"Fue sueño ayer"

el

Por Cristina Castillo

In memoriam

Los días se agolpan en un mes de mayo a punto de agotarse, como se agolpan las tareas pendientes, esas que llevan siempre fecha de caducidad. No hay más remedio: fijo la mirada en el día treintaiuno, pongo el pie en el acelerador y agarro el volante de la semana que me queda para aguantar las tres reuniones de lunes, martes y miércoles, la elaboración del nuevo plan de estudios, la preparación de las clases y el remate del artículo que me pidieron para ayer. La velocidad me acompaña y me sumo al vértigo de este mundo moderno que nos ha convertido en trabajadores obsesivos, compulsivos, neuróticos, paranoicos, histéricos, egoístas y solitarios. Un número que cuadrar en las estadísticas de las instituciones que nos gobiernan. Una cifra imposible en nuestras vidas.

No hay tiempo para más. Saludo a quienes me cruzo desde la ventanilla de mi veloz bólido, con la mano alzada, apenas perceptible. Es tan solo un guiño, un “pronto quedaremos”, un “tenemos que tomarnos una cerveza”, que siempre queda en promesa de futuros e improbables encuentros.

El tiempo apremia. No hay segundos ni para plantearme si merece la pena, si el convertirme en acumuladora de tareas finalizadas me hará mejor persona; si realmente es inversión o mera inercia.

Entonces suena la melodía de mi teléfono último modelo, provisto de cámara de fotos, bluetooth y un sinnúmero de prestaciones que nunca utilizaré. Apenas hay cobertura. Una débil y quebrada voz me anuncia una mala noticia: “Cristina, nuestra amiga Helen… ha muerto”.

El bólido frena en seco. Mayo ya no existe, ni sus reuniones, ni clases, ni artículos. Dentro solo hay dolor y silencio. Fuera sólo se escucha un “No puede ser”. Las explicaciones se mezclan con los recuerdos y éstos con mil sensaciones: el rescate del último abrazo, sus 29 años borrados por un infarto, continuos “¿Por qué?”, el sufrimiento de su familia.

Para nosotros el reloj sigue funcionando. El calendario sigue descontando días, pero ya sólo cabe una imagen: la sencillez y dulzura de aquella mexicana sonriente, laboriosa y divertida a quien conocí hace unos años en Alcalá. Ya sólo cabe un pensamiento: la soledad y el desgarro de su inseparable esposo.

Cuatrocientos abrazos, luego cien, después otros cuatrocientos, luego cien más… te sostendrán, Santiago, desde todas las partes del mundo en las que habéis ido dejando amigos.

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