En el patio con tu abuela

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Por Octavio Enríquez

Era Francisco Umbral, el famosísimo Paco, el que escribió hasta su muerte una columna musicalmente admirable en El Mundo de España. Ganador del Premio Cervantes, ese caballero tenía unas patillas a los Elvis Presley, pero de color blancas, sí, fue él quien me hizo entender lo que un hijo significa con aquel doloroso libro. Aquel en que narra lo de su hijo muerto.

El pequeño que corre en el jardín, el espejo de la infancia del padre, el bebé corriendo por el papa en el patio, apurando el paso a nombre de nosotros también, porque toda paternidad es el resumen de la mejor condición del ser humano.

Imitarnos en lo bueno cuando éramos niños y pobres y felices bajo el cielo infinitamente azul. ¿Qué hay de mí en ti, hija? ¿Qué hay de vos en mí? ¿Qué hay de ti en tu madre que te sonríe con ternura? ¿Qué hay de ti en nosotros?

Hija, miro el cielo pintado de nubes en pleno verano y me maravillo de lo inmenso que es, de como allí pueden volar los guardabarrancos que llegan en la mañana a acariciarnos la vista en el patio cerca de la Mulán que, muy chic, tiene cejas anaranjadas naturales y corretea buscando algo de comer, un mango quizás, entre las llantas colocadas por la Brenda, tu tía, para que los zanates lleguen a ducharse.

La Mulán quiere ahora jugar contigo, hija; y vagar después con el Peludo y la Bonnie, los perros de la casa antes que todo esto que vemos ahora se convierta en noche.

Cuando oscurece viene de visita la luna, tu amiga, por la que preguntas todas las mañanas y las tardes y que, mientras duermes, cobija a los pocoyos del camino; a las serpientes arrastrándose en el monte; a las chicharras que nada tienen que ver con la chicharra paralizadora del Chapulín Colorado, que ya conocerás, sí en el Canal donde cada momento pasan el baile que te emociona.

Un día de éstos temprano me levanté y te miré en el patio con la abuela: la colochona, doña Blanca, la dulzura en persona. Eran dos ángeles. La fotografía natural era mucho mejor que aquella de Korda que los jóvenes usan ahora sin saber por qué en sus camisetas y que tiene una calidad innegable.

De fondo, entre los árboles de pochote, mango y eucalipto, está la imagen tuya y de tu mita, una luz angelical, las pecas de doña Blanca, la blusa llena de galleta porque acabas, hija, de dejársela pegada después de rozarte con ella y darle un abrazo, un beso.

Los gatos quieren rozándose. Esos animales ronronean y se restregan para dejar allí la huella de su amor. Mi gatita la tuya es enorme.

Ahí están tus ojos brillantes en mi recuerdo. Tus dientes busca pleitos, traviesa. Comegalleta, devoradora de gallopinto y huidiza de la leche, tres tipos hasta ahora rechazados…y tu risa, tu pie sobre la barbilla de uno, confundiendo el mentón con una pelota de futbol.

Cuando te cargué por primera vez recordé aquel verso de niño. Te lo dije, ensombrerado, jeans, camisa celeste. Estábamos en un hospital de Managua. Han pasado ya muchos meses. Te recité A Margarita Debayle, de Darío sí, Darío.

Y cuando lo hacía, parecía que estaba en trance. Ese poema lo memoricé cuando tenía ocho años. Ahora lo que he hecho, perdón poeta, es cambiarle el nombre y ponerle el tuyo. Riman ambos nombres. Tú, ahora, tienes 18 horas exactas cuando te recito el poema, el rostro adusto, rojizo, cabello grande…

Sofía cuéntale a Gloria, tu madre, lo que se sienten nueve meses dentro de la barriga, los movimientos maratónicos dignos de cualquier competición que seguro hubieras coronado. Los periódicos dice la gente traen mentiras más seguido. Para mí depende. No hay verdades absolutas, dicen.

Como la que quiero conocer es tu verdad, haznos el favor de hacernos una crónica de nuestra vida, desde la barriga que te albergó, cuéntanos con gemidos, señalando con el dedo, llamando al que tengas cerca y moviendo la mano tan lentamente que uno se quede embobado filmando la película mental para dejarla grabada como aquellas imágenes de Fellini.

Siempre se mira bien con ojos de niño, mirada de cronista. Los ojos de Oscar Mazerath, con su tambor, que no quiso más crecer porque el mundo le parecía tan repugnante que no valía la pena elevarse más centímetros de la tierra. Tenía razón el chavalo, el nazismo era terrible. Como antídoto ante la monstruosidad, había que mirar las cosas con ojos de niño. El mundo, ya aprenderás, no es tan cuerdo y algo debe hacerse para ser feliz como entregarse a la literatura.

Bajo el árbol de nancite, de donde las hormigas caen y donde metido estas líneas, en aquel frescor de madrugada permanente, me dan ganas de convertir el firmamento en un gran caramelo para dártelo; en una pacha rellena de leche con banano, tu favorita.

No creceremos hija. Ahora estoy seguro. Encendiendo el viejo aparato Sony, colocado en la silla que hace de mesa, seremos felices en vos y tú lo serás con tus hijos hasta que hayamos desaparecido. En ese espejo que nos hace sentirnos vivos.

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Arlen C. dice:

    ¡Ay Octavio! ¡Cómo te llegó la paternidad! Me parece excelente que la expresés en literatura. Quizá algo de lo tuyo, y también de Gloria, se refleja en Sofía, si es así, que sea la sonrisa desnuda o la bondad que los confunde. Y si es el amor a las letras… ayayay, la adicción que le espera. Te quedo bonito el cuento (tengo mis reservas con el “tí” y el “tú”, pero asumo el recurso). ¡Felicidades por el cuento y por la paternidad! Mis felicidades extendidas a Gloria por la pequeña Sofía. Abrazos,

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