Habráse visto

Juan Sobalvarro

Acabo de ver, como un descubrimiento matutino que nos despierta, el libro Nuevas Banderas una joven expresión de identidad. Más allá de que el libro es una muestra de la producción de algunos jóvenes artistas visuales centroamericanos, específicamente de 67 artistas centroamericanos, no quiero entrar en todas sus razones de ser.

Tal vez baste para la sospecha que el libro fue patrocinado plenamente por Movistar, que le gusta llamarse Telefónica. Este sería uno de sus proyectos con el supuesto carácter de favorecer al istmo, pero con la sospecha de que se le comisionó a alguien de fuera del istmo, M. Luttmann, de quien no hay dato alguno en el libro. Lo cual lleva por ley de gravedad a su poner que ha de ser español. Algo así como un intermediario español para un proyecto centroamericano con capital español. Ergo, el dinero queda en casa.

Entre las obras que el libro compila prevalece la pintura, aunque también hay algo de fotografía, escultura, tatuaje y arteconceptual.

En ese sentido llama la atención que las expresiones conceptuales que hay en el libro básicamente son de nicaragüenses, como también lo es el único caso de tatuaje que hay en el libro. Y lo que de pintura de nicaragüenses hay en él, no es lo que más destaca del total de la publicación.

Además, que las expresiones conceptuales de los nicaragüenses que reúne el libro se van por lo graciosito de: “je, je: esto es arte” o “ja, ja, los bacilé” o “¡zas! soy más listo que ustedes”.

El asunto se vuelve entonces sintomático y crea las dudas ¿la nueva generación de nicaragüenses está pintando poco o está pintando mal? O prevaleció un punto de vista sesgado y parcial en la compilación. De todos modos, aunque algunos críticos dan un breve panorama de la situación de cada país, en el caso de Nicaragua lo hace la doctora Dolores Torres, se desconoce los criterios de fondo que rigieron la compilación y la inquietud es válida sólo como eso, como una inquietud, tampoco es un juicio final.

No deja de sorprenderme la inclusión de Dorian Serpas en esta muestra, primero porque él ha sido en principio un artista del graffiti lo que visto desde la academia lo sitúa en un margen de dudosa reputación, luego que Serpas se ha asentado plenamente en el tatuaje donde sin duda no ha descuidado su integridad de artista, y cuando digo integridad no hablo de una ética medieval o parecido, hablo del ímpetu básico que impulsa a un artista, lo que muchos equivocadamente creen no tiene alguien que se expresa a través del tatuaje.

No puedo negar que el que Serpas figure en un libro en el que prevalece la pintura, es sólo consecuencia de la apertura conceptual que ha tenido el arte en su totalidad. Bueno, porque hasta hace unos años era difícil comprender que igual es un lienzo, una pared o, en este caso, un cuerpo para pintar.

Claro, vale anotar que el acabado que Serpas exhibe esta vez es riguroso. Y esto me lleva a otra reflexión, a la de que en arte se ha estigmatizado lo decorativo como algo superficial y a cambio se ha querido oponer lo desarreglado y ripioso como más ético y profundo, más honesto y más humano. Y nada de esto es al fin una verdad imbatible. Lo decorativo posee valores artísticos igual de válidos, como el diseño, como la selección de colores bajo un criterio de armonía o equilibrio, y aunque no guste, etcétera.

Por otro lado, siempre resulta chambón que un artista que expone una lata, de la calidad que sea la lata, nos quiera explicar lo que es arte o nos quiera, según él, tomar el pelo. Habráse visto.

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