La mochila rosada

Por Amalia Morales

Desde que la vio colgada, en el tramo de calaches usados, se ilusionó
con ella. Era rosada. Tenía los agarradores que le iban a dejar las
manos sueltas y los brazos libres. Sí la conseguía, por fin iba a
dejar de prensar esa bolsa debajo del brazo que se le escurría del
sobaco como un pescado vivo cuando sudaba. Esa bolsa transparente
desde la que se veían opacas sus miserias escolares: unos cuantos
cuadernos cosidos con tape, y unos cabos de grafito eternos, en medio
de los que nadaba un tuco de borrador que manchaba las hojas más que
borrar. Una bolsa que a cada rato cambiaba porque se le rompía. Una
bolsa plástica por la que se metían como gusanos las gotas de agua
cada vez que al cielo se desparramaba sobre Managua. Tenía que
deshacerse de las bolsas. A como fuera, la mochila rosada tenía que
ser suya. Pensaba como niño, pero vivía él como hombre: trabajando
después o antes de clases. Cargaba lo que le dieran en el mismo
mercado donde permanecía colgado el objeto de su deseo. Decidió hacer
de tripas corazón y guardar los pesos necesarios para comprarse la
mochila. Fueron semanas, tal vez meses, ahora no lo recuerda bien, los
que pasó juntando los riales. A veces se resbalaba por el tramos con
el corazón en la boca, creyendo que no la iba a encontrar. Pero
siempre estaba. La vendedora le había dicho que lo esperaría y honró
su palabra, hasta que al fin él llegó con los miles de córdobas de
entonces y le bajaron el bulto rosa. Una vez en sus manos descubrió
que estaba más bacanaleada de lo que se veía. Uno de los agarres no
servía. Lo reparó, disimuló el defecto lo mejor que pudo y se la
enganchó feliz. Después tendría otros bultos, pero la mochila rosada
fue la más apreciada de su vida.

“Ni el color me importaba”, recuerda Chaguito, el protagonista de esta
historia real. Chaguito es chofer del periódico donde trabajo. Gana el
sueldo mínimo más horas extras: us jornadas son casi siempre de 12 ó
16 horas, casi siempre. Así ha comprado el carro viejo que maneja, el
terreno y la casa en la vive con su esposa y su hija Pamela, de nueve
años, y en donde cada día libra una nueva batalla. Ya metió el agua,
la luz. Son victorias mínimas que ladra la perra que corre por su
patio, a la que él mismo despulga.

Chaguito no es un hombre nostálgico. El sólo recordó el episodio de la
mochila rosada el día que le regaló a una pareja de niños de su
vecindario mochilas y uniformes nuevos. Se vio en ellos.”Yo sé lo que
es eso”, me dijo con unos ojos líquidos, una boca sonriente y con las
manos en el volante. Y no dudo que lo sabe.

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Adriana dice:

    Que buen relato, así es la vida de la gente real, llena de magnificos triunfos en lo que los llenos de nada (o de billetes), solo verían un arapo rosado.

  2. Fanny dice:

    Vaya, Amalia, qué lindo escribir las historias de otros, otras que al final son las nuestras, las tuyas, las mías. Nuestras vidas. Las de los ninguneados, los “nadies” de esta sociedad tan jodidamente injusta, donde de cuando en vez vemos rayitos de luces en seres humanamente sensibles como Chaguito.

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