Sui caedere

el

Por Cristina Castillo Martínez

Acabo de matar a un hombre. No sé cómo lo he hecho, ni sé si me ha costado. Lo único cierto es que él, ahora, yace ante mí, sin nombre, sin una historia que contar.

Quizá algún vecino haya escuchado los gritos que yo no escuché y alarmado haya avisado a la policia, que estará al llegar. En unos minutos vendrán a por mí. Me preguntarán por lo sucedido y, sin poder aguantar mi silencio, me esposarán y me conducirán a la comisaría más cercana. Alguien elaborará un informe –lo más detallado posible– sobre la causa de tan atroz homicidio, e intentarán reconstruir mi modus operandi; ese que ni yo mismo consigo recordar, porque mis manos y mi mente están limpias.

Lo sé. Los próximos años (todos mis años) los pasaré en prisión, porque todos los indicios, al igual que todas las miradas, apuntan hacia mí. No habrá rincón del mundo en el que no hallen mis huellas, ni habrá arma, por extraña que sea, que no se amolde a mis manos.

Los insultos se arrojarán sin piedad contra mi nombre y caerán hechos añicos ante mis pies inertes. Seré el homicida a los ojos del mundo, el gran pecador a los ojos del dios. Me exigirán eterno arrepentimiento. Y mi foto, desvanecida en la miseria, será eternamente recordada.

Nada quedará anterior a ese día. Y nadie se apiadará de mí. Nadie comprenderá que el único muerto aquel día fui yo.

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