De caer…

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Por  Zyanya Mariana. Al mirar la televisión, las obras públicas que transforman las ciudades y la tecnología creeríamos que todo evoluciona hacia una posible perfección. No somos perfectos –o lo somos en la obscuridad-, no evolucionamos como afirma el discurso ilustrado pero ciertamente la normatividad que rige la vida cotidiana está en constante metamorfosis. Las reglas cambian, la moral y las leyes, incluso las religiones no así la condición humana. Lo que asumimos como cambio es sólo una percepción y un lugar desde donde se contempla el mundo y la vida. Solemos olvidar, pues creemos que el mundo nació con la televisión y el cine, que somos una continuidad histórica con 30 000 años de frescura. Somos los mismos hombres de cromañón de antaño, pero con diferente ropa y, de vez en vez, con ideas que creemos originales.

Somos tan soberbios que nuestras ideas nos producen ilusiones. Por ejemplo, nos

enorgullecemos frente a nuestros inventos cuando son sólo prolongaciones de nuestro cuerpo que dejó de evolucionar tiempo ha. ¿Qué es una licuadora sino una prolongación de las manos? Y un coche ¿no es acaso reflejo de nuestros pies? Qué decir de una deslumbrante computadora ¿No es acaso la extensión de nuestra frágil memoria? ¿Y los libros?, me preguntarán. Son mi invento preferido, respondo las más de las veces, el más inútil de todos los inventos, el invento para extender las ideas… y creernos diferentes. Pero somos los mismos de ayer, esos mismos que en cada mitología tribal caen y vuelven a caer. La caída parecería destinal, si acaso existe el destino; resucitar en cambio pertenecería a la voluntad y muchas veces a la inútiles ideas.

Caen las ciudades, caen las presas, las conquistas y los amores; todo cae pero sólo algunas cosas resucitan… A diferencia de nosotros, modernos y posmodernos, quienes creemos, desde Marx, que todo puede cambiar, incluso el paso del tiempo con sólo una cirugía; los griegos y los romanos pensaban que las cosas permanecían como los inmortales. Y efectivamente el paisaje, hasta bien entrado el siglo XVIII, difícilmente cambiaba; las ciudades podían crecer –o disminuir-, pero conservaban un centro inalterable, un calendario predecible, un ritmo sagrado. Por supuesto que lo inalterable estaba siempre en jaque. Lo amenazaban la violencia fuera del ejército, las hordas de bárbaros saqueadores o los deseos pueriles de algunos emperadores, como Nerón, que vieron gozosos desaparecer Roma bajo las llamas.

Empero como un Fénix que resucita de las cenizas, Roma se levantó y anduvo… hasta que llegaron otras hordas, otros tiranos y otras muertes. La ciudad, como tantas otras privilegiadas, -que desgraciadamente, por ahora, no es el caso de la ciudad de México, ni de otras ciudades pobres-, se insertó en la ley del eterno retorno. Cayó y resucitó… De alguna manera Roma se terrenalizó incorporándose a los ciclos agrícolas; testificables con la llegada de los hielos, el deshoje y la sequía. Como todo pacto secreto e increíble, los caprichos de Nerón le enseñaron a los romanos que ninguna ciudad, terca como sus emperadores, perece por siempre. Eso me da un poco de esperanza con la ciudad de México, quizás algún día recuperemos su humanidad, hoy perdida en las obras públicas y la destrucción que los políticos legitiman en nombre de la crisis, el desempleo y el narcotráfico.

En la ciudad de México caemos todos los días, en los baches y la logística; los capitalinos refunfuñan levantando los hombros porque no hay nada que hacer. La ciudad se derrumba frente a nuestros pies, pues para la memoria colectiva, repetida en los libros de texto, la ciudad de México lleva 500 años de catástrofe. En mi opinión personal, llevamos 500 años de poca voluntad y autocompasión. Lo que recordamos, tontamente, como la gran caída y la expulsión del paraíso no es más que un hecho histórico como tantos otros en el planeta. ¿No cayó Sumeria en manos babilónicas, y Babilonia en manos macedonias y así secula seculorum?

Por supuesto que, en nuestra caída, no hubo serpiente, ni Eva ni Adán sino un magnífico estratega, llamado Cortés, que sitió la capital del Imperio mexica. El quería ser un Tlatoani e investirse con penachos de plumas de quetzal traídas de las rutas del cacao y el Soconusco. Lo acompañaban, una mujer de Coatzacoalcoacos, famosa por su inteligencia y don de lenguas; un puñado de españoles que constantemente amenazaban con amotinarse y un ejército de disciplinados Tlaxcaltecas. El sitio fue tan largo, y los mexicas tan orgullosos, que los lagos que organizaban la ciudad, hoy desecados, mezclaron sus aguas con sangre y cadáveres. Cortés que nunca pudo erigirse como Tlatoani murió entre pleitos burócratiles mientras su amada conquista perdía sus Dioses y su nombre. La gran Tenochtitlan desapareció de los mapas y hoy sólo queda, entre montañas, una plancha de asfalto contaminada y sin nombre; la llamamos Distrito Federal. Quizás algún día la ciudad resucite, pero hoy carga el destino de los “mortales” que experimentamos la tragedia de perecer y no volver, de caer para siempre.

Por lo menos eso creemos los materialistas que, como yo, no tienen el cobijo de una religión… pero convengamos, ni siquiera los piadosos se salvan del miedo a la muerte y a la última caída. Akhenatón, el revolucinario monoteísta, temía la obscuridad y el último viaje; los sofistas preferían no hablar del tema y los romanos, para conjurar el olvido, levantaban mausoleos o escribían tratados. Entre ellos, un poeta justamente para ser recordado, conminaba a sus contemporáneos a gozar de los placeres amatorios antes de la última caída, de la última metamorfosis. Mientras llegaba ese día innombrable, Ovidio prometía, al que siguiera sus reglas, el amor. El aprendiz amaría y sería amado por el objeto de su deseo, pues -afirma Ovidio al inicio del Arte de amar-, todas las presas caen.

Ovidio sabía entonces, como yo ahora, que caer forma parte de la condición humana. Se repite desde antes de la memoria. Caemos al amar y al conquistar, caemos al morir y quizás al resucitar. No importa que nos vistamos con túnicas, pieles de leopardo, tizne o jeans nuestro destino, si acaso algo está escrito en los libros de la ley, es caer. Así que antes de la última caída, ahora que es primavera aprovechemos y caigamos quien quita y resucitemos…

 

Zyanya Mariana

Un 3 abril y 2009

 

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