Inventos a destiempo

el

Por Amalia Morales
Al fin. El invento doméstico más revolucionario del siglo 20 entró a
mi casa. Ese que le dejó tiempo a las amas de casas gringas para que
se pintaran las uñas mientras seguían por la radio cual si fuera un
radio drama, los episodios más crueles de la segunda guerra mundial.
Ese mismo aparato, entró hace poco al lugar donde vivo en Managua.
Llevaba días, semanas, meses tal vez, diciéndole a ella, a mi mama
(así sin acento), la mujer que los fines de semana se pega a lavar,
como si fuera un hobby, y restriega la ropa sucia del hijo (porque no
es de hombres lavar) y la hija menor, y la de ella, y la del resto si
se lo permiten, que con el financiamiento de todos, compráramos una
lavadora para ahorrarse la descoyuntada. Con sueldos de maestros y
cuatro hijos, nunca antes hubo en la casa dinero para aspirar a ese
electrodoméstico. Ahora que los hijos trabajan se echó la vaca y se
invirtió pues en el cajón blanco y metálico, sin gracia, que en una
hora promete depurar los trapos. Lo veo, y pienso que tal vez por su
forma tan elemental y simple su llegada a mi casa no causó el revuelo
que provocó en el hijo de una maestro rural de Tonalá, la llegada de
uno de los primeros televisores a ese caserío, que ahora es municipio.
Hasta los siete años tal vez, el chavalo nunca había visto una caja
con una pantalla dentro de la cual hubiera gente -que nadie conocía en
el pueblo- hablando, cantando. ¿Cómo hacían para estar todos ahí
encerrados? El y otros chavalos no se aguantaron, se levantaron y se
asomaron a ver dónde estaba la gente que sólo se miraba en blanco y
negro. Con disimulo hurgaron con la vista el cajón por detrás, en el
que no había más que tubos y botones. Les sorprendió comprobar que
había nadie gente encerrada. Con los días, o con los años cuando se
enviciaron con ella, entendieron que ese era el milagro de la
televisión y que frente, a la caja idiota como le dicen algunos, sólo
había que sentarse y mirar. Más nada.
Ahora, dada su apariencia, no importa mucho descubrir cómo es que este
cajón blanco en una hora va a enjabonar, moler, restregar, enjuagar y
secar la ropa que mi mama se lleva el día en lavar y el sol en secar.
Basta con dejar caer el motete de ropa, echar detergente y apretar el
botón. Como la he visto poco convencida de usarla, y hasta ha
advertido que la usará en ocasiones, para ciertas ropas nada más,
porque desconfía de la calidad del lavado de la máquina, me atrevo a
preguntarle de todas formas qué piensa hacer ahora que le va a sobrar
tiempo. Como si la pregunta le estorbara, me responde a secas que hará
otros oficios. Que en la casa siempre hay cosas qué hacer. Ya veo que
para ella -no sé si es porque llegó a destiempo- aquí no habrá ninguna
revolución.

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Ricardo Mendez dice:

    pero ahora, un punto y más altamente vergonzante no hay managua con agua, entonces donde quedaremos con esos aparatos de la modernidad

  2. Jorge Vega dice:

    Lo mismo le pasa a mi abuelita(75 años), aunque no con una lavadora, pero con los quehaceres de su casa, cada vez que la visito tengo la esperanza de que se va a levantar “tarde” y empezar su día sin tanta “prisa” ni tantas cosas por hacer, mi abuela limpia su casa todos los días, a pesar de que sólo ella y sus dos hijos viven con ella, sinceramente su casa no se ensucia, pero eso nunca se lo podré decir, ni quiera Dios!

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