Hasta que el fastidio nos separe

el

Por Daniel Pulido. “Por el poder que me confiere la falsa madre iglesia, yo los declaro marido y mujer, hasta que la muerte los separe… en nombre de la Mentira, la Rutina y los Convencionalismos, amén”

I

Sonrieron cuando el cura los bendijo. Los invitados a la ceremonia admiraron cuánto amor brillaba en los ojos de aquella joven pareja. Aunque él y ella intuían el inicio de un largo acecho mutuo al término del cual, el más fuerte de los dos podría, por fin, ver morir al otro y disfrutar de ese sublime momento.

II

Sucedió lo que dicen todas las malditas revistas de modas: Una vez saciados los apetitos carnales vino el nacimiento del fastidio. Comenzaron a brotar, como pústulas, los defectos del cónyuge: El inunda de flatulencias la estancia mientras duerme, ella ronca, él tiene manías con la comida, ella con el café, él con la ropa, ella con los horarios, él con los programas de televisión, ella con la brillantez obsesiva del piso. El tiene la maña de orinar por fuera de la taza del inodoro; ella, cuando usa el inodoro por las mañanas, deja un hedor tal, que hay que esperar al menos tres minutos para usarlo de nuevo. El se levanta demasiado temprano y hace mucho ruido, ella dilata una hora maquillándose, él media hora afeitándose y deja pelos por todas partes; ella tiene hábitos de higiene de dudosa reputación, él no se cambia los calcetines ni los calzoncillos con la debida frecuencia, ella tiene pésimo gusto para la música, él se saca la carne de los dientes con las uñas, ella hace gestos demasiado grotescos cuando se cepilla los dientes y además escupe la espuma sin ningún respeto.

– No lo había notado, pero su voz es bastante chillona y monótona…
– Siempre que habla cree que tiene la razón…
– No me había fijado en esa verruga horrible que tiene en la espalda…
– Quiere aparentar lo que no es…
– ¿Será que por una puta vez en su vida puede dejar las chinelas en su lugar?
– Vive cansada, nació con pereza…
– No es capaz de doblar ni una camisa…
– No es la misma persona cuando estamos solos que cuando estamos en grupo…
– Es terco y envidioso…
– Nadie le gana a vanidosa y frívola…

El fastidio nació de un parto de pareja, ambos sintieron cómo les crecía en las entrañas, ambos sudaron, sufrieron contracciones, pujaron, sangraron, vivieron el dolor y, al final, nació la criatura, amorfa, nauseabunda, densa. Después ninguno quiso asumir la maternidad o paternidad del engendro; inició la rutina de culparse mutuamente. El engendro comenzó a crecer, su presencia llenó todos los espacios, contaminó los acercamientos, agigantó los vacíos. Se tornó aburrido estar en casa, las amistades cada vez reemplazaron más la vida de pareja. La vida familiar dejó de existir o, al menos, se transformó en territorio para la instauración del gran fastidio, quien comenzó a mover sus tentáculos ágilmente, alegremente malignos, buscando cualquier rincón para acechar, mimetizándose en cualquier objeto cotidiano: una taza, un tenedor, una almohada, un jabón, un papel higiénico, un zapato…hasta que por fin se hizo sentir en la cama, se les metió en la piel.

– Ya no la deseo…
– Ya no me dan ganas de besarlo…
– Se le han caído las tetas…
– Le apesta la boca…
– ¡qué celulitis!
– ¡es un desnalgado!

¡Y aquí viene señores y señoras el momento espectacular de esta cópula de trío: él, ella y el fastidio metido en medio del asunto…los tres totalmente desnudos!: Noche cualquiera, la mujer se acuesta de medio lado dándole la espalda al marido, tiene un leve deseo sexual que se ha despertado, no gracias al amor ni mucho menos, sino al natural alborozamiento de las hormonas. El anda en una de esas raras ocasiones donde confunde amor con ardor y procede a acariciarle la espalda monótonamente. Ella lo esperaba y se da la vuelta aparentando indiferencia, con los ojos cerrados busca la ingle de él. El, a distancia, le acaricia un seno, le aprieta el pezón. Ella capta la erección y comienza a manipular aquello que alguna vez fuera el mayor anhelo de su cuerpo joven. El estira lentamente una pierna y la frota contra los muslos de ella; ella los separa y permite que los dedos de él paseen aburridos sobre su monte de Venus. Sigue un beso seco, un intercambio de lenguas insípidas que se entrelazan mecánicamente. El estampa un par de besos reglamentarios, uno para cada pezón hundido, seguidamente debe mojarse los dedos con saliva para humedecerle el sexo pues la excitación de ella no alcanza para tanto. Unos años atrás, a estas alturas del campeonato, aquella vagina estaría como un manantial. Ella hace lo mismo con el falo de él: su boca ya conoce el sabor desabrido, el grosor de un miembro poco entusiasta, longitud, temperatura, olor, tipo de vellos genitales, color del escroto, flacura de piernas, gemidos. Como respuesta él sabe que debe corresponder lamiendo y chupando aquella oquedad que en los viejos buenos tiempos no quería dejar de saborear. Ya sabe que ella lo acometerá con el pubis mientras gime como si fuera a llorar, por lo demás ya conoce el tamaño del clítoris, sabe cómo jugarlo con la lengua. Igual no se sorprende ni emociona mucho con los olores, ni con los pliegues genitales, ni con el color rosado tierno de la flor que tiene entre los dientes. Una vez concluida la respectiva ceremonia oral, ambos saben que viene la penetración, a veces de lado, otras él arriba, algunas veces ella. Aparece el consabido vaivén, el roce sonoro de los vellos, el palmoteo, el sudor, uno que otro quejido y la abrupta salida del semen como señal inequívoca de que el fastidio ha triunfado una vez más. Sigue el beso riguroso, post coital, máxima expresión del desamor, prueba irrefutable de que ambos se acaban de alejar, aun más, de cualquier posibilidad de un mínimo aprecio mutuo. Ella le da la espalda y se duerme amargamente. El se pone el calzoncillo, halla el control remoto del televisor, que ha quedado perdido entre las sábanas, busca una película de sexo.

El gran fastidio se acomoda entre los dos acaparando la mayor parte de la cama y se dedica a dormir plácidamente.

III

Ella tuvo que aguardar más de medio siglo para ver morir a su marido y disfrutar de este momento. El agoniza con una mueca mezcla de amargura y derrota en su rostro, con los ojos abiertos, mirando a la mujer fijamente. Ella, con gesto de triunfo, agita la mano donde luce el anillo matrimonial. Casi amablemente le dice “adiós” mientras sonríe y lo cubre totalmente con la sábana.

Cuando a él le llega la parca, tiene los ojos abiertos y llorosos. Lo último que ve es una mortaja blanca que le cubre el rostro.

Daniel Pulido, León, Nicaragua.

Anuncios

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. hugo dice:

    Buen cuento. Entretenido y ágil.

  2. MARY REYES dice:

    siento que es mas que un cuento, buenisimo!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s