Jon prefiere que no nos veamos por un tiempo

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Por Claudia Hernández

Jon prefiere que no nos veamos por un tiempo. Cree que su mujer se ha dado cuenta de lo nuestro porque lleva ya tres días negándose a dormir con él. Se encierra en su baño y no para de llorar. Tampoco quiere comer. Jon sospecha que algún conocido suyo debió haberme visto en el edificio y le ha contado que llegué a dormir con él durante su ausencia. No tiene idea de quién, pero convencerá a Claudia para que no le crea. Le dirá que ese alguien ha malinterpretado la situación, que las veces que llegué al apartamento fue para trabajar en los detalles del nuevo proyecto, que no sea niña, que no debe desconfiar de lo que le dice y le jurará que nada ha sucedido entre nosotros para que se calme. A ella no le hacen bien las desilusiones: entristece tanto que los ojos se le ahogan en su propio verde. Es una criatura frágil, casi un insecto. No desea lastimarla. Le tiene cariño y cuida que esté bien en agradecimiento porque en sus brazos consigue él conciliar el sueño la noche completa. Sin su presencia se despierta cada hora o cada hora y media. Es terrible. No quiere imaginar cómo la pasaría si ella decidiera marcharse solo porque él se acuesta de vez en cuando conmigo.
Lo nuestro no es algo serio. Ni siquiera puede decirse que seamos grandes amigos. Conversamos, sí, pero sin profundizar demasiado. No pretendemos que lo que tenemos pase a más. Intentarlo sería una pérdida de tiempo: de sobra sabemos que él no es mi tipo, que yo no soy el suyo y que nuestra relación no sobreviviría fuera de las sábanas. No da para más. Por eso lo pensó mucho antes de pedirme que me quedara en su apartamento la primera noche que Claudia pasó fuera de la ciudad y no dejó de sorprenderse porque acepté sin necesidad de que me rogara.

En realidad, hacía mucho que me apetecía ir. Quería comprobar que esa inmigrante no había conseguido –como tampoco pude yo– que él cambiara un solo detalle de ese apartamento. Estaba tan convencida de que no habría podido persuadir a Jon de variar en un solo centímetro la posición los muebles –como de seguro no podría jamás hacerlo cambiar de colonia o recortarse el cabello de manera distinta– que casi me quedé sin respiración cuando vi que no solo estaban dispuestos de otra manera, sino que además las paredes blancas se habían vuelto verdes, los papeles de su escritorio estaban ordenados y había cardos secos plantados en los espacios que él se empeñaba en mantener vacíos. Caí en la cuenta de cuán cierto era que quería casarse con ella, aunque no terminaba yo de entender por qué si no era tan hermosa ni había sido capaz de lograr que él dejara de recurrir a mí. De todas maneras, le dije que me daba gusto saberlo enamorado y lo animé a que no perdiera más tiempo y le propusiera matrimonio en cuanto ella regresara a la ciudad. Seguro aceptaría. Iba a comentarle que yo ni siquiera lo dudaría si me lo propusiera a mí, pero, puesto que nada iba a conseguir con eso, preferí callarme, seguirlo a la cama como de costumbre y no levantarme por el cigarrillo que necesitaba sino hasta que se quedó dormido.

Como no fuma desde que está con ella y a esa hora no había estancos abiertos en los alrededores, opté por buscar entre las pertenencias de esa chica aún cuando Jon me había prohibido que tocara sus cosas. No pude evitar revisar sus cajones, escarbar en su armario y husmear el interior de sus carteras intentando no alterar demasiado el orden que encontraba y controlando el ruido que generaba. Pero me fue imposible no exclamar con asombro cuando, con la ayuda de un picahielo, conseguí abrir el seguro de la puerta de su baño privado y me encontré con una visión del universo encajada en ese espacio de diminutos y opacos azulejos blancos.

Me asusté tanto que, por reflejo, cerré la puerta, tomé mis cosas de inmediato y me largué a casa.

Durante el resto de la semana, no hice más que reprocharme por haber reaccionado con cobardía ante el infinito. Había actuado de manera tan estúpida que no merecía volver a avistarlo y, sin embargo, no podía renunciar a la idea de contemplar de nuevo su maravilla, así que le rogué a Jon que me dejara pasar otra noche con él. Le dije que lamentaba haberlo dejado solo el martes y le juré que no sucedería de nuevo. Le pedí que entendiera que me asustaba la idea de hacerme responsable por alguien, incluso cuando se trataba solo de un favor –como había sido el caso– y conseguí que me diera una segunda oportunidad. Entonces me esmeré en hacerlo dormir pronto para poder acercarme al baño antes de la medianoche, abrir la puerta y atrapar cuanto pudiera del universo ese en una sábana que había llevado en mi bolsa.

De acuerdo con lo planeado, el proceso entero debía tomarme unos treinta segundos, tras los cuales debía dejarle en el espejo de la sala una nota de disculpas que había escrito en mi casa y caminar hacia mi automóvil tan pronto como pudiera. Pero todo se echó a perder porque, justo cuando acababa de abrir la puerta del baño, escuché que él se levantaba y no tuve más tiempo que el necesario para tomar uno solo de los insondables puntos que fulguraban ante mis ojos expectantes y ocultarlo en mi mano.

Jon ni siquiera sospechó lo que acababa de hacer. Creyó que me había levantado a traer la sábana que sostenía en esos momentos y me preguntó si necesitaba también una almohada extra. Si era el caso, podía tomar cuántas quisiera del armario del pasillo. Claudia guarda muchas ahí. No sabe con exactitud para qué. Hay muchas cosas de ella que no termina de entender y sobre las que prefiere no preguntar por temor a asfixiarla. No quiere que sienta que invade sus espacios, por eso nunca cede a la tentación de echar un vistazo a sus cuadernos ni considera entrar al baño que acordaron destinar para uso exclusivo de ella como condición para que aceptara mudarse con él. La respeta tanto que ni siquiera pasa la mano por sus adornos si ella no se lo autoriza antes, por eso no concibe que se haya alterado por otra razón que no sea la de haberse enterado de nuestros encuentros y ha decidido que dejemos de vernos una temporada. Quiere mantenerla tranquila y a su lado. Por eso yo, que supuse que la única manera de conseguirlo era regresándole lo que había tomado de su baño, me fui a buscarla a la escuela en que trabaja para devolverle el pequeño astro y para suplicarle que no fuera a recriminarle mi falta a Jon: él ni siquiera imaginaba que ella mantenía oculto lo infinito en su baño. De haber estado al tanto, seguro jamás habría dejado que me acercara. Ni siquiera me habría invitado a su apartamento. Le expliqué que me llevó porque se sentía sólo de ella, que no podía culparlo por eso, que no era justo, que yo era la única responsable de lo sucedido y que estaba ahí para enmendarlo. Entonces puse en sus manos la esferita de luz naranja que había estado llevando conmigo en los bolsillos como una fruta pequeña convencida de que con eso resolvía el asunto. Ignoraba que alguien más había descubierto la espesura cósmica en su baño y –a diferencia de mí– se la había llevado completa.

Claudia supone que una de las tantas chicas que Jon conoce en los cafés y lleva a su cama cuando a ella le toca cubrir el turno de la noche la tomó sin que él se diera cuenta, pero no logra entender del todo cómo hizo para acarrearla sin dejar rastro. Sin embargo, no quiere pensar más en el asunto. Dice que no tiene sentido invertir tiempo en ello. Su prioridad ahora es plantar un nuevo universo en la bañera con la estrella que yo le devolví. Dice que no hay en esta ciudad mejor baño para esos fines y que hay que conseguirle una cerradura fuerte que lo resguarde. Esta misma tarde comprará la mejor que encuentre en la tienda a la que yo he ofrecido llevarla.

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3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Vicente Vásquez dice:

    Felicitaciones, Claudia. Me encantó el cuento, me atrapó y me llevó de principio a fin. Besos, Chente.

  2. fernando castro m dice:

    me gusto tu estilo. Felicidades.

  3. hugo dice:

    Bien. No se excede en nada. Un relato breve y ameno. Tan urbana en los detalles, conocedora de las relaciones humanas. Queremos leer más y saber quien es Claudia Hernández.

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