Pelónides

Por Francisco J. Mayorga

En la secundaria le llamaban Pelónides de Elea. Su prematura calvicie era objeto de la continua burla de sus compañeros. En la calle usaba gorras o boinas para disimular su pelada, pero en el colegio, al entrar al aula de clases, forzosamente se tenía que descubrir y sus compañeros aprovechaban para fastidiarlo, abucheándolo despiadadamente, aplaudiéndolo o haciéndole hurras como en el fútbol, según fuera el humor del día. Sufría mucho por eso. Incansablemente buscaba remedios para la alopecia en las revistas que llegaban de España, de México o de Chile. Compraba todo tipo de lociones y se aplicaba distintas pociones y menjunjes buscando la manera de hacer renacer su cabello. Un famoso curandero de los pueblos le dijo que las recetas provenientes del extranjero no servían para nada y le recomendó un cocimiento de hojas de mango mechudo con tigüilote serenado. Pelónides se hizo los enjuagues con fervor religioso, día tras día durante doce semanas, pero tampoco le funcionaron. Cuando volvió al brujo para hacerle ver el fracaso de su pócima, éste le explicó que la aplicación correcta del enjuague debía corresponderse con las fases de la luna. Como cada persona responde diferente a las fases de la luna, el hechicero le recomendó el método científico de prueba y error: plenilunio, menguante, tierna y creciente. Después de tres años de ensayos y tanteos fallidos, Pelónides se dio por vencido. Habiendo llegado por su propia cuenta a la antigua conclusión de que el piso es lo único que detiene la caída del cabello, y como su presupuesto no le ajustaba para un trasplante de pelo de esos que los pudientes se hacen en Estados Unidos a ocho dólares por hebra, desistió de las soluciones químicas y optó por las mecánicas: bisoñés, peluquines y pelucas enteras. Pero, claro, se le notaban de lejos y le acarreaban mayores burlas entre parientes, amigos y aun desconocidos. Alguien lleno de sorna se le acercó una vez para susurrar a su oído que el único remedio para la calvicie era un trasplante de cabeza. Lo que más le dolía era lo que su abuela le había dicho alguna vez: “Los malos pensamientos botan el pelo. Tu calvicie solamente se detendrá el día que dejés de tener malos pensamientos”. Desde entonces había luchado con convicción de monje medieval contra las tentaciones de la carne. Rehuía la amistad de las chavalas, esquivaba la vista de las mujeres de cualquier edad, jamás se volvía al paso de las muchachas por ajustados que llevaran los jeans y, por supuesto, nunca iba a la playa. Oraba cinco veces al día y durante meses estuvo considerando la posibilidad de usar cilicio, como los miembros del Opus Dei. Antes de hacerlo, sin embargo, decidió abordar el tema con su primo, que era conocido como un tipo al que cualquier objeto le sugería sexo. “No comprendo – le dijo – cómo es posible que vos, teniendo malos pensamientos cada treinta segundos, tengás una abundante cabellera, mientras yo, que trato de portarme bien, me estoy quedando casi completamente calvo”. Su primo, con una sonrisa entre avergonzada y maliciosa, se bajó los pantalones mientras le confesaba: “A mí la calvicie me comenzó de abajo para arriba”. En efecto, tenía el pubis lampiño como de bebé, exactamente como lo quisieran tener esas muchachas que sueñan con una depilación con rayo láser para ahorrarse la molestia cotidiana e ineficaz del afeitado. Entonces Pelónides abandonó la idea del cilicio y comenzó a resignarse a su calvicie. Una noche, viendo un talk show en la televisión, se percató de que, de pronto, lo de ser calvo se había puesto de moda. No se trataba solamente de los calvos. Entrevistaron a muchos jóvenes que explicaban en detalle sus razones para pelarse al rape. Aunque todos andaban totalmente rasurados y con la cabeza abrillantada como bola de billar, ninguno dijo algo que a Pelónides le resultara convincente. Fue una muchacha la que finalmente esgrimió un argumento contundente, que le llenó de una dicha celestial: “La calvicie es la mejor prueba del exceso de testosterona en el torrente sanguíneo de un hombre”, afirmó la muchacha. Y prosiguió: “A esos que tienen abundante cabellera les sobran las hormonas femeninas. Muchas amigas me han confesado que prefieren a los calvos porque son amantes insaciables. Algunos hombres que son hirsutos se cortan al rape para hacerse pasar por calvos, pero a la hora del amor siempre quedan en evidencia”. A continuación, un médico especialista en tratamientos del cuero cabelludo afirmó categóricamente: “La hormona masculina testosterona que se encuentra presente en el folículo pilosebáceo Tipo B, es modificada en un momento determinado por una enzima llamada 5-alfa-reductasa, convirtiéndose en la 5-alfa-dihidrotestosterona; ésta tiene una capacidad de producir calvicie 50 veces mayor que su precursor y sólo actuará allí donde se produce, es decir, dentro del folículo piloso”. La presentadora del programa resumió que, en efecto, aquello se conoce desde la antigüedad, explicando que a los eunucos, por falta de hormonas masculinas, les renacía el cabello milagrosamente. Desde aquella noche, Pelónides circula por las calles ostentando con orgullo su calvicie, mirando con desprecio a los peludos y con un desdén mayor aún a los rapados, pobres intrusos a la clase superior de los pelados.

Managua, febrero de 2000

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Vicente Vásquez dice:

    Un cuento muy bueno e ingenioso, y sin pelos en la lengua. Chente.

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