Perro Humano

Por Roberto Becerra

El viento nuevamente es un tren de hojas que se estaciona en mi pecho y las sombras tras la ventana son pasajeros sin cuerpo, el vidrio roto por donde se escurre la noche y se fusiona con mi sombra, ahora los ratones han salido a buscar un poco de migajas de la cena anterior, faltan una hora y media para las ocho, y el tic, tac, del reloj es un temblor frió en mis manos, un hierro oxidado en mi intestino, la noche es tan clara, que podrías contemplar donde termina esta tierra, sin necesidad del viaje, o se podrían contar todas las estrellas del universo, puedes verlas flotar por esta inmensidad, o verlas debutar tras tus ojos, lo que es extraño, es que no se reflejen en el estanque, donde hace algunas noches encontraron varios perros muertos.

El veterinario del pueblo dijo que seguramente uno de ellos al extender su territorio, había decidido al presentarse la oportunidad, darse un buen baño en el estanque, por varios rasguños en sus patas el veterinario aseguró que al perro al zambullirse, se la había atorado una pata en el fondo entre las rocas y empezó a ahogarse, por lo cual su compañero intentó salvarlo desesperadamente, lo cual no funcionó porque los dos quedaron para siempre en el fondo de aquel estanque, algo que yo no creí, y que hasta el día de hoy no puedo creer, porque al recordar sus rostros con aquella expresión de terror que solo una persona puedo haber creado, tengo la seguridad de que lo que pasó aquella noche fue un asesinato.

Días después gracias a un amigo que asistió al doctor en la autopsia, pude darme cuenta que el doctor sufrió una fuerte impresión al saber que los perros tenían dos profundos agujeros en las sienes, por donde el cerebro había sido extraído, claro no antes de ser molido en su propio cráneo por algún extraño artefacto, desde esa maldita noche el insomnio se ha convertido en una herramienta contra la locura, pues recuerdo con toda claridad dicho acontecimiento, como el suceso inexplicable del cuarto día de esa semana. venía de de donde mi mejor amigo, un viejo pero apreciado conocido de la infancia, el tiene un taller de mecánica a las afueras del pueblo, aunque en este lugar solo hayan tres autos dos que le pertenecen a una de las familias dis que adineradas del lugar, y uno que el siempre a querido componer pero dice que es tan viejo que las piezas para su compostura ya no existen o se estarán mostrando en un museo como parte de nuestro patrimonio, pero mi amigo es listo y se las sabe arreglar con las bicicletas que muchos hemos lanzado como chatarra.

En su casa eran si no me equivoco la cinco y media de la tarde, estábamos envueltos en una platica muy interesante, recordando también por cierto, a un antiguo visitante extranjero que pasó por el pueblo, durante esos dos días que estuvo por aquí, nunca olvidaré en el restaurante del pueblo aquel fino rostro en la mesa y aquella habilidad para manejar el tenedor y el cuchillo, nunca supimos que fue de el, ni siquiera cuando el alcalde le dio santa sepultura a sus cosas personales, en realidad nunca me había sentido tan triste, no todos saben manejar un plato de esa forma.

Así estuvimos hablando y tomando un poco de licor, hasta que dieron las ocho de la noche y le dije bueno es mejor que me marche, para esa hora la noche ya pesaba envuelta en su fino cofre de neblina, era como si entrara por mi boca y me estrujara todas las tripas, cerca en el barranco se escuchaba al viento patear las latas al vacío, me marcho volví a pronunciar, lo que no pronuncie es que tenía tanto miedo, como aquella vez que de niño me pico un alacrán en la cima del cerro pedregoso, de todos modos tenía que meter las gallinas que deje tendidas y peladas en los lazos, listas para la merienda del día siguiente.

Abrí la puerta di las buenas noches y me puse en marcha, ya el cielo tenía muchísimas estrellas, que relucían más a mi vista, y al concentrarme un poco más, podía imaginarme el espanto de un hombre al flotar solo en el inmenso universo, como envidie a las nubes que pasaban veloces sobre mi cabeza, como huyendo de su destino. marchaba silbando una vieja tonadilla campeña, cuando de repente pude observar varias sombras extrañas que saltaban de un lado a otro en el camino, aceleré el paso, porque dicen que asaltan por esos lares, no sin antes hacerme de un madero grueso en el camino, por si acaso, podían haber sido una banda de conejos o venados, de esos que andan en medio del bosque que rodea todo el pueblo, de repente mi piel se puso helada y sudorosa al escuchar varios gritos de una mujer más adelante en el camino, yo me puse a pensar en los espantos que salen de sus tumbas, y que de niño había conocido gracias a las historias de mi santa madre, mientras iba acelerando mi marcha, volví a escuchar los gritos que esta vez sonaron mucho más reales en mi mente, supe inmediatamente que alguien estaba en peligro, salí corriendo hacia el lugar como pude, llevándome piedras y ramas a mi encuentro, al llegar al lugar mi cuerpo comenzó a temblar mas efusivamente, y no tardó mi estomago en expulsar lo que había ingerido esa noche, al contemplar aquella mujer como de treinta y cinco años, alta trigueña, y pelo negro, con su ropa desgarrada completamente, boca abajo, descalza, me dije a mi quien será la pobre desdichada, con mucho miedo y observando a momentos cortos mi alrededor le di vuelta, para poder reconocerla y dar parte a la policía, para mi sorpresa sus ojos que podrían haberme dicho o señalado al responsable, habían sido extraídos y en su lugar dos grandes surcos se encontraban, la revise para ver si poseía algún papel con su nombre o dirección, o si tenía alguna seña en particular, traté de no hundir mis pies en la posa de su sangre, fue cuando pude percatarme al levantar su cabello, que tenía dos orificios en las sienes, como aquellos perros que encontraron ahogados en el estanque, y me pregunte que relación habría, entre ella y aquellos dos desdichados, fue cuando mi cuerpo comenzó a temblar nuevamente, al sentir la presencia de algo enorme a mi alrededor, los animales del bosque se espantaron, y unas cuantas aves asustadas se estrellaron contra los árboles, mi reacción no se hizo esperar, y salí corriendo sin voltear hacia atrás, mi camino se hizo inmenso, mientras las sombras de los árboles parecían atraparme, escuche el grito de un animal que podía haber salido del mismo fango del infierno, llegue a mi casa, sabiendo de antemano que había tenido suerte, entre rápidamente, saque mi escopeta del armario y una botella de aguardiente de la despensa, y trago a trago el efecto del alcohol calmó aquel miedo que golpeaba mi corazón y lo desgarraba por partes, al día siguiente sin haber dormido toda la noche, tomé fuerzas y decidí dar parte a la policía, los cuales no creyeron en mis palabras hasta que fueron al lugar, y encontraron a la mujer justo en el lugar que indique, trataron de echarme la culpa de lo sucedido, pero no comprobaron nada, ya que las huellas que encontraron en el cuerpo no correspondían a las mías, y después de dos días de pesquisas decidieron dejarme en libertad.así que el asunto fue atribuido al esposo de la difunta que era medio loco, y que ayudaba en las misas de la iglesia a recoger la limosna que entregaban los buenos feligreses, este fue puesto en prisión hasta el día fatídico en que lo encontraron muerto, colgando de sus barrotes.

Tiempo después pude tener en mis manos el informe de la policía, donde extrañamente no se mencionaba aquellos agujeros en las sienes de la difunta, que yo había visto, pero algo todavía mucho mas extraño, fue no haber informado sobre unas extrañas huellas sobre el cuerpo, entre las humanas, con forma circular, desde esa noche aparecieron varios cadáveres con las mismas características, por lo cual ya no me atrevía a salir de la casa en horas de la noche, hasta el día de hoy, en el que estoy dispuesto a enfrentarme a lo que este en el bosque, porque a noche hubo otro muerto, mi amigo de la infancia, y ante su cuerpo juré vengar su maldita muerte, hace algunas noches encontraron otro muerto su cuerpo estaba ensartado en la rama de un árbol, a sus pies sus sesos adornaban las hojas y las flores, tenía una pegajosa secreción en su espalda, como si algo lo hubiese aferrado fuertemente, transcurrieron los días y en el bosque poco a poco el canto y gruñido de los animales fue desapareciendo, luego entre la espesa neblina de la noche, los aldeanos del pueblo sufrieron la misma suerte, ahora, en este momento, solo se escuchan gritos horrendos aya afuera, de los que aun quedan con vida, por eso tengo la escopeta del abuelo en mis manos, falta media hora para las ocho, la noche esta clara y reluciente de estrellas, los perros ladran, y el viento no cesa, solo espero que lo que este aya afuera tenga un alma que dios pueda perdonar.

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