De la crianza y otros tecnicismos (Parte II)

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Por Zyanya Mariana

El sistema patriarcal, instaurado hace 2500 años, reforzado por la tradición judeocristiana y difundido por la modernidad, ha sido particularmente hábil para sofocar las pequeñas pero constantes rebeliones de las mujeres a lo largo de los siglos. Pensemos en la rebelión más persistente en el imaginario colectivo, difundida en toda la iconografía occidental, tanto religiosa como pagana, y hoy, cinematográfica: La bruja sexual y la joven virgen.

Entretejidas con las herejías de la época posteriores a las cruzadas, las mujeres libres se multiplicaron como peste. Habían aprendido a sobrevivir sin amo, sin esposo y muchas veces sin cura; solas se erigieron fuertes. Para erradicarlas la Iglesia, en el siglo XIII, recurrió a dos arquetipos, más antiguos que ella, la virgen y la hechicera

Si bien los archivos inquisitoriales delatan una preocupación cada vez mayor por la vida secreta de las mujeres, -castas o sexuales; silenciosas o habladoras; carnales o espirituales, alimentadoras del bien o del mal-, no es sino hasta el cuatrocento cuando el bien se pintó de jovencita, cuasi púber, coronada con un cuerpo etéreo.

Basta observar las representaciones angélicas, los rostros de las madonas, ya sea “la virgen” de Perugino o “la Virgen y santos” de Bellini-, para sentirse autodevaluada y después, en un regreso a la racionalidad, indignarse ante la encantadora delicadeza de “la inmaculada concepción” de Murillo. Todas, una afrenta a las mujeres paridas. En cambio, la femina habladora (charlatana) y huraña (de mal carácter o “mal cogida”), sitiada por escobas y guisos, es la manifestación del mal que, de vez en vez, se transforma en hembra voluptuosa, independiente y carnal. Es la bruja de Hansel y Gretel y la bella madrastra de los cuentos infantiles; es también Aleonor, tentación de Reyes y Obispos, y son las mujeres de Klimt que, entre dorados, perturbaban las exquisitas sensibilidades vienesas. Freud las calificaría, científicamente, como mujeres neuróticas debido a una libido desbordante.

Pero regresemos a la bruja popular, esa mujer parida, de rostro viejo y narizón (la nariz sigue creciendo a lo largo de los años) rodeada por los instrumentos del ama de casa: la escoba para limpiar; el caldero para cocinar; las hierbas para curar, el hilo (o uso) para tejer. No sólo ha sido condenada por bruja o por sexual sino por su capacidad de conjurar y cantar, de utilizar lo que los dioses, en la tradición védica concedieron sólo a los artistas y poetas: la métrica para ahuyentar a la muerte. ¡Literatura absoluta!, exigirá Mallarmé. Métrica divina que sólo ha cantado las hazañas guerreras o amorosas de los hombres; nunca la encerrada vida de las mujeres. ¿Acaso la crianza no es una forma de épica?

Pero no sólo la escritura y el habla le han sido negadas a las mujeres, – recuérdese que la mujer ideal, reforzada por Walt Disney, es la bella durmiente: niña de apenas 16 años, que yace silenciosa porque está como muerta-, también se le ha vedado la posibilidad espiritual. La manzana nos condena aunque ese fruto no exista en el génesis bíblico. Por supuesto que ese detalle no le importó a los abates, ni a los iniciados, quienes afirmaban que comer de la manzana implicaba la involución del espíritu. ¿Qué culpa tiene Eva de que la manzana, al cortarla, forme con los alvéolos que encierran las pepitas, una estrella de cinco puntas; un pentagrammón símbolo del hombre-espíritu? ¿Qué culpa tienen las hijas de Eva, nacidas en climas fríos donde se cultiva la manzana, -quienes seguramente por tradición oral conocían las propiedades alimenticias y curativas del fruto para sus crías-, de que los sabios, enclaustrados en torres altísimas para promover su sapiencia, especularan que comer del manzano, significara “abusar de la inteligencia para conocer el mal, de la sensibilidad para desearlo y de la libertad para perpetrarlo.”?

O quizás se les condenó justamente porque sabían que después del acto sexual viene la metamorfosis y el alumbramiento, la crianza y la alimentación física, psíquica y social. ¿No será la condena fruto del miedo a esa mágica maternidad? Miedo, que las mujeres hemos asumido como propio.

(segundo de 3 partes)
Zyanya Mariana
mitosymas@laneta.apc.org

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Ricardo Mora dice:

    Voy aplantar qué pasa con aquellos padres-madres en el otro lado de la historia

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