¿Qué leer?

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Por Cristina Castillo Martínez

No sé si a los médicos se les pregunta cuál es la enfermedad que más les gusta tratar, o si a los fontaneros se les interroga por su preferencia por los atascos o las filtraciones. Lo que sí sé es que a los profesores de literatura nos preguntan continuamente por nuestro libro favorito. ¡Como si pudiéramos seleccionar uno solo! ¡Como si realmente lo tuviéramos claro! Y habrá quien lo tenga, que no digo yo que no; pero a mí estas preguntas me llevan a hacerme otras muchas. Porque lo que se espera de nosotros (nosotros somos los profesores de literatura) o lo que el gremio (ente de desconocida dimensión) espera de cada uno de nosotros, en nuestra individualidad de seres lectores, es que hablemos de las grandes obras literarias, que incluso citemos algún autor, algún título que el común de los mortales desconoce, porque eso nos hará más sabios. El desconocimiento de los demás siempre engrandece el conocimiento de uno. Será que el uno tiene demasiadas carencias y precisa de esos fútiles halagos.

Entonces me debato entre esa absurda disquisición de no defraudar al gremio o no defraudar a mi interlocutor y ser capaz de recomendarle algún título (porque está claro que en su pregunta va implícita la recomendación). Si quisiera evitar el primer supuesto, me resultaría fácil decir que una de mis obras favoritas es “Rayuela” de Cortázar, que nada hay comparable a “Paradiso”, de Lezama Lima, que yo no malgasto el tiempo leyendo obras que no sean como el “Ulises” de Joyce o el “Rodaballo”, de Gunter Grass o que últimamente me decanto por la narrativa de Kenzaburo Oé, pero estaría faltando a la verdad, a mi verdad, pues, aunque me parezcan grandes obras y haya disfrutado y aprendido de ellas, hay tardes que requieren otros planteamientos, otros mundos, otros estilos. Y es que en nosotros hay tantos lectores como lecturas haya. Y eso que yo soy de aquellos seres que disfrutan leyendo estos títulos, amén del “Libro de Apolonio”, del “Quijote” o de la poesía satírica de Quevedo; pero no es menos cierto (y no se me caen los anillos al decirlo) que también disfruto con la trilogía del sueco Stieg Larsson o con “La elegancia del erizo”, de Muriel Barbery, que se ha convertido en un auténtico best-seller en Francia y que lleva el mismo camino en una veintena de países. Si esto lo dijera en una reunión de sesudos filólogos, más de uno pensaría “esta pobre poco sabe de literatura”. Pero yo no quiero ser sesuda, porque eso desentonaría con el color de mis ojos y yo me precio de ser una amante de la estética.

Que no se me malinterprete. Con esto no quiero decir –echando mano de la castiza expresión– que “Ancha es Castilla” o que “Todo el monte es orégano”. No soy de la cuerda del todo vale. Sirva de ejemplo el esfuerzo que hice, llevada por un absurdo prurito de terminar toda obra que comienzo, de llegar a la última página de “El código Da Vinci” del que tanta gente hablaba. Confesar que lo he leído ha sido, en ocasiones, tan comprometido como decir a un grupo de convencidos vegetarianos, expertos nutricionistas, que me he comido una grasienta hamburguesa. Menos mal que no me gustó, porque de haberlo hecho, hubiese sido sufrido un calvario.

Podría decir con Cervantes que “soy aficionad[a] a leer aunque sean los papeles rotos de las calles”; sin embargo, no puedo afirmar (seguro que el autor de “El Quijote” tampoco lo hubiese hecho) que toda la literatura me gusta. Aun así respeto que esa literatura se lea e incluso que guste. Esta semana alguien me hizo pensar en la importancia de los gustos como uno de los pilares de la identidad personal. El hecho de que nos guste una cosa y no otra, no ha de estar en criterios exclusivamente externos, sino en nosotros mismos. En el caso de la literatura, podremos apoyarnos en criterios científicos, pero creo que nunca seremos capaces de desligarnos de aquellas historias o de aquellos personajes que zarandean nuestra sensibilidad, que atañen a nuestra experiencia, porque reproduce ciertos episodios ya vividos o porque plasma nuestros deseos más profundos. No nos engañemos y no olvidemos que una cosa es hablar y otra leer. Y jamás olvidemos que leer es un placer.

Que una obra sea comercial necesariamente no la invalida, ni reduce su interés, siempre y cuando ésta cumpla unos requisitos mínimos de calidad estilística, novedad y entretenimiento, amén de otros parámetros que podríamos añadir. De manera que, en esa disquisición entre la fidelidad al gremio o la lealtad a mi interlocutor, me decanto por esta última. Y si alguien me pregunta qué leer, tan sólo miro el color de sus ojos (y si me deja, hasta me asomo a ellos). Luego, me dejo llevar por la estética.

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5 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Isabel (Renes) dice:

    Un artículo genial, como tú.

  2. Salvador Duarte dice:

    Tu artículo resume a la lectora. Muy bueno, da más.

  3. Norbert dice:

    Te invito a una birra y hablamos…

  4. fernando Augusto Morales dice:

    Dime que lees y te diré quien eres. Felicidades.

  5. GRACIAS POR EXISTIR , VERDADERAMENTE HAY PERSONAS EN EL MUNDO QUE DEBERIAN PERDURAR, SALUDOS

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