De la inmovilidad y otros movimientos

el

Por Zyanya Mariana.

Todo pasa y todo queda

Pero lo nuestro es pasar

A. Machado

 

 

Suelo machacar la cabeza de mis alumnos, afirmando la miserabilidad de los seres humanos: somos, fuimos y seremos miserables. Añado sonriendo que, ellos, por supuesto, a diferencia de mi, son sólo potencialmente miserables. Todavía son universitarios y ni siquiera han llegado a los 30 años, la década de las tentaciones. Suelen reírse a carcajadas. Añado, levantando los hombros desesperanzadamente, que el mundo, tal como es y ha sido, es de alguna forma perfecto. No le cambiaría nada, concluyo la frase magistralmente, con un gesto de tristeza. Minutos después, caminando sola por los pasillos universitarios, me asalta la misma angustia de cuando leí, por primera vez, que nada conmovía a Buda, ni el amor, ni la violencia, ni siquiera la tristeza del mundo. El rito se repite cada semestre.

Lejos de un Buda iluminado, hace mucho que soy una “amargadita”, – como la mayoría de los que han pasado su vida detrás de las palabras y las ideas-. No creo en los cambios ideales, ni en los cambios radicales de las personas. Dicen que genio y figura hasta la sepultura y sé, por Freud y sus secuaces, que nos aferramos a nuestros vicios y fantasmas como tablas salvavidas. Ahí, en ese rincón poblado de pasados, nos sentimos cómodos, apapachados y nos tienta la inmovilidad que testifica el pasar y quedar de la experiencia. No creo, y sin embargo apoyo todas las luchas juveniles (empezando por las de mi hija que está en plena Che manía”), todos las fisuras del absoluto, todo movimiento inmediato; y dudo, con la misma vehemencia, en los cambios a largo plazo. Cioran tenía razón: siempre hay que estar de lado de los oprimidos pero nunca olvidar que están hechos del mismo barro que los opresores, del mismo barro que yo.

Hace mucho que no soy capaz de ver el blanco y negro de las cosas sino una serie de grises con precio, hace mucho que estoy obsesionada con las estructuras invisibles, antiguas como nuestros sueños, que no nos dejan ser coherentes, ni felices.

Pienso en un amigo Nigeriano que cree que la ciudad de Onitsha, Nigeria, es la más fea del mundo, un poco como yo, cuando afirmo lo mismo de la ciudad de México. De repente me doy cuenta que anhelamos justamente lo que nos ha llevado a la pobreza, el buen vivir de las metrópolis, su riqueza construida sobre nuestra pobreza. Vivimos en un mismo barco, aunque en la proa estén los acaudalados y en la popa, apretujados, los desheredados

¿Qué quisiéramos? ¿Vivir en Venecia cimentada sobre el Mediterráneo y la ruta de la seda, o en una Florencia, sustentada en la riqueza comercial de los Medici? Quizás anhelamos las columnas de oro y lapislázuli que decoran San Petesburgo, la ciudad fundada para que Pedro, el ruso, compitiera con Europa. O en Paris rodeada de inmigrantes marginados ¿Acaso esas ciudades no son el reflejo del poder y la riqueza? Pedimos que todos tengan casas, servicios y baños a la usanza moderna, computadoras e incluso estudios universitarios, sin percatarnos que ello implica alimentar las estructuras invisibles y del mercado que nos hacen pobres.

En el caso de la historia de México, la universidad, sin escatimar sus bondades que son muchas, también ha servido como herramienta europeizante y homogeneizadora de los pueblos indígenas. En los años 60 y 70’s, las elites indígenas que accedían al estudio terminaban “blanqueándose”. Cooptadas, alienadas se mestizaban hasta olvidar su origen. La mieles del estudio tienen un precio; para muchos su identidad: pensemos en una mujer indígena que estudia, difícilmente podrá regresar a su comunidad a casarse; el estudió la obligará a buscar una pareja universitaria. Un hombre que no le exija tortear el maíz diario para hacer tortillas calientitas, que no le exija tejer huipiles coloridos y le permita ejercer su profesión. Empero, cuando sea médica, historiadora, ingeniera y madre no podrá transmitir los secretos de la tierra y del hilo, ni la sabiduría del telar y la cosecha.

Solemos deslumbrarnos por lo visible aunque en el fondo sepamos que esos brillos están sostenidos por ignominias. Todo tiene un precio y en general lo oculto sostiene lo visible. Por ejemplo cuando, afortunados, viajamos, testificamos añorantes la riqueza y el poder de antaño. ¿Qué son las ruinas de Tenochtitlan y Palenque? Viejos Imperios tributarios. Y las grandiosas esculturas y bustos provenientes del Reino de Benin, ¿Acaso no se esculpieron con el oro que traían la pimienta, el marfil y los esclavos? Qué decir de las murallas de adobe, surgidas del desierto, que rodean la mítica ciudad de Djenné. ¿No fue la sal traída por los Tuaregs y sus camellos los que ensancharon los muros? Y estos hombres-camello, – hoy amenazados por la modernidad- no comparaban en sus cantos el placer de la razzia1 y la guerra con la embriaguez del amor?

Cuentan, historias paralelas a las Mil y una noches, que Hajj de Musa, el primer sultán devoto de Alá, del Imperio Songhay, en su peregrinación de Tombuctú a la Meca pasó por Egipto. Ahí compró tantas cosas, cantantes y bailarinas, que incluso las crónicas señalan que bajó el precio del oro. Desde entonces judíos, cristianos y musulmanes, atraídos por el brillo, consignan en los mapas la ciudad de Tombuctú con la siguiente leyenda; allá en tierras remotas existe una ciudad llena de oro. Efectivamente en el siglo XIV, el eje Tombuctú-Djenné, controlaba el comercio transahariano especializado en oro, sal, pieles de leopardo y esclavos. Esos mismos esclavos que cruzaron el atlántico y, hoy, pelean puestos en la burocracia del Imperio norteamericano.

Imperios ambiguos como sus instituciones. ¿Qué decir de la Inquisición española, si sé que el verso más reproducido de Quevedo, “polvo seré mas polvo enamorado” fue también producto de la censura?¿Qué hacemos con los cuentos infantiles poblados de héroes? No son jóvenes que al vencer al rey se convierten en reyes para ser vencidos ¿acaso no eran ya reyes pero tenían que probarlo? ¿Qué hacemos con los militares enfrentados al narco que terminarán siendo narcos? Ambos huyendo del hambre. ¿Qué decir de la palabra que habita mi boca? “ a veces pozo impuro habitado por el demonio de la lengua… a veces también vivienda sagrada habitada por el ángel de la palabra”. Aún así, tomo partido, y escribo… y es que hay que moverse aunque la vida no tenga mayor sentido. ¿Acaso no todos llevamos en las entrañas lo que más rechazamos?

Existe una relación invisible, entre lo vivo y lo muerto de este mundo, entre la belleza y la fealdad, entre la riqueza y la pobreza, entre las glorias y las vilezas, el amor y la corrupción. El mundo, lejos del maniqueísmo blanco y negro, está lleno de conexiones secretas, de pactos increíbles y no por ello menos ciertos, de ríos profundos que se tocan y florecen como una infinidad de grises salpicados de colores. Todo se vale, pero todo tiene un precio. Los grandes dones están envenenados, afirma la tradición mitológica griega. Y todo cambio prometedor terminará estancándose hasta que llegue la siguiente promesa. Me consuelo repitiendo, mutatis mutandis, lo que alguna vez le escuché decir al escritor Guatemalteco Augusto Monterroso: Hay que apoyar todo cambio, toda metamorfosis, aunque sepamos que todo tiende al mismo lugar.

Zyanya Mariana

Marzo y 2009’

 

1 Pillaje y crueldad en el sitio de una ciudad

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