ella, son en nosotros imborrables” (La poética del espacio 40).
De este texto colegimos que concha, cueva, gruta, seno materno, choza, siempre serán el lugar lleno de espacios interiores, el rincón de nuestros sueños. Los espacios de la casa son el depósito de sentimientos y situaciones humanas de momentos felices o trágicos.

Asimismo, El nombre “casa” es femenino. Se dice ser “mujer de su casa”, concepto opuesto a la “mujer de la calle”. La casa es el resguardo de la mujer decente, de la perfecta casada, de la mujer responsable del honor familiar, de la niña que se convierte en mujer. En La casa de fuego de Martha Leonor González, en el poema “El cuarto de los violines” allí yacen escondidas, “las metáforas acorraladas”. Durante la infancia, la casa es el espacio feliz, pero con el tiempo se convierte en la casa-martirio, donde la bailarina danza sobre el cordel de la vida, mientras la persigue el tiovivo armado con clavos sangrantes que anuncian la piedra de sacrificio. Esas púas color púrpura “cortan los dedos de la niña que soy /que prendida de la rosa, / baila en punta/mientras el padre aplaude”.

Los recuerdos del yo lírico son dolorosos. Con voz agónica la niña mujer exclama: “La niña de la mano del padre/la madre de la mano de la niña, / el padre de la mano del hijo/-escondida pedofilia tras cortinajes”. La casa ha tomado un color morado, allí habita el dolor. En la casa paterna se esconden dardos que se clavan en la memoria: “Hay un sueño escondido / y no lo encuentro…/Hay sombras de fantasmas /en esta casa /de habitada vida feliz /donde encontré el paraíso”.

Recorriendo la casa, el yo lírico escucha voces perdidas en el tiempo, encuentra “cenizas que me calientan”. El huerto familiar es amargo y cruel: “Trago las púas que mi padre sembró /mi hermano las cultiva /. Mamá esconde el cuaderno /donde la niña garabateó / la casa en llamas destruida por las palabras”. Esta voz lírica femenina esta preñada de recuerdos agridulces donde la niña se perdió “¿En qué tumulto /qué caverna fría esconde tus huesos / en qué túnel reposa tu grito / dónde puedo encontrarte /niña más despeinada de lluvia / huida de mí?

La casa de conchas que se desmorona guarda el secreto de una infancia perdida, lejana en el recuerdo. En el poema “Pantera” la voz femenina ruge como animal salvaje, llena de odio y de rencor: (La pantera) “ruge para verme con la fuerza del fuego / que le di / desea que la abrigue /para no morir…Llega hasta mi horno y araña mi puerta…Es pantera / marcada en el pecho/ que he nombrado, / bautizada con odios…
En la casa de todos, habita la rabia, el llanto, el odio, la hipocresía y el miedo, elementos que se esconden en todas las casas: “Todos tienen una casa en llamas, /aunque no la nombren/un travesaño podrido /el infiernito que los quema, /una carta de despedida /como un recuerdo de sus padres”.

La niña- pantera describe con furia la casa de fuego, es un recuerdo cruel y persistentemente doloroso: las palabras clavos, furias, alacranes, espejos quebrados, golpes, cólera, pesadillas, arañazos, odio, humo, muerte, clavos sangrantes, útero rasgado, ovarios purulentos, que permean los versos de La casa de fuego, denotan unas poesía dura, fuerte, con lenguaje agresivo, donde la heroína trágica, contestataria, emplea imágenes atrevidas, insólitas, que simboliza  la casa del mundo, una especie de infierno en la tierra. Los valores se han perdido, la moral es solo una palabra hueca.

La violencia está en todas partes, dentro y fuera de la casa, donde un padre niega la existencia del hijo que concibió en el vientre de la chavala que limpia vidrios en las calles, que sintió el desgarre de su cuerpo púber: “La  puñalada llega y se va/ hasta cegar los ojos negros /de la limpia vidrios de desdentado rostro”. De esta violencia sexual, producto del machismo, nacen los hijos de la calle, sin presente ni futuro, víctimas de la pedofilia, del maltrato, hijos proclives a las drogas, a la mendicidad, condenados a vivir de los deshechos de la nauseabunda basura.

Martha Leonor González posee una palabra que estalla como un latigazo, que descubre la podredumbre de una sociedad apática e insensible. Su poesía irreverente ya se anunciaba en su primer libro Huérfana embravecida. Con ese mismo tono, los versos de La casa de fuego, oscilan entre el dolor y el recuerdo de una infancia feliz, de una inocencia perdida ante los brutales golpes de la vida, “golpes como del odio de Dios” como dijera el gran Vallejo. La poeta construye con su palabra acusadora un mundo agónico, permeado por el sufrimiento, donde la voz lírica frente al espejo ve: “Una corona de espinas rodea mi cabeza/acaso fui sacrificada por mi madre/por papá que tiro su lanza contra todos”.
En resumen, en esta casa de fuego nadie se salva de su dedo acusador. Todos somos culpables, para la poeta, apenas hay una leve esperanza en la lejanía, no todo es sombrío ni patético.

La voz lírica emprende la travesía en el barco de la poesía, imagen del poeta en cuanto creador,  que tiene como destino final alcanzar el vellocino de oro de la expresión poética, “más allá de un horizonte púrpura” y de una casa incendiada.
Masaya, 15 de diciembre del 2008

Anuncios

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Blaze dice:

    todos kieren alabarse en este mundo literario mas no saben k stan destruyendo la poesia en nicaragua

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s