Carta desde el muelle de Bilwi*

Por Amalia Morales

Ahorita vengo del muelle. Es la última imagen del día.  Varios
babosos, periodista de aquí me dijeron que no fuera. Que no me asomara
al muelle. Que me podían agredir esos buzos, pero puesta en el lugar
no pasa nada de eso, como lo esperaba. Es es lo más terrible, que las
personas tengamos miedo de otras personas, solamente porque son
pobres, porque no hablan tu idioma, en fin, porque te parece que son
menos que vos. Porque para muchos vale más un animal que un ser
humano. En el muelle veo a esos hombres, muchachos casi todos. Algunos
fuman marihuana antes de subirse a esos cajones flotantes, que
mal-llaman barcos aquí, que en el peor de los casos puede servirles de
ataúd. Hablé con algunos de ellos. Medio me entendían lo que les
preguntaba y yo medio les entendía lo que me respondían. Pero la
verdad, es que los periodistas somos unos necios, unos imbéciles, que
estamos tratando de entender lo que está a la vista. Como si eso no
fuera suficiente. En la entrada del muelle se quedan las mujeres.
Algunas van a dejar a sus hombres, porque ahí mismo el “sacabuzos”,
que en realidad es un “cazabuzos” les da un adelanto por la faena
marina de 11 días a la que van esos hombres. Ellos, como unos
guerreros, entran con su equipo en la mano: una varilla metálica con
una punta afilada. Igual a las varillas que se usan en construcción
para la estructura de los edificios. Y el otro instrumento, es un
canalete de madera, su remo, que parece una cuchara gigante. Son
muchachos. Todos flacos, pero con manos grandes, gruesas, callosas por
la sal. Algunos ríen y hablan todo el tiempo en ese idioma en el que
abundan la W y la K, en el miskito todo suena a krukira a kupia kumi
(que significa a un sólo corazón). Entran a los barcos como
equilibristas, caminan un par de metros sobre un mecate grueso, con la
misma facilidad que lo hace una lora sobre un alambre. A pesar del
vaivén del barco, el mojón al que está amarrado es muy fuerte. Soplan
vientos del noroeste. Por momentos los cuerpos flacos de esos buzos
ondean como banderas. El barco, Edgar Antonio se mueve al norte. Son
las siete de la noche, y 22 almas están a punto a tirarse al mar. Esto
no es nada. En realidad no te estoy describiendo nada de lo que veo.
Porque no te estoy explicando, quienes son estos hombres y como son
vistos en este país de mierda, en el que gente mestiza como yo, con
mil mezclas en la sangre, se cree rubia. Hoy un par de miskitos en la
calle, me dijeron adiós chelita, y el chelita equivale a rubia. Y te
aseguro que mi color es igual al de ellos, pero ellos saben que no soy
de aquí, que no entiendo su idioma. Entonces es igual a que sea una
marciana. Es una historia muy triste esta. Y lo peor, lo peor, es que
creo que ellos no son muy conscientes de cuán desgraciados son. Los
600 dólares y hasta los mil dólares de alcohol y marihuana, que se
meten durante y después de cada viaje, no les permite ver cuán oscuro
es este barril sin fondo en el que viven, o, a lo mejor sí, por eso
siguen bebiendo.

*Carta que escribí a un amigo en enero del 2007.

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