Bruno Serrano: El Poeta de la Poesía

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Por Gustavo Adolfo Becerra

1.- Lamento no poder exponer yo mismo este texto y participar-como me hubiese gustado- en la presentación del libro “Fértil Provincia I Desterrada” (Premio Internacional de Poesía Alonso Ercilla 2007) de mi amigo, Bruno Serrano, pero otra razones justificables hicieron que no estuviera aquí, donde sí estoy contradiciendo las leyes físicas de ubicuidad,  como están todos nuestros “muertos queridos”. Las distinciones de participación y curaduría de los autores invitados y participantes en un evento como es la Feria Internacional del Libro, que agradezco, están siempre limitadas por los ejercicios del mercadotécnica, más que la valoración de los propios autores. Por eso, agradezco nuevamente a los organizadores que este libro pueda presentarse bajo ese marco. Sobre el libro, sus estructuras internas y sus relacionamientos con vertientes y tendencias, hablarán otros, seguramente mucho más ilustrados que yo, por eso en esta oportunidad, quiero hablar más que de la poesía del poeta, del poeta de la poesía.

2.- “Hay una presunción estrafalaria por parte del intelectual de sentirse superior al ambiente cultural que le es vecino”[2]. Incluso de su propio ambiente. Esas abstracciones filosóficas nacen de la imprecisión que tiene el lenguaje para definir, con claridad, algunas palabras y conceptos. En voz de nuestra bien querida Gabriela: Bendita la Lengua sea, aunque tengan una ascendencia negativa y fatalista la bendita lengua nuestra. Desde el lenguaje mismo resulta más fácil describir la opresión que la libertad, más simple describir el odio que el amor, más natural la muerte que la vida. Esa condición impuesta desde la lengua misma es un desafío que algunos creadores abordan con éxito, con o sin conciencia de la dificultad propuesta. Esta lucha unamuniana contra esas oscuridades y el sentido fatalista de la lengua misma, es casi un combate cuerpo a cuerpo.

3.- Los poetas históricamente fueron cronistas de épocas, momentos y situaciones. Muchas veces he sentido que los intelectuales hemos faltado seriamente a nuestros deberes. Hay una tendencia, cada vez mayor, en latinoamericana que se adscribe a la poética del no-decir.
Por eso los elementos poéticos- si bien se acrisolan en la experiencia personal, se matizan en el conocimiento adquirido de las situaciones, se tamiza por el uso tribal de la lengua- siempre o casi siempre, están fuera del alcance del hacer poético. Ese entorno les fue dado, esa circunstancia es la que determina al hombre en palabras de José Ingenieros.

4.- Por lo tanto, si bien son determinantes precisas, empíricas, concretas en la obra de un autor, “contextualizan” el texto que se hace dentro de esos parámetros. Frente al entorno o ambiente natural, los poetas casi siempre, asumen una actitud ética: miran esa realidad con sentido crítico, con conciencia aguda. La ética habla de la conducta. La estética habla de la belleza, en todos sus rangos incluido el de fealdad. Ética y estética construyen y consttituyen una misma unidad.

5.- Aunque hay muchas vertientes explorables y originadas por la lectura de la poesía de Serrano, me quiero detener en una palabra: “dignidad”. La palabra “dignidad” es abstracta y significa “calidad de digno”. Deriva del adjetivo latino dignus, a, um, que se traduce por “valioso”. La dignitas es un concepto romano de forma de vida ligado, ante todo, a la vida política, e impregnado por un fuerte carácter moral[3]. De aquí que la dignidad es la calidad de valioso de un ente[4]. Autores de raíces legistas, señalan que de acuerdo con los datos con los que ahora mismo contamos, parece ser que la palabra dignidad tiene su origen en el sánscrito, concretamente en la raíz dec, que querría decir ser conveniente, conforme, adecuado a algo o alguien. Posteriormente, fue adoptada por la lengua latina, que le añadió el sufijo -mus, formando el vocablo decmus, que acabó derivando en dignus, que en castellano se convirtió en digno, de donde, a su vez, surgió la palabra dignidad.

6.- Hablamos de dignatarios, que tienen suma dignidad. Y respetamos esas altas dignidades como fruto y relación de autoridad más moral que impuesta. La persona es de “naturaleza espiritual: racional y volitiva”. Y, justamente, dice Beuchot, la persona es digna porque tiene espíritu. Los países son dignos porque tienen alma. El propio Cardenal Silva Henríquez nos instaba a recuperar El Alma de Chile, cuando el país no tenía esa respiración necesaria ni ese pulso. Sólo quien está investido de esa dignidad, se hace dignatario, capaz de portarla. Y capaz de ser reconocido en esa dimensión.

7.- La poesía requiere de esa dignidad “para hacerse”[5]. Requiere de ese halo que le es propio. En la única ocasión que Neruda invoca a Dios (creo) desde su poesía, poema Estatuto del Vino, es cuando dice: Dios me libre de inventar cosas / cuando estoy cantando. En una simplificación casi irracional del verso nerudiano, podríamos decir que el contexto contiene todos los elementos éticos desde el cual el poeta crea elementos estéticos. La poesía de Bruno tiene esa dignidad porque se hizo digna en él mismo. Y expuesta ante su historia ha tenido el reconocimiento social que esa dignidad le otorga. Se ha hecho digna de los otros. Como lo afirmó Robert Spaemann[6], en su artículo “Sobre el concepto de dignidad humana”, señala que dicho concepto “(…) encuentra su fundamentación teórica y su inviolabilidad en una ontología, es decir una filosofía del absoluto”. El hombre es así digno por su mera condición y no debe demostrar su dignidad (como ocurría en épocas pre-modernas) para obtenerla mediante el reconocimiento de los demás.

9.- Serrano se hizo así mismo en el contexto que debió actuar, vivir, enamorarse. Por sí mismo adquirió las dignidades: enfrentado a la dialéctica de la vida, al menú de opciones de la cotidianidad, a la rectitud y exigencia de principios y valores encarnados. Los poetas lamentablemente se siguen “haciendo” fuera de la academia, en la exposición pública de sus visiones de mundo, concepciones filosóficas, apreciaciones sociales y estéticas. Muchos poetas pospusieron sus propias aspiraciones personales, fuera de la academia, en función de una necesidad mayor / imperativo ético, como fue la recuperación de la democracia. Aquellos poetas fueron haciéndose dignos de su historia, su entorno y su pueblo, porque esa dignidad no es sine qua non. Ahora la sociedad en su conjunto debe asumir las tareas pendientes, retornar a la Academia a quienes en su caminar adquirieron dignidad, saberes y conocimientos.

10.- Hablar, por ende, de la poesía de Bruno es hablar de la dignidad, traducida en opciones personales, relación con el miedo, dolor por la muerte, angustia de la existencia; pero también de su amor confesado por la libertad, necesidad ética de la patria justa en todas las medidas posibles; universalidad, naturalidad, inalienabilidad, inviolabilidad, obligatoriedad, indivisibilidad de los derechos humanos y respeto por la naturaleza, los bienes y las cosas. Por último, quiero decir que la dignidad sigue siendo, a mi modo de ver, espacio de resistencia donde el destino humano está por sobre, incluso, la vida propia.

11.- Como bien dice el escritor Luis Sepúlveda: la poesía de Bruno no es rentable, pero imprescindible.

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[1] Contreras Hernández, Mauricio. Acerca de René Char: Poesía y Dignidad. Publicado en el periódico virtual “Confabulación”
[2] Floriano Martins y Claudio Willer, escritores brasileños.
[3] En la Grecia antigua no hay nada que corresponda exactamente a la dignitas romana.  Aunque hay que reconocer que ésta asimiló algún  que otro elemento griego. El concepto que está más cerca de dignitas y que es una idea central en la cultura griega, es el de honor (timé), y en verdad también en latín honor y dignitas suelen competir. Recordemos que el reconocimiento de la “dignitas” debe llevar parejo cierto honor. Pero aunque los conceptos de timé, dóxa y dignitas se superponen ampliamente, difieren en que dignitas está relacionada esencialmente con la posición política y social, con las competencias que un ciudadano debe desarrollar en dicho orden.  Mientras los vocablos griegos se usan por igual en relación con el vencedor en un torneo deportivo, con el poeta o con el sabio. En Roma, por el contrario, la condición principal para adquirir dignidad es la acción política, y por consecuencia, la pertenencia al Senado, o a la orden de caballería u orden equestre, dotado además de una  integridad moral.
[4] El segundo modo –de aproximarse a una definición de dignidad- es considerar el bien en cuanto a las perfecciones que el ser tiene en sí mismo, independientemente de que sea o no objeto de un deseo. En este sentido Beuchot, inspirándose en Santo Tomás, define la calidad de valioso o dignidad como “una bondad que resulta del ser mismo de la cosa”. Esa bondad, a su vez, es resultado de las cualidades que, en sí mismo, tiene el ser. Un ser es perfecto cuando tiene todas las propiedades esenciales que debe tener para ser lo que es.
[5] El humanismo laico, refiere el mismo autor, representado por Hugo Grocio, Fernando Vázquez de Menchaca y Samuel Pufendorf, coloca en el centro de sus sistemas el concepto de la dignidad humana, fundado sobre la idea de libertad e igualdad de los derechos del hombre.
[6] Se crió en Colonia. Estudió en Münster, Múnich, París y en el Friburgo suizo. Doctor Honoris Causa por las Universidades de Friburgo (Suiza) y Navarra (España). Miembro del Consejo de la revista Humanitas. Autor de numerosos libros y artículos, traducidos a doce idiomas. Entre los más destacados traducidos al español se pueden citar Crítica de las utopías políticas, Conceptos éticos fundamentales, Lo natural y lo racional, Felicidad y benevolencia. Ha sido Profesor de Filosofía en las Universidades de Stuttgart, Heidelberg —en cuya cátedra sucedió a Gadamer— y, finalmente, hasta su jubilación en 1992, en la Ludwig-Maximilian de München.

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