A Benedetti, con honor…

el

Por Zyanya Mariana

Conocí la poesía de Benedetti siendo todavía niña.

Aún no entraba en la adolescencia cuando mi madre trajo a casa un disco de Nacha Guevara cantando poesía de Mario Benedetti; corría el año de 1978. Desde aquel entonces era capaz de tararear, como si fueran boleros, poemas del uruguayo que no entendía. Más tarde la diva argentina, con nombre revolucionario, llegaría a la ciudad de México en una gira de conciertos “rojillos”. Cantaría, para deleite de la comunidad sudamericana refugiada en México, “poemas de otros” y “canciones de amor y desamor”, de Mario Benedetti. Tenía nueve años, era 1980, y no entendía la diferencia entre argentino, chileno y uruguayo, en cambio sabía que las amistades de mi madre venían del sur huyendo de las dictaduras. El concierto se convirtió en cátedra, la diva se había volcado al público interpretando “el padre nuestro latinoamericano”, y en respuesta el teatro había estallado en aplausos. A la salida me adoctrinarían dulcemente: los militares habían dado golpes de estado, Allende era el primer presidente socialista electo, la CIA había financiado los golpes y la gente huía o desaparecía. Fue mi primera lección socialista sólo superada por el libro rojo de Mao, que otra amiga de mi madre me regalaría ese mismo año.

Mi madre, que no entendía mucho más que yo, estuvo rodeada toda mi infancia de personajes, uno más interesante que otro; ellos y ellas, la mayoría de izquierda, fueron mi primera educación sentimental e ideológica: Ahí por supuesto estaba Benedetti.

En 1992 ingresé a la escuela de escritores, SOGEM, en la ciudad de México. Como yo era una romántica decimonónica trasnochada, –a pesar de la educación izquierdista o quizás justamente por eso–, el corazón se me salía del pecho y las inseguridades también. Pensaba con gozo, al entrar a la vieja casona con salones de colores, que me rodeaban escritores (todavía no cuestionaba el hecho); es decir, seres que si comían lo hacían en grandes banquetes; si bebían era entre amigos discutiendo grandes ideas; que si caminaban lo hacían con rumbo; si corrían era contra el viento en un paisaje bucólico; y si amaban era sólo en grandes pasiones… Pensaba, con angustia, que yo que comía sopa de fideo con crema, me ruborizaba frente al amor y llevaba una vida rutinaria (de la escuela a la casa y de la casa a la escuela) no podía nombrarme escritora. Si a ello le añadía mis temores varios de juventud, de los cuales se imponían dos: el temor a pensar y disentir como sucedía en general y el terror irracional y metafísico a publicar; entonces podía afirmar que no era escritora.

Quizás por ello, escuchaba sorprendida todos los comentarios de los compañeros, que a diferencia de mi, se asumían como escritores. Un día uno de ellos, poeta, se acercó para preguntarme que poeta me gustaba. Abochornada sin saber qué responder dije tímidamente: “Benedetti”. Me miró con ternura, como las madres miran a los niños al decir una ingenuidad y con cierta benevolencia, como el maestro mira a sus alumnos al decir una tontería. Recuerdo, aunque la memoria es engañosa, que me dio una palmadita en los hombros y me explicó, con pelos y señales, porque Benedetti era un poeta menor. Yo escuché con atención y reverencia todo su discurso y no volví a decir, avergonzada, que me gustaba Benedetti. Callé hasta la semana pasada, como un Pedro cualquiera, que en mis noches universitarias descalificaba el amor a partir de los versos de un “no te salves”, “hagamos un trato” o un “todavía”. Que solitaria, soñé infinidad de lunas con “una mano que fuera caricia y un acorde cotidiano” como escribiera el poeta. Dudé en encontrarlo si yo misma, pues el psicoanálisis y el inconsciente estaban de moda, no me convertía en manos “que trabajaban por la justicia”. Por supuesto nunca llegó.

Con los años testifiqué el zapatismo, leí y me regalé, incluso, un año de lectura en la ciudad de San Cristóbal de las Casas. Mis gustos cambiaron y la mirada se profundizó. Hoy peino canas, tengo una hija adoptiva y una pequeñita que amamanté. La izquierda se ha deslavado, las democracias también, me he convertido en una pesimista que no cree en las metamorfosis radicales del ser humano, ni siquiera en las propias. Y sin embargo sigo pensando que el mejor iniciador a la poesía es Mario Benedetti, que no existen poetas menores ni mayores sino momentos y gustos, que todos tenemos un lugar y las jerarquías, incluso las literarias y las artísticas, son sólo reverberaciones de la política y el poder, incluso aquellas que están ligadas con el tiempo. Más aún, sigo pensando y soñando con un compañero de vida que con su mirada mire y siembre futuro y que caminando por la calle, codo a codo, seamos mucho más que dos.

Zyanya Mariana

29 de mayo 2009

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. ARNULFO dice:

    “No existen poetas menores ni mayores sino momentos y gustos, que todos tenemos un lugar y las jerarquías, incluso las literarias y las artísticas, son sólo reverberaciones de la política y el poder, incluso aquellas que están ligadas con el tiempo. Más aún, sigo pensando y soñando con un compañero de vida que con su mirada mire y siembre futuro y que caminando por la calle, codo a codo, seamos mucho más que dos”.

    Eres la misma a la que le tomé las fotos en Granada….
    Siempre retornado y buscando el sueño, el ideal, que me parece ya has encontrado y vives, y has vivido, y vuelves a vivirlo.

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