Pie

Por Luis Emel Topogenario

Labrar espacio en el mundo. Horizontal. Terrario. La luz se enguanta a los cuerpos que puedo poseer. Camisa. Pantalón. Arma percutida. Arrojar al río. Ahora sí logro sentirme. Escucho. Me palpo resplandor. Resplandor o cuerpo, podré elegir y abdicar. No hablaré para mí. No lanzaré mis palabras en mi contra. Hablar para las palabras es decadencia. Estrujar tierra con mano fresca. Colocarse en el centro de los dolores personales para sentir tierra fresca en mano, codo, anudar. Anudar codo al hombro, doble nudo de palabras tiesas bajo el sol. En los márgenes del río las piedras se lavan. Los cadáveres de las vacas podrían pasar flotando, que yo los confundiría con leños. Las sales del sol bañan mi cuerpo. Caen sobre el río. Mi sombra, apenas declive sobre la ribera. El río saldrá al mar en un tiempo que desconozco. ¿Desde hace cuánto ya que he estado así sobre este sitio? Si elevo la mano para tocar el cielo, ¿mi pie se elevará al mismo tiempo? Pisar lo que toco, brisa. Brisa, me escucho. Las espaldas hacia la tierra. Ahora sí. Ahora sí me siento sentido por la hierba. Me siento escuchado por el río. Los cadáveres de las vacas no saben que no estoy en la desembocadura del mar. Las hojas en los tentáculos, verdísimos, de los pocos árboles, me aplauden. Yo he contado todas las hojas sin moverme. Yo he contado. Pienso en los leños cadavéricos y no me siento navegar. Me escucho raíz del árbol de las sensaciones, no. Los muñones que soy están rojos. Me palpo estambre. Estambre o piedra lavada, podré elegir. No me siento navegar. La tierra está negra y fresca, como si desconociese los hechos de las matanzas. Como si la hierba templase el aire. Como si yo templase la hierba, ¿puedo sentirlo? Como si el aire me templase a mí. Las rodillas flexionándose, elevándose sobre la grama. Las plantas del pie hidratándose con el verdil del terrario. ¿No he estado aquí yo antes? ¿Como estremeciéndome sobre nieve? Silencioso, como el río congelado. Eterno como el hielo. No ha aparecido nadie para avisarme que las aguas ya estaban corriendo. ¿Entonces no se me anunció que el sensorio ya no estaba congelado? Las matanzas terminaron. Mi camisa está abierta sobre mi pecho. Mis pantalones están abiertos bajo mi camisa. La humedad de la hierba penetra en mi boca cerrada contra presión, como si forzase mi válvula. Ahora sí me escucho. Me palpo camisa desbotonada, el río ronco. Me hallo los ojos grávidos, como las raíces que estoy siendo. Me ofrezco a mis ojos. En el río algunas piedras emergen como lamparones negros. No emergen. No han llegado. No se han ido. No se han movido. Yo nunca me he ido. ¿No estaré aquí después? ¿Las rodillas no se moverán, arrastrando mis pies para hacerme sentir descalzo? La luz llega hasta mi cuerpo. Mi cuerpo me reclama a mí, como si él fuese una ventosa que teme descarnarse. No hablaré para mí. No me sentiré para mí. Lanzar para las palabras es decadencia. ¿Nadie vino a avisarme que la decandencia debía lanzarse hacia el agua? Me palpo camisa sobre hierba, pantalones, terrario, el río ronco. Los infinítuples rezos de las hormigas negras entrándome. Me escucho sentirme. Resplandor o cuerpo, los brazos, poco a poco desmaderados. Los tejidos, tendidos. Poco a poco.

Luis Emel Topogenario. Escritor nicaragüense (Managua, 1980). Actualmente reside en Montevideo, Uruguay. Ha publicado varios relatos, tanto en papel como en revistas digitales especializadas. La Codorniz, su tercera novela, es su proyecto narrativo más ambicioso.

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