El problema del mal (primera de dos partes)

el

Por Zyanya Mariana.

Sólo la razón es más triste que el silencio…

Aunque el silencio sea la antesala del Uno, el gran final;

pues en el principio fue la Palabra.

ZM

Está en cartelera una película norteamericana que le dio el oscar a una actriz enigmática, Kate Winslet. La película lleva el simbólico, y aparentemente, sobrio título del lector (The reader: Stephen Daldry, 2008). Basada en la novela, casi autobiográfica, del alemán Bernhard Schlink, la película aborda con suspicacia, y evidente prudencia, un tema espinoso y de alcances sociales y teológicos: ¿Después de los nazis dónde quedó el mal?

Desde mi perspectiva, hija de finales del siglo XX, eso intenta responder la novela de Schlink. Eso en cuanto al escritor, en cuanto al director no está demás señalar que en su anterior película las Horas, reveló en tres tiempos la estructura invisible que oprime a las mujeres; mientras que en El lector expone las aristas de la modernidad, tan orgullosa de su civilización, asentada en la lectura y la cultura ilustrada. En efecto los modernos suelen defender la cultura Ilustrada y la racionalidad como herramientas evolutivas que derivan en la perfección. Un ciudadano medio, minoría en el mundo pero modelo a seguir, defenderá la lectura por encima de la cultura oral y denigrará todas las culturas que no hayan pasado por la Ilustración y la imprenta. Lo increíble, y terrorífico, es que el climax de los valores de la Ilustración y la sobrevalorada razón son justamente los campos de concentración. No me refiero solamente al Holocausto, aunque claro fue este el que reveló que la idea ilustrada podía convertirse en un Frankestein y comerse a su amo.

En general en las platicas de café del ciudadano medio urbano y en el cine hollywoodense, incluso con ironía en las comedias de Woody Allen, se afirma que en el siglo XX sólo hubo una gran tragedia: el Holocausto. Añaden elocuentemente que el mundo en aquel entonces, cuando existía el mal, se dividía entre asesinos enloquecidos y víctimas indefensas; entre ellos, algunos poquísimos seres que ayudaban a las víctimas. En esas platicas, “los malos” asesinaban porque estaban locos y se habían obsesionado con una idea malvada. Por su parte las víctimas si iban dócilmente al matadero, cual niños indefensos, era porque no podían oponerse al poderoso y fuertemente armado enemigo. Todos los demás testigos de la época, permanecieron perplejos, silenciosamente angustiados, sabiendo que sólo la victoria final de los aliados pondría fin al sufrimiento humano.

Si alguien en las platicas, ingenuamente, intenta añadir otra catástrofe, como Hiroshima y Nagasaki, rápidamente se le aleccionará explicándole que el objetivo del bombardeo fue poner en evidencia la superioridad militar norteamericana y no el deseo de eliminar al pueblo japonés. Olvidan los defensores del monopolio de la tragedia que tanto el Holocausto, como los bombardeos a Japón, los campos de concentración en América Latina o las torturas en Abu Ghraib o Guantánamo son prácticas racionales que resuelven objetivos predeterminados de sistemas burocráticos; estados, de derecha o izquierda, sustentados en el monopolio del terror y la ley.

Eso lo vislumbró Kafka, antes de morir en 1924, al narrar la transformación de un hombre en sabandija atormentada. La profecía, de lo que sería, literalmente, el destino de millones de seres humanos, lo otorga la palabra sabandija en alemán (Ungeziefer) utilizada por los nazis para designar a los gaseados. Pero el tono de lo que será el siglo XX, lo describirá Kafka en el juicio que experimenta Joseph K, un ciudadano medio y burocrátil, acusado de culpable. ¿De qué se me acusa? Preguntará Joseph K a lo largo del Proceso sin llegar nunca a una respuesta. ¿Cómo demostrar mi inocencia, si todo se concentra en trámites burocráticos, si soy siempre culpable según la Ley? se preguntará, mutatis muandis, K. Y en efecto la pregunta que se desprende de la Novela el Proceso y luego de la película el Lector es la misma ¿En un sistema burocrático, de disciplina organizativa donde se valora al equipo por encima del individuo dónde queda el mal?

La pregunta es difícil, toca elementos metafísicos que van más allá de la circunstancia histórica y que sin embargo el libro, como la película, intenta responder a lo largo de tres grandes momentos que intitularé como: 1.- El acto; 2.- El silencio y 3.- Las víctimas

 

1.- En el Acto, un joven de 15 es seducido por una mujer de 30 años. Con ella conoce la sexualidad, el amor y el abandono. Lo particular de esa relación, más allá de la seducción explicita de la mujer que suele escandalizar a los espectadores, es que se alimenta a través de la lectura. El joven regresando de la escuela, le lee a su amante, en voz alta, las grandes obras de la literatura occidental basada, dicen los críticos, en la suspicacia. La relación se afianza, como la narrativa occidental con suspicacia, y con cierta violencia que ella ejerce con la palabra y la dureza. Así pasa el verano hasta que ella desaparece.

Este primer momento, como todo acto humano e incluso histórico, puede contarse de manera muy sobria, con un principio y un fin sin entrar en detalles. Los eruditos suelen llamarle Anécdota, los conductores de programas informativos Hechos, lo curioso es que cada acto tiene una infinidad de interpretaciones, de puntos de vista y de consecuencias inusitadas que van tejiendo la cultura, las costumbres, la historia, los registros oficiales e incluso los traumas nacionales y personales. Ahí se inserta el segundo gran momento de la película que he llamado: el silencio.

2.- Ocho años después de aquel verano iniciático, siendo estudiante de leyes, el joven, Michael Berg, descubre, en un juicio inspirado en los interrogatorios de Francfurt de 1963 a 65, que la mujer a la que le deleitaba escuchar lo más refinado de la literatura occidental era analfabeta y guardia meticulosa del sistema nazi. Los juicios desatan pasiones entre los jóvenes universitarios: “es excitante testificar la justicia”; “por que no se suicidaron todos, nuestros padres todos”. Michael Berg, el protagonista, calla y a veces llora. ¿Qué ha sucedido? ¿Qué ha puesto de manifiesto el juicio a varias mujeres que trabajaban como guardias del sistema Nazi? Quizás la frase enunciada por el profesor de leyes en la película sintetice parte del problema: “No estamos hablando de justicia estamos hablando de ley, y la ley determina la moral”.

La afirmación no es nueva. Aparece en el Islam donde la ley se despliega en tres niveles: Credo, culto y transacciones humanas, -porque lo jurídico está ligado a lo ético y lo ético a lo metafísico-, dice el Corán; en el cristianismo donde el Dogma, determinante de la moral, es incuestionable y, en el judaísmo, donde la Torá, la ley, se impone al individuo. Me dirán, con razón, que eso no resuelve el problema del mal, sólo separa las cosas pertenecientes a la ley de las cosas pertenecientes al mal. Más aún, me dirán que las preguntas son más viejas que los cultos monoteístas; y tendrán razón, pero hoy la ley justifica la máquina de muerte, justifica un sistema productivo que desde Zola se percibe como fábricas come hombres con chimeneas humeantes (Germinal).

Influidos por Asia, la cultura hegemónica ha aceptado, en los últimos tiempos, una vieja idea, anterior a sus monoteísmos: el mal, como el bien, nos conforman; somos el dios Jano con dos rostros. Por supuesto que esta nueva-vieja idea no resuelve el problema del mal pero sí nos presenta un dilema agudizado con los campos de exterminio y las técnicas de control. ¡Las leyes, como las palabras, legitiman el horror! Por lo menos eso afirma Elizabeth Costello, alter ego del novelista sudafricano, J.M. Coetzee, en su conferencia “los derechos de los animales”, cuando compara las granjas industriales y los mataderos, con los campos de exterminio nazi. A pesar de su polémica afirmación, Coetzee habla desde la experiencia, el es hijo de la ingeniería social más exitosa del siglo XX: el Apartheid. Frente al horror, expulsados incluso por las palabras, sólo nos queda enmudecer, afirma la Costello al final de la novela que lleva su nombre.

Ya antes Foucault había afirmado que la violencia, sistémica y racional del mundo moderno, –donde los animales se encierran en zoológicos, los niños en orfanatorios, los presos en cárceles, los locos en manicomios, los enfermos en hospitales, los viejos en asilos y los moribundos en la soledad–, era mucho más fanática y cruel que el escarnio público y sangriento del pasado. Estamos condenados, sistemáticamente al silencio; fragmentados, pero su exceso no radica en estos dos elementos, sino en la búsqueda de la eficiencia productiva y, en la comercialización de todo lo que nos rodea, incluso los seres vivos. Ese es el principio de la pornografía infantil: los seres humanos, las mujeres, los niños somos objetos comercializables. Nos pueden buscar, cazar, encerrar y luego vender, amaestrar y finalmente silenciarnos. Ese también es el principio de los espacios para curar la homosexualidad, la tristeza o la rebeldía: regresarnos a la normalidad, a la norma, al silencio.

 

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