Sobre Jaramillo y sus cuentos

Por Henry A. Petrie

Jaramillo Levi no deja de producir. Su biobibliografía atenta contra el espacio de este artículo. Sin duda, es uno de los escritores más prolijos en Panamá. Cuentista de proyección internacional, con una larga trayectoria de promoción cultural y literaria. Investigador y estudioso. Profesor de literatura. Premio Nacional Ricardo Miró 2005 (cuento). Ha sido publicado por la transnacional Alfaguara. Y como ya dije en un artículo anterior, creador y gestor compulsivo, disciplinado. La arritmia es su fatalidad.

A finales del 2008 salió a luz su más reciente libro, Por obra y gracia, hacia una poética del cuento (Universidad Tecnológica de Panamá; 312 ps.), que reúne un total de veinticuatro ensayos, entre breves y extensos, estructurado en cuatro partes, a saber: 1 Hacia una poética de la ficción literaria, 2 Meditaciones y ejercicios para un taller de cuentos, 3 Recopilación de juicios de valor de escritores hispanoamericanos acerca del cuento, y 4 Panorama de la cuentística panameña actual. Se suman cuatro anexos, incluido un reporte de sus lecturas formativas –a manera de sugerencia para lectores y escritores noveles– y una entrevista que le hizo el periodista Edward Waters Hood en 1998. Al final, la bibliografía.

Se presenta una panorámica histórica actual del cuento panameño, según el autor, la punta de lanza de la literatura en ese país, desde el primer libro de cuentos publicado por un autor nacional, Horas lejanas (1903) de Darío Herrera (1870-1914). Brinda importantes sistematizaciones de experiencias creativas y acerca del oficio de escritor; así también, conceptos acerca del cuento, respaldado por investigaciones y análisis propios en 45 años de labor. Éstos son acompañados o enriquecidos por aportes de colegas, académicos y críticos contemporáneos.

La didáctica del libro discurre en tres vertientes principales: primera: la exposición general, dirigida a docentes de literatura de universidades y colegios; segunda: el intercambio de experiencias como escritor y cuentista, donde la contraparte activa ha de ser sus colegas, que seguro incorporarán sus visiones en una relación dialógica abierta y constante; y tercera: el planteamiento teórico e histórico, que deberá encontrar en la crítica el suficiente asidero para validar, rebatir o mejorar el marco teórico nacional de la literatura, que de manera dinámica rescate los valores más determinantes en cada etapa de su desarrollo, sin pretensiones de establecer cánones rígidos, excluyentes y elitistas.

Por obra y gracia, constituye un aporte a la teoría del cuento, género literario que Jaramillo Levi reafirma como complejo y exigente. En general, toma distancia del lenguaje técnico academicista, sólo entendible para ese gremio.

A continuación, agrupo algunos elementos que me parece pertinente comentar de manera puntual:

Primero

Jaramillo Levi discierne acerca del escritor y avanza en una definición básica de su función social. Afirma que lo principal, además del talento, “es haber vivido intensamente, ser un buen observador” (p. 15), y como la vida nos muestras realidades tangibles e intangibles, la literatura es a ella, como “reproducción mimética” o ahondando en la experiencia humana (p. 23), expresándose de manera artística, creativa (p. 54).

Aunque la función social del artista/escritor-a no haya sido profundizado como tal en el libro, sí encontramos importantes acotaciones que lo definen como “antena y conciencia de su tiempo”, con la obligación moral de crear y mantenerse “a favor de todo lo bueno y bello”, a tener o desarrollar “una genuina estética de la esperanza. Una estética que termine siendo una suerte de ética personal, y a la larga colectiva” (idem).

Algunos dicen que el tema está harto debatido. Pero cada época impone nuevos contextos, énfasis y exigencias, a pesar de la recurrencia histórica. Pienso que ante los flagelos humanos y sociales, ante la corrupción de valores y la manipulación de la conciencia humana imperante, sí es válido reconsiderar y reformular los conceptos de Ética y Estética desde sus diversas connotaciones.

Segundo

Las formulaciones teóricas del cuento. Parte de una postura amplia, no convencional ni esquemática: “no existe una sola verdad al respecto”, dice. Nuestro tiempo está cuestionando muchas cosas; una mutación está en marcha. La literatura no es rígida ni estática, tiene vida propia, y como se mueve, evoluciona. La inicial sentencia del autor sigue la de Monterroso: “La verdad es que nadie sabe cómo debe ser un cuento”.

Pero necesitamos bases, aproximaciones, una idea minúscula del universo creativo, y acerca del cuento, Jaramillo Levi reafirma su carácter narrativo (“debe contar algo”), destaca como condición la brevedad y la intensidad (p. 286). Dice que el cuento es “una parcela, un fragmento, una tajada significativa de vida encapsulada” (p. 112). Y como no es preciso contar hasta el último detalle, porque la gracia está en seleccionar lo más importante, en descartar la grasa y quedarnos con el músculo, elogio la siguiente metáfora jaramilloleviana: “relámpago que se extiende y pronto llega a su fin”, aporte acertado. Es decir, contar hechos en movimiento, acciones y conflictos de la vida y sus personajes, en un tiempo breve para enterar a quien lleva la vida en apuros.

Luego, Por obra y gracia expone ampliamente los tipos y modalidades del cuento, sus características fundamentales, estructura y técnicas (ps. 60-154). Ahonda en los tipos de cuentos que más se han estudiando últimamente, a saber: realista (“lo que en el mundo ha sido, es y será”, p. 61), fantástico (“que cuestiona la realidad, la desarticula, la pone de cabeza”, p. 67), onírico (“los sueños se presentan como un aspecto fundamental y determinante de la historia”, p. 74), metaficcional (“tipo de literatura que de una manera u otra alude a sí misma […] que se tiene a sí misma como referente”, p. 78) y el erótico (“exacerbación fantasiosa pero real de la sexualidad humana, a menudo reforzado por cierta calidad poética de las percepciones”, p. 87). En cada caso, Jaramillo Levi, además de brindar sus concepciones y experiencias, apunta referencias bibliográficas importantes, destaca a algunos cuentistas panameños en el ejercicio de lo metaficcional, hace inventario de sus cuentos y, para muestra un botón, ubica cinco de éstos como ejemplos para cada tipo estudiado.

Más importante que las tipificaciones, a mi juicio, son los conceptos y enfoques útiles a tomar en cuenta en los procesos creativos, asumiendo que nada permanece estático ni encajonado, las sustancias se combinan y conviven entre sí, aspirando a la totalidad de la vida. Esto es lo transversal.

Y a cada intención, una determinada estructura, técnica y estrategia narrativa, aspectos ampliamente abordados por Jaramillo Levi, que incluye: personas gramaticales, tiempos verbales, tipos de narrador, el diálogo, el monólogo, entre otros.

¿La crítica y académicos literarios estarán estudiando, o al menos considerando, la tendencia collage en la literatura, particularmente en el cuento? En el caso nicaragüense hay algunas piezas destacables de David Ocón, Juan Sobalvarro y Rafael Vargarruiz. (Tema para otra ocasión).

Tercero

La dicotomía –acaso binomio– realidad-ficción, verdad-mentira. El lector trata de identificar hasta dónde lo uno y lo otro en la narración, busca algún personaje en las calles de la ciudad, en el barrio o la oficina. Jaramillo Levi aborda este aspecto en lo sustancial, dice: “en literatura toda realidad es fantasía y toda fantasía realidad, siempre y cuando se logre convencer de ella al lector” (p. 36).

La vida, esa materia prima para los cuentos, es multidimensional. Todas las imágenes son posibles, entrecruzándose y mezclándose, de ahí el plano de la realidad/verdad y el de la ficción/realidad, entre otros posibles. Los mundos y vidas paralelas. En la cotidianidad se captura una chispa, una imagen repentina, algún suceso comprimido, la idea a vuelo de libélula o aleteo de colibrí, a partir de las cuales se explaya la imaginación con pretensiones de asaltar el cielo, donde la malicia del cuentista explota ese hilillo intermedio de realidad y ficción, la delgada confluencia de visiones posibles.

Cuarto

El objeto central de Por obra y gracia es el cuento escrito, literario. Pero cuando refiere a los Cuentacuentos, percibo una limitada valoración que no les da justicia plena ni ubica la verdadera dimensión histórica del cuento popular y oral.

Al respecto dice: “Escribir buenos cuentos literarios (es decir, artísticos) es mucho más que contar anécdotas reales o imaginarias de manera agradable o amena, como lo haría un ducho “cuentacuentos” ante un público cautivo. Para empezar, hay significativas diferencias entre la narración de cuentos de forma oral y la escritura de los mismos, la cual por lo general conlleva, por su cuidadosa factura y el grado de sofisticación desplegado, una intención de permanencia”. Y más adelante, enfatiza: “se narra verbalmente para entretener, mientras que se cuenta por escrito, además, para hacer pensar…” (p. 31-32).

Consideremos la brecha entre la ciudad y el campo, el modelo “ciudad maquila” versus “ciudad letrada” (Delgado)2, ¿hasta dónde lo letrado?; consideremos que el texto escrito se realiza en la lectura y que ésta, enfrenta carencias sociales y al tsunami virtual, sumado al ensanchamiento de la marginalidad rural y urbana. Reflexionemos con mentalidad abierta acerca de las alternativas culturales y nuevas formas narrativas, que probablemente tengan mayor cobertura que el libro. Ante nuevas expresiones o la permanencia de antiguas, ¿no sería oportuno revisar con mayor conciencia lo que por arte concebimos? Muchos conceptos, por incompletos, están en cuestión. Desde la definición griega, otras artes han surgido y se han ido encontrando, mezclando e imbricando. Los preceptos convencionales ya no son suficientes. La actividad creadora humana es infinita, o finita en la inmensidad. Con seguridad, en la actualización del concepto artístico, encontraremos dos grandes pilares: talento y habilidad, para crear y expresar una visión sensible del mundo, real o imaginario, o ambas a la vez.

Los cuentos clásicos, en definitiva, han tenido arraigo en la tradición oral y popular. Los antiguos Cuentacuentos organizaron la realidad en sus mentes (Darnton)3 y la elevaron al imaginario popular; a las características ya apuntadas por Jaramillo Levi, en el caso del cuento oral, tomemos en cuenta la teatralidad verbal, la administración de la voz, la gestualidad, entre otras. Es importante reconocer que “narrar oralmente es un arte que no tiene porqué desarrollarse paralelamente con el arte de escribir cuentos” (Lavinio)4.

Pero refiriéndonos estrictamente al cuento literario, me resulta interesante la fijación rulfiana de escribir como habla la gente, en el afán de rescatar la oralidad como componente en la literatura, que a cuenta de Karlenovich y Contreras, “le llamaba la atención la lengua viva, verdadera. (…) Rulfo logró no sólo imitar el habla de la gente de su pequeña patria, sino vivificarla…”5

Cuarto

Jaramillo Levi, acerca de los talleres literarios, dice: “… es obvio que no se puede enseñar a escribir a nadie, en el sentido de pretender inyectarle talento a quien no lo tiene. Pero sí se pueden hacer ejercicios de diverso tipo que agudicen la imaginación (…) que proporcionan una variedad de técnicas útiles… (p. 57).

Debo confesar que los talleres populares de poesía, durante la década sandinista, no fue lo mío. Y repelí el tema en general, hasta cuando comencé a considerar las experiencias de Edgar Escobar Barba6 y David Róbinson7. Ahora, Enrique Jaramillo Levi proclama: “sin dogmatismos ni excentricidades”, “poner sobre la mesa de discusión lo creado (…) ponderar con respeto pero con rigor sus virtudes (si las tiene) y defectos a juicio de los integrantes del colectivo” (p. 158). Y por supuesto, al final, es el autor quien decide qué tomar y qué desechar. Totalmente de acuerdo.

En la experiencia nicaragüense de aquella década, determinaron mucho las reglas y el credo poético de Ernesto Cardenal;8 en la práctica se pretendió hacer poetas mediante talleres, en virtud de sólo facilitar los recursos técnicos básicos, gestionar un mejor entendimiento acerca del género literario en cuestión, forjar una “voz propia”, un “estilo personal”, sin aceptar “la imposición de una ideología o una estética ajenas”, como lo asegura Jaramillo Levi. Lo sustancial es el talento.

Quinto

La minificción, propagada en Latinoamérica a partir de los años setenta del siglo pasado, es también objeto de estudio en Por obra y gracia.
Encuentro una feliz coincidencia en la diferenciación de minificción y minicuento. En el primer caso, el autor la define como “una prosa breve que se alimenta de la ficción, de la fantasía, del ingenio, para crear textos generalmente híbridos, que por tanto no tienen necesariamente que ser estrictamente narrativos (…), ni tener siempre los elementos básicos del cuento tradicional…” (p. 109). En el segundo caso, “debe tener, de alguna manera, aunque sólo sea el germen, la estructura básica del cuento tradicional: debe contar mínimamente una historia (…), estar atravesado por un conflicto (…) y, de una forma u otra, desembocar en un desenlace (no necesariamente ubicado gráficamente al final del texto)” (ps. 109-110).

Jaramillo Levi ya ha dado muestras del dominio del minicuento en su libro En un instante y otras eternidades, ganador del Miró 2005, donde más de la mitad de los 67 cuentos, son breves, brevísimos y minicuentos. También los encontraremos en la totalidad de Todo es nuevo bajo el Sol.

La minificción, y en particular el minicuento, han sido ampliamente estudiados por Lauro Zavala, Ernesto Langer Moreno, Violeta Rojo, Dolores Koch, entre otros. En general apuntan a la contundencia, a la economía verbal y precisión lingüística. La minificción se realiza en unas cuantas líneas que concentran una visión trascendental del mundo, la vida y la humanidad. El poder de síntesis y la sugerencia son fundamentales. Se va directo al grano, a la acción, confeccionando capsulas narrativas. El cuento se realiza en lo que no se dice, el famoso vacío con pistas tendidas en los bordes, para que el lector descodifique.

Y finalmente:

Por obra y gracia, hacia una poética del cuento, de Enrique Jaramillo Levi, debería ser motivo y pretexto como para destacar algunos temas y someterlos a un rico debate. Por ejemplo, me luce que el inventario y desarrollo histórico del cuento en Panamá está bastante avanzado, pero quizá falte un amplio análisis de las características y tendencias principales de la cuentística en dicho país, al menos de las tres últimas décadas; otro tema es la función social del escritor-a en los nuevos contextos sociales, vinculado a las diversas visiones éticas y estéticas personales que se manifiestan, sin ánimos de uniformar; las nuevas formas narrativas (performances, por ejemplo) y su relación con la literatura; los recursos de la oralidad en el texto literario; aproximaciones de una nueva definición de arte y de lo artístico, con visión más integradora; y, por último, las mixturas e imbricaciones de géneros literarios y las artes (¿collage?).

Ahí pues, todo un programa implícito en la obra de Jaramillo Levi, ojalá convoque al intercambio con espíritu crítico y mentalidad abierta.

Managua, 28 de enero de 2009.

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Mi más cordial agradecimiento al colega Henry Petrie por haberse ocupado con perspicacia y sensibilidad de mi más reciente libro: “Por obra y gracia”. Espero que en algún momento éste puede conocerse en Centroamérica y ser de utilidad para cuentistas y lectores.

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