Polémica: Los sonetos atribuidos a Borges… La memoria que seremos

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Por Gabriel Jiménez Emán

Las polémicas públicas me interesan en la medida que aportan algo al público, más allá del afán de protagonismo que muchos buscan en las páginas de los diarios. Por eso hace poco redacté unos párrafos a solicitud del editor dominical de El Espectador de Bogotá, con motivo de la reciente discusión acerca de los poemas que Alvarado Tenorio escribió, hace años, imitando el estilo de Jorge Luis Borges publicados en suplementos culturales de varios países con el atractivo título de “Cinco inéditos de Borges”, ingresando así a un juego de apocrifias perfectamente válido en la literatura contemporánea –en cierto modo autorizado por Borges–, pues el gran argentino perpetró varias de esas invenciones en su literatura, creando autores y obras que no existían, pero que él hacía perfectamente verosímiles.

Fui breve en mi comentario, pero ahora, después de leer los tres artículos de Héctor Abad Faciolince “Un poema en el bolsillo” (El Espectador, 27/28/29 de Junio de 2009), me quedo asombrado por la cantidad de inexactitudes y descuidos que contiene.

En las primeras líneas escribe: “Yo no me acuerdo ya en qué momento esta historia empieza para mi. Sé que fue el 25 de agosto de 1987, más o menos a las seis de la tarde, en la calle Angostura de Medellín.” Es decir, no se acuerda de nada y a continuación cita el incidente con toda certeza. Después, dice, “metí la mano en el bolsillo de un muerto”. Hasta donde sé los bolsillos los tienen las camisas, los pantalones, las chaquetas o los bolsos. Tampoco anota esto y estuvo a punto de olvidar que el bolsillo era de su padre muerto. Ni se sabrá nunca si era el bolsillo izquierdo o derecho del bolsillo del pantalón, la camisa o la chaqueta de su padre, dolorosamente muerto sobre un charco de sangre. De repente busca en los bolsillos (ahora hay varios). Eso fue, acota, el 4 de octubre del año 1987.

Luego, escribe, “hay algunas citas dispersas de versos del poema, pero en mi cuaderno no transcribo el poema completo”. Está, según dice, en el mes de octubre del año 87, y después lo publica en noviembre de ese mismo año en el magazín dominical de “El Espectador”. Ahí nos anuncia que el poema es de Borges. Y pasa a preguntarse: “¿De dónde saqué yo que el poema era de Borges? No lo sé bien.” Después sigue un aluvión de imprecisiones: perdió la hoja de puño y letra de su padre, pierde otras pruebas, menos la piedra tallada en la tumba de su padre, de donde también se ha borrado el texto; dice que en ella “apenas si se puede adivinar el poema” (…) “No es de extrañar entonces que haya olvidado casi todo” (…) “Traiciones de la memoria”, reitera Abad. Su desmemoria es casi patológica. Presume que el poema se titula “Epitafio” sólo porque él lo desea así, en homenaje a su padre. “La confusión en mi cabeza”, se repite a si mismo, para más adelante decir que su libro El olvido que seremos “fue bastante leído en Colombia” y un largo etcétera de simplismos y lugares comunes. Por cierto, su libro es una crónica conmovedora, escrita con delicadeza y plena de inflexiones poéticas, pero nunca una novela.

En el artículo “Un poema en el bolsillo” la ambigüedad entre lo que  importa a Abad Faciolince y lo que no, alcanza límites delirantes (“la cosa me extrañaba, poco me importaba”) en cuanto a la existencia física del texto; ambigüedad que transmite fallidamente al lector. Intentó crear, pienso, una suerte de fábula acerca de un poema, pero sin lograrlo en lo absoluto.

Pero todo esto es poco si atendemos a la autoría del mismo. Movido por una duda que de metódica no tiene nada, inicia una pesquisa tratando de probar la autoría de Borges sobre el poema sin ninguna suerte. Primero pone en duda la autoría de los sonetos, que el propio Alvarado Tenorio le había confesado, confirmada luego por mí cuando él me llama desde Alemania hace más de un año para preguntármelo y yo le digo sencillamente la verdad, que él en apariencia no quiere oír. Obsesionado, comienza a llamar a especialistas en Borges en todo el mundo sólo para constatar que todos coinciden en que no se trata de un poema de Borges; se lo confirman entre otros Bea Pina, Sara Rosenberg, Daniel Balderston, Nicolás Helft, Alejandro Vaccaro, Julio Ortega y el propio editor de Abad Faciolince por entonces, William Ospina, que no toma partido por nadie.

De paso, en su crónica. Héctor Abad Faciolince me confunde con otra persona y me pone de esposo de Sara Rosenberg y viviendo en Madrid, donde supuestamente ha ido Alvarado Tenorio a refugiarse después de un delirium tremens. Nada más falso. Ni yo tuve una esposa llamada Sara Rosenberg ni Alvarado Tenorio fue a visitarme nunca allá. Yo vivía en Barcelona en ese entonces con María Elena Maggi y mi hija Claudia y vi a Borges varias veces dictando charlas en la Universidad de Barcelona. Después también lo vi en Córdoba de España y en Venezuela. Y hace poco fui a visitar su tumba en Ginebra. Lo que ocurrió en Nueva York en 1982 lo voy a revelar por primera vez ahora, más allá de lo que ha dicho Alvarado Tenorio. Lo ocurrido fue así.

Veníamos caminando por la 5ª Avenida María Panero, Alvarado Tenorio y yo; regresábamos de almorzar en el restaurante de Rigas Kappatos cerca de Columbia University y de pronto nos topamos con Borges en el cruce de la calle Lexington. Borges venía acompañado de un guía de hotel, un muchacho joven, de Valdivia, llamado Edison Mira Barrera. Recuerdo su nombre porque aún conservo sus señas en una vieja libretica de viajes, donde apunte varios de los incidentes de ese día. Reconocimos al escritor inmediatamente; Alvarado Tenorio se identificó (ya le conocía desde sus tiempos de estudiante) y nos presentó a María Panero y a mí. Nos da la mano a todos. Tan suave es la piel y exquisito el perfume que exuda María Panero, que Borges, como buen ciego que era, tiene todos los demás sentidos ultra desarrollados, y los aprovecha al máximo. Nos dirigimos a sentarnos a las mesas de un café cercano y Borges no soltaba la mano de María Panero en todo el trayecto. Una vez sentados, Borges –visiblemente entusiasmado con María— comenzó a decir varios sonetos de Enrique Banchs, y otros de Susana Soca y nos recitó unos cuantos sonetos suyos a solicitud de María. Después el muchacho que andaba con él le recordó que debían irse al hotel porque Borges tenía una cita de trabajo pendiente y ya estaban sobre la hora. Entonces nos despedimos, nos dio la mano, besó a María Panero y nos quedamos atónitos.

Después nos fuimos al elegante departamento de María, –un inmenso loft situado W 14th St & Hudson en el Distrito de la Carne, heredado de otra exiliada de los tiempos de la última dictadura, decorado con carteles Luminton de filmes argentinos de los años treinta, Libertad Lamarque con Arturo de Córdoba, y otro a color, inmenso, de Hipólito Irigoyen con Sully Moreno– y nos pusimos a celebrar el encuentro con Borges bebiendo y oyendo canciones de jazz y  ópera, la insidiosa obsesión de Alvarado Tenorio en esos tiempos, cuando fungía de soprano coloratura o se despertaba Pavarotti. Después María tocó en el piano varias milongas a las que fuimos poniendo algunas de las letras borgianas que ella entonaba con su acento porteño, arrastrando las eres; yo canté boleros, joropos venezolanos y toqué un cuatro que cargaba conmigo, regalo del poeta Acevedo y Alvarado Tenorio estuvo tan eufórico, como siempre, cuando era capaz de beberse dos o tres botellas de whisky como si fuera leche, o como leche, que eso decía. Besó a María Panero en la boca y empezó a bailar con ella; sin duda eran amantes. Yo sentí que debía dejarlos y me despedí; Alvarado Tenorio le dijo que la vería al otro día y la volvió a besar. Nos despedimos cayendo la noche y nos fuimos al departamento de Alvarado Tenorio – que vivía en esos años en compañía de Argos un precioso cazador de mapaches y de un joven llamado Jotica– a seguir la fiesta hasta quedar extenuados.

Al otro día Alvarado Tenorio se puso a escribir la crónica del encuentro con Borges; creo que ya tenía la idea de escribir los sonetos y se fue a ver a María Panero (mientras yo iba a visitar a mi amiga Matilde Daviú en el barrio de Queens) para urdir todo el asunto, que después vertió y publicó como parte de su artículo, para dotarlo de mayor magia y subjetividad.

Eso fue lo que ocurrió. No me puede fallar la memoria tratándose de un encuentro como éste, que no merece otro calificativo que de inolvidable. Contrario de lo que pudo imaginar o ficcionar ese émulo de Borges que es Alvarado Tenorio, o Héctor Abad Faciolince a través de la hermosa narración sobre su padre, no seremos olvido: seremos memoria, tenemos el derecho y la dicha de recordar y de recordarnos mejores debido al inefable hechizo de la literatura.

Gabriel Jiménez Emán

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