¡Viajeros, al tren!

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Por Cristina Castillo Martínez

Llevaba meses sin tomar un tren. Allá donde vivo, las vías no tienen continuidad; los trenes llegan y parten en la misma dirección, sin permitirte explorar nuevos trayectos a través de sus ventanillas, sin permitirte escapar hacia lugares que no aparecen en ninguna guía. Pero ayer, después de tanto tiempo, y lejos de mi ciudad, volví a experimentar antiguas sensaciones, porque las estaciones son lugares especiales que atesoran despedidas, inútiles carreras por alcanzar un tren que ya marchó, encontronazos con desconocidos que, tal vez, algún día no lo serán, miradas cómplices, curiosas o desafiantes, indiscretas conversaciones telefónicas, músicas que se hacen grandes al escapar de unos minúsculos auriculares, o grafitis que no dejan muro sin decorar en las inmediaciones de las vías.

Basta con tener los ojos abiertos para ver que los trenes ponen en evidencia las deprimentes estadísticas sobre los hábitos lectores. Y que son el mejor escaparate de algunos cambios sociales como la paulatina expansión de la inmigración desde Madrid a las zonas limítrofes.

Hoy los esqueléticos y ergonómicos asientos me hacen recordar el eskai que recubría los de los primeros trenes que yo tomé y que hacía los veranos más calurosos. Y al perder la mirada a través de los cristales recuerdo la publicidad (que te impedía ver el paisaje), formulada en una suerte de quiasmo: “Los trenes ya no fuman, no fume en los trenes”. Y es que ya no hay humo del que pueda salir una espléndida Marilyn Monroe como sucede en “Con faldas y a lo loco”. Ni que pueda encubrir el intercambio de crímenes de Extraños en un tren. Tal vez porque ya nadie grita emulando a Groucho Marx: “¡Traed madera! ¡Más madera!”.

Nada de aquello queda, pero un nuevo atrezzo da vida a un mismo escenario, en el que encontramos periódicos gratuitos ya leídos, con crucigramas ya completos, con la receta de cocina recortada y la página del horóscopo manoseada; música enlatada por cortesía de la compañía ferroviaria o improvisada por una pareja de rumanos.

Lo que nunca faltarán son sorprendentes conversaciones, como la de dos muchachas de no más de quince años que decían en alta voz:

“-¿Sabes ese papel que te dan al terminar la Universidad y que los dentistas tienen colgados en su consulta?
-Sí.
-Jo, tía, pues cuesta 200 talegos. Mi primo ni siquiera fue a recogerlo. Total, pa qué lo quieres.
-Ya, qué tontería”.

Dicen que hay trenes que solo pasan una vez en la vida. Yo jamás creí en las oportunidades únicas. Para estas muchachas espero que haya muchos y nuevos trenes. Para los 400 elefantes no creo que sea necesario porque hace ya tiempo que van montados en uno, el mejor. Verdad es que le han obligado a parar en una estación no contemplada en su itinerario, pero echaremos más madera para que este tren sigue pitando y anunciando nuevos destinos: ¡Viajeros, al tren! ¡Los 400 elefantes siguen barritando!

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