Perros inolvidables

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Por Amalia Morales

Le tengo miedo a los perros. Nunca me ha mordido ninguno. Eso sí, me han ladrado y me han mostrado su dentadura feroz y grande como la mía.

También me han perseguido. Sobre todo cuando voy en la bicicleta. A veces me asaltan cuando doblo por la calle del Rucfa por el lado del hospital Bautista, o cuando voy por la calle del super en Ciudad Jardín. La verdad es que son muchas las veces en que me ha tocado pedalear como una loca, porque voy huyendo de algún desgraciado perro.

Todavía me acuerdo la vez que me le corrí a un Chau chau callejero, que se mantenía en una calle en Bogotá -donde viví hasta hace poco- y que a ojos de todo el mundo era la criatura más inofensiva del mundo.

En esa ciudad, recuerdo que lo primero que me impresionó -antes que sus edificios, bibliotecas, árboles y clima, vida cultural-, fueron los perros: todos son gordos, obesos más bien, y mansos. Es lo que aparentan. Andan por las calles con más recato y educación que sus propios dueños. Además, todos se parecen en algo a sus dueños: para un flaco un dóberman, para uno espigado un gran danes, para uno con pinta de necio un labrador, para un gay de gimnasio un rottweiler, para un atlético un pastor alemán, en fin.

Una vez, para una nota que hice, me entere que en la capital de ese país, en el que hay tres millones de personas desplazadas por culpa de la guerra interna que al gobierno de Uribe no le gusta reconocer, hay un millón de mascotas, y adivinen qué? la mayoría son perros, después gatos, los que sí me gustan cuando pueden ser libres y correr por los techos y no cuando se aniña y al punto de parecer muñecos de porcelana puestos al lado de un sofá, o sobre ellos. En el universo de las mascotas colombianas también ha habido hipopótamos, y perdonen la cacacofonía, como los que criaba en su hacienda el capo Pablo Escobar.

Pero lo que me asombró siempre del planeta de los perros que ha desarrollado esa capital tercermundista, y que me preocupa porque aquí en Managua veo tintes de imitación, es que los perros se compran para acompañar soledades y que la gente una vez que los adquiere, con la excusa de que, es un ser vivo y no se puede maltratar, con lo que estoy de acuerdo, está dispuesta a ceder a cualquier capricho que el mercado se invente para estas mascotas: desde hoteles, peluquerías, entrenadores, gimnasios y hasta niñeras para perros, pasando por el universo siempre con novedades de los alimentos y shampús.

Conocí a una, que además del veterinario, hubiera querido pagarle un sicólogo a su hush puppie para descifrar el por qué de algunos ladridos. En cambio, nunca le vi un gesto de preocupación por ninguno de las decenas de niños desplazados que limosnean por ese ciudad como perros asustados y sin dueño. Y aquí no estamos lejos de llegar a esos niveles.

Ya tenemos a un magistrado que a los perros que cuidan su mansión construida en Costa Rica, ni tan lejos ni tan cerca para ostentar, les manda a lavar los dientes para evitarles las caries. Me asusta pensar que aquí en Managua puede haber tantos perros como en Bogotá. Pero lo cierto es que cada vez, siento que hay más persiguiéndome. Algunos sólo asoman su hocico y me ladran mientras se estremecen furiosos tras las rejas de las casas que “cuidan”. ¿Será que voy a tener que amarrar mi miedo?

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4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. David dice:

    Estimada Amalia, me gusto mucho tu artículo. Ahhhhh!!! y un consejito……jamas!!! vayas a Costa Rica.

  2. Gaby dice:

    Pues eso no es nada. “El padrino” nicaraguense y ahora vice presidente de la república chistosita de Nicaragua puso en la portada de un libro que recién publicó que trata estrategias y negociación política, una foto de su perro, muy simpático,-me refiero al perro-. El ilustre y camaleónico político criollo dice que su guaugua es su mejor y fiel compañero.
    Cosas veredes

  3. Lalo K. dice:

    Entretenido el relato. Pero creo que tenés una percepción equivocada de los perros preferidos por los gay… yo particularmente solo conozco un anormal con una perra enorme, los demás todos tienen o tenemos chuchos bien maricones… que hush, que french, que cokers, shnauzer, aaah y hasta presumimos del pedigree, sin dejar por fuera los “comecuanduay” (mezcla de ratón, gato y terrier) siempre falderos (cepillos con el dueño) y juguetones.
    Tu relato me hizo recordar un perro odioso que existía en la calle del barrio que me vio crecer. Se llamaba Tonky (original nombre!!) Todo negro con algunas manchas blancas en la punta de sus patas… Tres veces me mordió el hijueputa animal ese! una vez dos veces en el tobillo y otra en el pie… y en el mismo pie. Cómo odiaba yo a ese animal! Creo que si alguna vez he sentido odio ha sido por esa maldita bola de pelo que tenía dueño, no era callejero. Grande y comocuanduay. Recuerdo mi felicidad, muchos años después cuando supe que otra víctima de sus colmillos lo había envenenado.

  4. Fanny dice:

    Muy afortunada Amalia que no te hayan mordido los perros aún. A mí si me han mordido unos dos o tres, de pequeña. Y eso de que los perros huelen el miedo en la gente no creo que sea muy práctico para los niños. Pues cuando ellos ladran todo niño corre de pavor, razón suficiente para que los perritos le claven sus dientes. El que mucha gente se aferra a los perros por soledad, es cierto, pues si algo hace esta sociedad capitalista es en convertirnos en unos solitarios seres individualistas, incapaces de encontrarnos con el otro/a y de allí la deformación de la relación con los animales, a mi modo de ver, que desencadena en un trato hasta superior. Es decir, es como decirle al otro/a que es mejor mimar, atender, acariciar y amar a los animales antes que a los seres humanos. A mi modo de ver es otra de las aberraciones de y en este inhumano sistema. Amalita, gracias por abrir este espacio para pensar y decir (nos) algunas cositas.

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