El problema del mal (segunda de dos partes)

el

Por Zyanya Mariana.

Y Polo: El infierno de los vivos no es algo por venir; hay uno, el que ya existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es arriesgada y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio.

Italo Calvino, las ciudades invisibles

A mi amigo Carlos G. Gómez C., por ser mi amigo

 

 

Se le declara culpable”, estas cuatro palabras dentro de un orden institucional quebrado, es más que una simple sentencia. Es la delimitación del mal dentro de un juego ambiguo de proyecciones, generalmente avalado por la duración histórica, pero fisurado a partir de crisis abruptas como las guerras, el hambre o los cataclismos. Lo sabía Joseph K, Gregorio Samsa y Hannah Schmidt… En estos casos, de crisis, la sentencia proyecta en el enjuiciado una nueva realidad exterior, lo exilia omitiendo la posibilidad de que el hombre, o la mujer, actuaran en relación a ciertas realidades externas previamente interiorizadas. Valdría la pena recordar el proverbio, a la usanza del Tao, que afirma que afuera se proyecta lo que hay dentro pero adentro se encuentra lo que hay afuera. Y es que en general, a partir de este juego de proyecciones, de espejos que multiplican la complejidad (y quizás por eso los odiaba Borges), las sociedades delimitan en el imaginario y en la vida cotidiana el mal; curiosamente nunca el bien.

Durante siglos, el poder de las religiones, de las identidades y hoy de los estados, se ha sustentado justamente en esta delimitación del mal: ellos los de allá, los que no son nosotros son malos. Es más cómodo construir un consenso sobre lo que es el mal, que alrededor de lo que es el bien, colectiva e individualmente. Y nosotros, generalmente hijos de la circunstancia, nos adaptamos a él… a menos que pizcas de rebelión se manifiesten como caóticos monólogos interiores, parecidos al de Molly Bloom, donde recuperamos lo humano y lo infinito…

El juicio a Hannah Schmidt dentro de la película de The Reader obedece justamente a esta lógica de fisuras sistémicas. En un principio ella se revela: “Qué hubiera hecho usted?- le inquiere al juez, ¿usted no hubiera trabajado para Siemmens?” No entiende de qué se le acusa, -¿de buscar trabajo? Su reiterada pregunta ¿por qué soy culpable? Nos recuerda el viacrucis de Joseph K en el Proceso y nos lleva al obligado cuestionamiento ¿por qué si he sido obediente la autoridad me exilia? Llámese padre, jefe, Estado, Dios o Ley, la autoridad tiene el poder de inmovilizarnos patas arriba o envejecernos sentados esperando ser aceptados. Somos ciudadanos culpables, intercambiables, homogéneos y después de la sentencia condenados; sólo nos queda, para recuperar pedazos de humanidad, las pequeñas rebeliones: para Kafka escribir en la noche, para Hannah deleitarse con la lectura: “creíamos que era una guardia diferente más sensible… tenía a sus preferidas que le leían en voz alta”, testificará la sobreviviente. Pero la obediencia va más allá de la rebelión, Kafka se deja morir alimentando la tuberculosis y Hannah, angustiada, insiste: “No podíamos dejarlas salir, hubieran escapado. Hubiera sido un caos y esas no eran las ordenes”

Las ordenes como imperativo no es nuevo, han existido siempre, pero una autoridad laica omnipresente, interiorizada, si es parte de la modernidad. Kafka sospechaba de ella, la designaba como “la misteriosa misericordia” y las infranqueables “puertas de la ley”, pero sus temores no disminuían la sensación de impotencia e inmovilidad. ¿Por qué algo dentro de mi interior se somete a la autoridad? Un siglo antes, Max Weber había explicado que, en un sistema burocrático, el honor del funcionario residía en ejecutar a consciencia las ordenes de las autoridades como si estas coincidieran con las convicciones propias; incluso si las ordenes podían parecer equivocadas. Quizás en un momento de autonomía las guardianas de la película, frente al fuego que amenazaba a las prisioneras, pudieron pensar en abrir la puerta, salvarlas (darles la opción de huir) y cuestionar las ordenes como equivocadas. Pero, cómo manchar el único honor que posee el subalterno: la obediencia.

De hecho fue justamente esa obediencia ciega la que permitió el éxito de la industrialización alemana y posteriormente del sistema burocrático nazi; transformando al alemán, común y corriente, en una tuerca eficientísima del sistema. Bauman, en su texto, Modernidad y holocausto, afirma que los miembros del Einsatzgruppen, y de otras unidades, al elegir a sus miembros “tenían especial cuidado en descartar, excluir o dispensar a las personas particularmente perspicaces, con una gran carga emocional o con excesivo entusiasmo ideológico”. Añade que se desaprobaban las iniciativas individuales y que se dedicaba mucho esfuerzo en mantener el conjunto de la tarea dentro de un marco estrictamente impersonal de tipo empresarial.1 ¿No es exactamente lo mismo que sugieren los especialistas para el desarrollo y buen funcionamiento de las empresas actuales?

En efecto, el esfuerzo por mantener la cohesión del grupo no ha sido un principio exclusivamente Nazi. La famosa disciplina organizativa es un valor de la división del trabajo y del sistema de producción moderno; sin él no podemos entender la taylorización impuesta a los obreros en las fábricas de automóviles y tantas otras producciones en línea que rodean las comodidades y sorpresas tecnológicas del siglo XX y XXI. La idea no pertenece a los Nazis, ni siquiera a Milton Friedman y sus seguidores neoliberales, sino a la forma de concebir la ética en el mundo comercial de hoy. De hecho las agrupaciones, incluso aquellas dedicadas a la solidaridad, son producto de esta idea de disciplina organizativa.

La organización nazi era diferente a todas las organizaciones porque los nazis eran malos”, solemos escuchar. Ahí, la delimitación del mal es clara y popular, más complejo aceptar que el milagro industrial alemán fue envidiado y copiado por todos. No sólo los soviéticos al avanzar rumbo a Berlín, desmantelaron fábricas y cerebros para llevarlos a Moscú, también los norteamericanos hicieron lo propio. Se puede incluso añadir que el desembarco en Normandía no fue pensado para salvar a nadie sino para detener la exitosa modernidad que representaban los alemanes en los años 40. Más aún, entre los increíbles pactos secretos que me obsesionan, se revela un algo terrible y maravilloso al analizar la migración judía alemana a los Estados Unidos. Por un lado fue justamente esa migración judía la que insertó a los Estados Unidos en la cabeza de la modernidad, estructurando en agrupaciones científicas, políticas, sociales y culturales toda su vida económica: Einstein en la ciencia, Rubistein en la música, Kissinger en la política exterior, Arendt y otros en las universidades, Bellow, Mailer y muchísismos más en las letras; por supuesto que esta pequeña enumeración olvida a muchos, pero revela la modernidad norteamericana en manos alemanas y explica la aterrorizadora frase de la sobreviviente: “los judíos tenemos organizaciones para todo”. Y sí, incluso las víctimas de los campos de exterminio fueron hijos de esa modernidad llevada al delirio en la Alemania de los años 40.

Y en efecto la eficiencia administrativa de los judíos, dentro de los ghettos, reflejaba el sistema alemán, favoreciendo el éxito de la deportación. Bauman afirma, cito textual, que “gran parte del proceso dependía de la participación judía, tanto los actos individuales como de la actividad organizada de los consejos… , los supervisores alemanes se dirigían a los consejos para recabar información, dinero, mano de obra o agentes del orden y los consejos se los proporcionaban todos los días de la semana”.

Los imitaba, dice el simio de Kafka, Pedro el rojo, porque buscaba una salida. Nadie me prometía que, de llegar a ser lo que ellos eran (hombres) las rejas me serían levantadas”. Y sin embargo, bajo esa promesa inexistente actuaron los ghettos judíos en la Europa Nazi, convirtiéndose, como Pedro el rojo, es extensiones de la máquina de muerte. ¿Cómo sobrevivieron? pregunta el juez a las dos sobrevivientes que testifican en contra de Hannah Schmidt, la respuesta es un silencio. No sólo Kafka es hijo de la modernidad que fragmenta también lo es el Holocausto. Antes Hannah Arendt, había sugerido la deshumanización de las víctimas en un sistema deshumanizado, pero fue abucheada. En aquel entonces, la herida abierta, no podía ver que, como el rey midas, todo lo que tocaba la burocracia organizada alemana se convertía en parte de la misma.

Lo mismo pasó cuando expuso que el calificativo de verdugo o héroe es una cuestión de ley. En su libro, Eichman en Jerusalem2, concluye que el mal es sistémico y por ende banal. Y de alguna manera tiene razón, hoy, es lo mismo transportar jabones que seres humanos. De hecho hemos perdido tanto valor, tanta sacralidad, que en un afán culpígeno, (la cursiva es mía), los estados han inventado incluso los Derechos humanos. Si valiéramos no tendríamos necesidad de hacerlos valer.

En todo caso, lo notable durante el juicio de Eichman, es su insistencia en afirmar que no sólo obedecía ordenes sino que acataba la ley, a lo cual yo añadiría que, en tanto funcionario, resolvía problemas de forma racional. La misma lógica tendrán las torturas en la prisión de Abu Ghraib. Los acusados, personal de la brigada 372 de la policía militar de los Estados Unidos, en Irak, se defenderán diciendo: seguíamos ordenes”. Si sus juicios no llegaron a tener el alcance del de Eichman y fueron resueltos, y olvidados rápidamente, fue porque los torturados eran los vencidos y los torturadores los vencedores.

Pero regresemos a Hannah Schmidt y su estupor paralelo al de las brujas de la Edad Media. Ellas, las brujas, antes de ser quemadas en la plaza pública debían admitir su pacto con el demonio. ¿Cómo, no se da cuenta que usted es una pecadora? extrañados preguntaban los inquisidores. No, no se da cuenta de su pecado, ella dice su verdad y se mantiene firme como un Prometeo o un héroe troyano, mientras sus compañeras de trabajo menos románticas (no se deleitaban con novelas), también acusadas de colaborar con el régimen nazi, la denuncian como autor intelectual de los hechos: “Fue ella quien escribió la orden” repiten, una tras otra, señalando al chivo expiatorio que las redima.

Schmidt, la analfabeta, incapaz de escribir una letra pasa el resto de su vida acusada de escribir directrices de exterminio: “Soy culpable, afirma”. Prefiere aceptar el cargo de colaboracionista del régimen a aceptar la vergüenza ilustrada del que no sabe leer y escribir. Es comprensible, ella es producto del milagro industrial alemán; hija de la nación de Bismarck que quería ilustrarse como los franceses, industrializarse como los ingleses y ensancharse como los imperios. ¿Cómo aceptar, bajo esas normas, que era una iletrada, una mme Bovary embelesada por las novelas románticas?

Así, un siglo después la mme Bovary alemana, la culpable, no por burguesa sino por iletrada, se suicida. Sin embargo a diferencia de la francesa, su suicidio no es vía el arsénico sino el ponzoñoso silencio que la convierte en escarnio social, en el cuerpo donde una sociedad entera deposita el mal. Un poco a la usanza del síntoma en psicología, donde la problemática familiar se revela en un sólo elemento del grupo al que se le desbordan las patologías familiares.

Dos maravillosas películas antes han planteado el problema del mal y el chivo expiatorio. Dogville, de Lars Vonn Tiers, donde una de las tantas respuestas podría ser, el mal es no poner limites desde el principio o el mal es una bola de nieve que va creciendo entre las relaciones cuando estas no tienen limites. Y la maravillosa y visualmente espléndida película de Park Chan Wok, Señora Venganza. Ahí el mal somos todos, todos cargamos la culpa, todos somos verdugos y victimas. Todos aunque los chivos expiatorios estén muy bien definidos por la ley.

Zyanya Mariana

 

1 Bauman, Zygmunt, Modernidad y holocausto, Sequitur, Madrid 2006

 

2 Arendt, Hannah, Eichman en Jerusalem, la banalidad del mal

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