Film

Por Luis Topogenario. Aún no sé presentarme contra las adversidades. Debo hablar. Sé hablar. Sé que debo hablar. Si puedo hablar, entonces sé que debo hacerlo. Si debo hablar, entonces sé que quiero hacerlo. Estoy obligado. Me permito. Debo iniciarme. Las adversidades me han encontrado, ¿y yo qué he hecho? ¿Qué he hecho? Reptar por las calles. Lancetear con mi rabo y mis cejas las palabras perversas que se me aventaron. Guardando silencio, sí, callando, y demasiado, como si yo tuviese ya derecho a callar. Como si yo fuese ya un ser luminoso por el que todos, tomándose sus turnos, ya han hablado. El derecho a callar hay que ganárselo. Está bien, entraré en detalles, sí. Entraré en los detalles. Recuerdo varias veces haberme encontrado en el semáforo electrónico equivocado y haber detenido al transeúnte correcto sobre la acera ortogonal, y haberle interrogado con estas palabras: Oiga, usted, perfecto imbécil ignorante, ¿por qué me ha estado siguiendo? Y como respuesta se me golpeó con un bate en mis dos cejas. Mi rabo se cortó con un alicate hasta hacérseme sangrar. Otros rabos idénticos han vuelto a salirme en sitios distintos del cuerpo. Abrí mi intento de boca para decir algo y el resultado se catapultó de mi cuerpo con tanta violencia, y a tanta velocidad, que mis palabras parecían haber sido conseguidas a contra natura. Creo que dije Oye, déjame hablar y no me pegues más, no dije Cabrón. Sé que no lo dije, y la ciudad lo sabe. Luego de la golpiza, el transeúnte se ha alejado, y a tanta velocidad, por la misma calle de donde yo había emergido. Los dos estábamos muy alarmados. Yo, por los batazos y la amputación, y ella, por el esfuerzo físico de habérmelos propinado. A mí me dolían mis cejas. Aunque el ambiente de la calle estaba un poco chillante por el sol, y el dibujo de las avenidas a la distancia era borroso, la vi con nitidez cómo blandía su bate en el aire, como practicando que todavía continuaba golpeándome, aunque sus movimientos no generaban sombra. Creo que aún continúa alejándose. Allí fue que pensé: Mis palabras perversas me profanaron, sí, fue así que me salió. Sé que es lo que pensé, estoy seguro, sí, y la ciudad lo sabe, aunque lo nieguen sus habitantes. Mis palabras me avergüenzan. Sí, ¿cuántas veces he llegado a la misma conclusión? ¿Cuántas veces he retirado de mi cabeza este pensamiento para volver a encontrármelo, entre ceja y ceja, como dolor, como sangrado, como jaqueca, úlcera de aspirina, como golpe despertador?, sí, ¿cuántas veces? Me dije Este semáforo electrónico ha sido el equivocado, debo de caminar un poco más en busca de otro. Y a mí me gusta caminar. Me encanta. Todo en derredor me celebra. Si doy un paso, las calles tiemblan emocionadas. Si resto un paso de mis zapatos, si debito una hazaña de mis haberes, los ojos del pueblo se azoran, se paralizan y se calcifican de conturbación e incertidumbre. Yo soy la respuesta a toda incertidumbre. A todo ojo vigilador. Si mi paso cae sobre la huella de otro, este otro se desintegra. Por eso, todos aquellos que sientan que me les estoy acercando, deben alarmarse. Si salto, las calles no aplauden. Si saltare hacia donde se han lanzado todos los otros anteriores, caería en el abismo que sus propios saltos me tienen preparado. Si me rindo de rodillas sobre la hierba, o si mis pezuñas pisotean la grama, cauterizándola, allí no volverán a crecer los hunos. Lo que no me toque no florecerá, solamente se convertirá en oro, algunas veces en graffiti. Si alguien se yergue sobre mis hombros, lo morderá el horizonte y lo estacará el subsuelo. Quien me palpe recogerá un muñón. Y hablará de eso. Así de ancho soy. Aún no sé reconocer la importancia de mi maletín, sí, quizá debí haber empezado por allí, sí. Estoy de acuerdo conmigo. He comenzado mal. He comenzado por las adversidades, por el principio. He llegado a otro semáforo, y me he cruzado con otro transeúnte equivocado, y le he dicho No porque me hayas castigado, y le mostré mis dos cejas reventadas, Te dejaré arrebatarme mi maletín, y he blandido mi maletín en el aire para mostrárselo. He caminado por todos los caminos con gran entusiasmo y fervor y excitación, como quien busca la sed antes de encontrar el agua. En mi maletín me han metido todo lo imprescindible. Reconozco que, cuando fui asaltado con los batazos, no supe atinar a interponer los brazos y defenderme. Sí, lo acepto: no me gusta defenderme. Soy culpable de mis gustos. Pero soy inocente de los medios para satisfacerlos. ¿Y entonces quién tomará mi culpa para redondearme? Y hacerme perfecto, imperfectible. ¿Quién lanzará mi cadáver bajo los automóviles? ¿Quién se comerá a mis hijos, si es que aún soy capaz de salir de mí? Sin hijos, ¿cómo es que pude extenderme en toda la tierra? ¿Qué órgano vacío en mi cuerpo, lleno de cruces y cicatrices, se me infartará antes de poder decirlo todo? ¿Qué membrana estomacal se cerrará y me torcerá de hambre, y yo sin poder bajarme de mi crucifixión? Si te cruzas conmigo, ¿pulsarás en tus ropas tu botón de pánico e iluminarás la ciudad con el miedo, el deseo, que nos tenemos? ¿Quién acelerará su automóvil al verme caminando, campeonamente, con mi maletín en mi mano, por su zebra? ¿Quién me alargará toda la noche para no despertar? ¿Quién publicará mis secretos más íntimos en su graffiti? ¿Quién demolerá mi casa para construir mi plaza y enrejarla, de principio a fin, con sus poemas? Aquí. Acá. Allí. Allá. Todo suena familiar. Alguien más es el que ocupa mi sitio. ¿Cómo puedo ser culpable y para qué? ¿Para qué voy a serlo? ¿De qué culpa, de qué enemigo, soy dueño? No soy yo. Repito: no soy yo. Alguien más debe ocuparse de mí. Alguien más debe apostarse en un semáforo y aguardar por mí. Se me reconocerá por mi maletín de cuero, colgado de mi mano hábil, y por mis ropas oscuras, ennegrecidas como el azul profundo, y porque por lo general produzco sombra, azulada como la nigritud del mar. Este alguien debe tomarme y luego debe abandonarme. Es así como me embellezco. El transeúnte ha dicho ¡Defiéndete, cobarde!, mientras blandía su bate en mi cara para asestarme los golpes. ¿Y yo qué he hecho? ¿Yo qué podía hacer? Nada. Sólo conseguí decir Pero y cómo quieres que meta las manos y me defienda si me golpeas tan rápido, ¡perfecto imbécil ignorante!, e hice mi pausa habitual, y continué con ¡Tienes que
ser más despacio! Por último creo que añadí ¿Por qué no te alejas, como el otro transeúnte, y te pierdes en la oscuridad, así te dejas de molestarme? Pero no funcionó. No ha funcionado. Continuaba pegándome, como si le gustase. Comprendí, entonces, que si podía huir, debía hacerlo, y que si debía huir, quería hacerlo. Así que luego he caminado, a tanta velocidad, hacia otro semáforo, intentando alejarme de él para poder escapar. Mi maletín en todo me ha acompañado. Nunca se me ha soltado de mis dedos izquierdos. Yo ya estaba algo cansado, así que me detuve para poder descansar y para poder reflexionar y hablarme. Mis palabras se desenvainaron cuando me senté en una cuneta gris y contemplé que estaba solo, sí, ¡Qué espectáculo!, dije. Repito: ¡Qué espectáculo!, dije. Hablé hacia nadie y me gustó, sí. Soy culpable de mis gustos. Soy inocente de mí. Yo estaba solo entre dos cunetas de cemento, equidistante de dos semáforos electrónicos, de dos golpizas distintas, azotadas sobre el mismo padre pero por distinto hijo, sí. Como la ciudad estaba miope, había semáforos electrónicos por todas partes. Todos podían vigilarse entre sí. Reflexioné. Me gusta reflexionar para sentarme. Hablé como si yo fuese el estuche viejo que contiene el secreto que otro olvidó muriéndose. Nadie me oyó ni me observó hablar, así que mi estuche aún no está liberado. A cierta distancia, los kilómetros palidecían entre la tierra seca. La cal que me embellecería se filtraba por las ranuras imperfectas de mi maletín. Los semáforos me repasaban, una y otra vez, en sus filmaciones monocromas hasta aburrirse. Creo que incluso hasta alguna fotografía congelada de mí fue enviada hasta mi casa, junto con una multa en un sobre sin membretes. El ojo vigilador, incapaz de cerrarse, no sabe estar satisfecho. ¿No te aburres de ver siempre lo mismo? Pero permanecí sentado en la cuneta sin responderme. ¿Cómo es que puedo estar aquí sentado, tan tranquilamente, sin hacer nada, cuando todas mis américas me necesitan? Si la palma de la mano se abre en son de tregua, ¿quién acudirá velozmente a cerrarla en puño? Si el ojo vigilador se duerme, ¿quién se atreverá a abrir la boca y cerrar la glotis y despertarlo con las detonaciones resultantes? Si alguien decide callar y escuchar, ¿quién se escabullirá hasta su costado y le puyará para invitarlo a que grite sobre las mesas de negociaciones? ¿Cómo es que me he permitido estar aquí sentado, tan campeonamente, sin hacer nada, cuando todas mis américas me han clamado entre sus gritos? ¿Y yo qué hago? ¿Caminar y responder con mis hemorragias, comentar cada golpe de bate que hundió mi cráneo? No puede ser. Debo sentarme y descansar para poder pensar. Se acercó otro hombre, cargando su bolsa negra, sus manos y sus brazos estaban sucios y también parecían de plástico. Yo no lo había percibido a la distancia, por eso me asombré tanto al percatarme de que uno de ésos, con una bolsa negra colgada de una mano, se acercaba tan rápido y con la cara tan preocupada y la facies tóxica de nerviosismo. Estaba muy nervioso, lo pude identificar casi al instante. Se acercó muy rápido. Movía las piernas, un poco estrábicas, con viciosa agilidad, aunque no corría. ¿Qué te preocupa así, tan tóxicamente? ¿Qué llevas en esa bolsa negra? ¿Ése es tu botín?, y ¿Por qué te mueves con tanto apuro, como escapando de algo?, ésas son algunas de las preguntas que fácilmente hubiese verbalizado, si tan sólo cupiese en mí el valor de decir lo que debo. Reconozco cuando algo es importante si al enfrentarlo carezco del valor para decirlo. Entonces callo. Todo lo otro, todo lo que me resta, es simplemente hábito de hablar. Si se le otorgase la facultad, mi maletín me comprendería. El hombre cruzó mi ubicación en la cuneta. La bolsa negra, gorda de contenido, no se le abrió ni se le cayó. No se podía adivinar lo que albergaba. Si tan sólo me hubiese hecho de mi puñal para rasgársela y averiguar qué cargaba, o para amenazarlo e intimarlo a que me la entregase. No pasó nada. El hombre cruzó por enfrente de mi cuneta y de mí. No volteó a observar mi maletín, o a mí, en última instancia. Se alejó. No dijo nada. ¿Ya sería él también un cobarde? No hizo nada inusual, sólo se alejó nervioso. Quizá yo era su transeúnte correcto en la cuneta equivocada. Pero ¿qué debo esperar? Un momento. ¿Qué debo aguardar? Y si se devuelve y me interroga y me confronta, mostrándome en mi cara su bolsa negra, ¿cómo podré golpearlo y asaltarlo si todavía no cargo ningún bate? Yo no lo he estado siguiendo, no como el otro a mí, sí. No me gusta seguir a los transeúntes, sí. Mi maletín es muy valioso. Mis palabras me han repasado sin encontrar nada del otro mundo. Me reconozco en las mismas cosas, eso es bueno y placentero. Me relleno con poco, algo de la misma carroña, eso es placentero. Con la misma cara, vestida de uniforme y llaves gruesas, que pongo para amenazar al transeúnte correcto, extraerle información verdadera y publicarla en sus propias narices, estampándola en mis graffitis, así también con otra cara idéntica recibo los batazos en mis cejas y la amputación de mi rabo con alicate, y esto es bueno. Esto es muy bueno y me gusta. Me facilito las cosas al sentarme aquí. Es mucho más fácil vivir conociendo de antemano las palabras que me eligen y cuáles son las que me renuncian. Así es. La elección y la renuncia así son, lo atestigua mi cuerpo, hermoso entre cuerpos. Lo que no conozco sólo debe ser sepultado. Así como otros me han sepultado sólo porque no lograron conocerme, claro, es muy fácil blandir un bate en una ciudad. Sólo hay que conseguirlo. ¿Pero y los graffitis? Un bate se rompe contra un muro, un graffiti arranca de las manos un bate, cierra la válvula bucal, abre la glotis, e igual detona. Así es como he llegado aquí, escapando de las calles para refugiarme en mi cuneta: las cejas reventadas por los batazos y el rabo cercenado por cada alicate. ¿Y quién me escogió? ¿Quién me canceló de sus ojos sólo porque se sentía incómodo? El que me renunció hizo que otro me escogiese. Quien me escogió me arrebató de otro, sin preguntárselo. Debo proteger mi maletín. Éste es mi objeto, mi momento, más preciado. ¿Estoy de acuerdo conmigo? ¿Estás de acuerdo contigo? ¿Estás, tú, ey, tú, estás de acuerdo conmigo? ¿O todavía te faltan pruebas elementales? Yo estoy de acuerdo conmigo. Mete tus dedos en los hoyos de mis cejas. Palpa el muñón de mi rabo para ver si ya se hizo costra. Toma tu alicate y ábreme. Pero cree. Cree, como si tú fueses mi cuerpo, hermoso entre tantas decepciones. Debo encontrar una pared lo suficientemente ancha como para poder refrendar todo esto. Así es. La elección y la renuncia así son, sin necesidad de testigos. Las palabras que me eligieron me sobrevivirán. Las que me renunciaron sobrevivirán a las que me eligieron. Mi maletín, si se le otorgase la facultad, me comprendería. Esto sólo ya lo hace más valioso que yo, infinítuples veces, así de ancho soy. La cal que me embellecerá se filtra por las ranuras imperfectibles de mi maletín. No importa. Sobrará suficiente polvo como para contenerme todo. ¿Aún debo permanecer sentado en la cuneta, lejos del semáforo electrónico? A mí me gusta caminar. Me gusta, y mucho. Quiero levantarme y acercarme al semáforo para ver quién pasa. ¿Quién pasa? ¿Quién se queda? ¿Quién sigue de largo? ¿Quién se detiene ahora y me enfrenta en éste para poder darse el lujo de esquivarme en el próximo? ¿Quién no me aguantará y se irá? ¿Quién se quedará y tendrá el estómago de permanecer hasta el fin? Sí, lo siento, todo ha sido una cuestión de estómagos. Muchos cambiaron de trayectoria y caminaron por calles sin detenciones, sin semáforos, sin ojos vigiladores. Sin cunetas, porque sabían que en esas calles yo no puedo sentarme. ¡Cómo me gustaría tener la fuerza de conseguirme un bate para blandírselo a ésos! Debo conservar mi maletín de cuero. Yo soy tan delicado. De la nada se me puede atacar el est
mago. Yo soy muy delicado. Me conozco de antemano. Es fácil. Es todo mucho más fácil y llevadero. Así que ya no puedo asombrarme como antes. No debo sorprenderme, o podría olvidarlo todo. Incluso mi maletín de cuero y mis gustos, que tanto me ha costado conseguírmelos. Sé continuar, eso es fácil. ¿Ahora sí ya tengo derecho a callar? ¿Ya me gané el derecho a ser atravesado por las flores? ¿Incinerado por el griterío? ¿Degollado por los automóviles? ¿Aplastado por el frenesí del sol? ¿Ahogado por la plenitud lunar? ¿Ya tengo derecho a callar? Qué bella es la luna cuando uno la espera de día. He sido suturado a la cola de cada nombre de la ciudad, y me gustó. Me gustó, seré sincero, sin engañarme, está bien. Está bien. No me engaño, sé que casi todo surge de un hábito, y nada más. Nada más. Sé reptar por las calles. Sé combatir mi espera excitándome, como quien busca la sed antes de encontrar el agua, como quien pierde el agua antes de hallar la sed. Sé lancetear con mi rabo y mis cejas las palabras que me han abandonado para ir a blandir los bates en mi contra. Sé ser perverso. Debo decirlo todo antes de continuar, ¿o no? Si muero por un golpe mal encajado, o por una daga mal ensartada, no me gustaría permanecer olvidado en el estuche viejo de otro. No me gustaría para nada. No toleraría otro rabo y otro par de cejas. No sé hablar como si ya hubiese bebido agua y estuviese satisfecho. No sé estar satisfecho. Las adversidades me han encontrado y debo responderme ante ellas. ¿Y yo qué he hecho al respecto? ¿Qué he hecho? ¿Qué te han hecho? ¿Qué me he hecho? ¿Qué? ¿Qué? ¿Quién? ¿Tú?

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