La invención de Pedro Infante (sobre un libro de Monsiváis)

Por Mario Roberto Morales

Acabo de leer Pedro Infante las leyes del querer, de Carlos Monsiváis. Un libro que asedia la figura del actor y cantante desde las de sobra conocidas funciones sociales que cumple el melodrama, ligándolo al momento histórico del México de los años 30 a los 60, durante los cuales la industria cinematográfica contribuyó de manera decisiva a la formación de la identidad del “mexicano”, vista como una serie de emulaciones variopintas del Juan Charrasqueado (“borracho, parrandero y jugador”) y del católico de parroquia arrabalera, que viene a funcionar como alivio al pecado de ser “valiente y arriesgado en el amor” y como umbral de la glorificación de la pobreza como antesala del paraíso.

Libro reiterativo si los hay, este de Monsiváis adolece además de una prosa apresurada, desaliñada, desesperantemente circular y constelada de ingeniosidades premeditadas en sus aproximaciones (desde la “teoría de la recepción”) al “ídolo del pueblo mexicano” (y también latinoamericano, pues el autor nos informa que una mujer se suicidó en Venezuela al enterarse del accidente aéreo que le costó la vida al cantante), asunto que me hizo pensar, a lo largo de las 278 páginas de la pesada edición de Aguilar, aparecida en octubre del 2008 en México, que bien pudo el autor decir lo mismo en muchas menos cuartillas, sobre todo tomando en cuenta que ha valorado a Augusto Monterroso por ser “misericordiosamente breve”, lo cual hace de suyo extraño que no le sea fiel a su celebrada receta.

Pedro Infante es una construcción melodramática de la industria fílmica, encarnada ésta en Ismael Rodríguez, director de los filmes más célebres del astro. Esta es la idea sobre la que Monsiváis regresa una y otra vez, tratando de hacerlo desde distintas perspectivas según sea la película que aborde o la circunstancia biográfica que evoque. Pero como ya se sabe que el melodrama siempre es más de lo mismo, es difícil que este método de asedio para deconstruir al ídolo posibilite mucha efectividad, pues, al igual que su objeto de estudio, se basa en la repetición.

A pesar de sus defectos, este es un libro indispensable porque Pedro Infante es lo único que queda del naufragio de la “época de oro del cine mexicano” y del México que se identificó con las falsificaciones de la realidad que perpetró el cine para lograr una unidad ideológica basada en una identidad nacional, tal y como aparecía en filmes que poco tenían que ver con lo real social y económico, y sí mucho con las necesidades populistas de manipulación de masas que le era imprescindible a los gobiernos del PRI para mantener la cohesión del pueblo alrededor del partido. Por cierto, este filón social y económico, así como el contexto político y de financiamientos del cine mexicano, es una ausencia sentida en el libro, que se engolosina con la repetición del carácter melodramático de la construcción cinematográfica de la identidad nacional, por medio de su ícono indiscutido, el también inventado Pedro Infante.

Fue mi abuela mexicana quien me inició en el culto a Jorge Negrete y la XEW, y quien me llevó de la mano a ver a Paco Miller y a Tin Tan y su carnal Marcelo al teatro Palace. Mi madre me enseñó a cantar canciones de Pedro que yo, de niño, entonaba ufano ante sus amigas. Y después, con esas mismas canciones, mi amigo Arturo Alonso me enseñó a tocar la guitarra en muchas inolvidables cantinas. Es obvio, pues, que comento el libro de Monsiváis porque la invención de Pedro Infante me interpela a mí con el mismo arrastre que a él.

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