Philip Roth, la cacería ha terminado

Por Mili Rodríguez Villouta. Roth es el que escribió “Me casé con un comunista”, como una vendetta contra Claire Bloom, su ex esposa actriz. El que dice: “Nací dentro de un chiste judío”. El candidato más frecuente al Nobel, que jura que no se lo darán “porque no ando con un libro de Marx bajo el brazo”. El que espera con impaciencia y mala uva que termine el Gobierno de Bush. Y, bueno, el premiado autor de “Elegía” (“Everyman”), un libro con deliberado formato de lápida, que llega en abril a Chile, bajo el sello de Random House.

Nunca ha escrito tanto ni tan bien. Para octubre de 2007 se anuncia “Exit ghost”, la novena salida de su personaje y álter ego Nathan Zuckerman. Roth siempre está de moda. Sus personajes son judíos, galanes ancianos, mujeres curiosas, negros que quieren ser blancos, veteranos del Vietnam.

El suyo es el caso de un narrador seriamente poseído por un notebook. 26 novelas después de comenzar; a los 73 años, es un viejo-joven. El nervioso piloto de pruebas de una generación de longevos inescrutables del primer mundo.

Cuando Antonio Muñoz Molina lo entrevista para “El País”, de Madrid, la foto lo muestra como una pintura hiperrealista. Impresionan desde las estéticas arrugas de la camisa a las del rostro, y las cejas rotundas y negras; su mirada de hiperobservador, de cazador de detalles.

“En el umbral de la oficina donde llevo un rato esperando aparece sin previo aviso Philip Roth con un vaso de agua en la mano. Alto, enjuto, en forma, con un pantalón de lona y una camisa azul; recién llegado a la ciudad desde su casa en el campo, una granja antigua rodeada de grandes árboles que aparecía al fondo de la foto que se publicó hace unos días en ‘The New York Times’…”. Una foto dentro de otras fotos, aunque estaban allí para hablar de “La conjura contra América”, en un mediodía neoyorquino. Tráfico y alarido de sirenas, 21 pisos, rumor de fondo de las máquinas de aire acondicionado.

TE DARÁ MUCHO MIEDO

Su último libro mira a la muerte a los ojos. (“Vendrá la muerte y tendrá tus ojos y te dará mucho miedo”, sonríe Rodrigo Fresán en “Página/12”). El personaje de “Elegía”, un ex publicista glamoroso, se pasea por los cementerios, los hospitales y la soledad de la vejez con un valor que asusta. En 150 páginas –de letra grande– sobrecoge al lector medio y alto: habrá tumbas o incineraciones para todos. Pero no se ríe el narrador. Recuerda sus achaques y tres matrimonios desastrosos. El último, con una pasiva modelo escandinava. Valor, porque entre líneas se respira miedo. El miedo de las clínicas, las enfermeras, los quirófanos.

Es como el epílogo de ese erotismo terminal y desatado de “El animal moribundo”, donde un galán de 70 años se enamora de una bellísima hija de cubanos, de 22, el papel destinado a Penélope Cruz. “Soy muy vulnerable a la belleza femenina. Cada uno está indefenso contra algo, y yo lo estoy en ese aspecto. Veo la belleza y me ciega (…) Asisten a mi primera clase y sé de inmediato cuál de ellas es la chica apropiada para mí”. Pero los tiempos de la cacería sexual han terminado.

GOOD BYE, PHILIP

No era fácil ser judío en Estados Unidos en su juventud. “Aquí mismo, en Nueva York, la zona de Yorkville, en el Upper East Side, llena de alemanes, era el centro del partido nazi americano. Había desfiles con camisas pardas y eslóganes antijudíos”, recuerda este descendiente de polacos cuya primera novela, “Good bye, Columbus”, fue un escándalo bíblico. “¿Qué se está haciendo para callar a este hombre?”, protestó un célebre rabino. En los años ’50, la guerra y el Holocausto estaban todavía muy cerca, y Roth hacía chistes “antisemitas”.

Muñoz Molina dice que desde su primer libro tuvo que aprender a defenderse de ataques feroces, “y sin embargo ha escrito siempre lo que le daba la gana, burlándose, literalmente, de lo más sagrado; creando personajes desaforados y carnales, y familias ruines o grotescas que eran la antítesis de los modelos aceptables de la vida judía norteamericana”.

Por eso –y una suma de desmoronamientos, divorcios, nervios y la fatiga de la fama–, en los años ’80 se encontraba viviendo en Europa, en Reino Unido e Italia. Cuando volvió, Newark –su ciudad natal, en Nueva Jersey– y Estados Unidos habían cambiado por completo. Y a él le parecía que ya podía entenderlos.

Pero el verdadero colapso nervioso –según “Operación Shylock” (1993), su novela seudoconfesional– fue a finales de los ’80. En 1990 estaba casado con la actriz inglesa Claire Bloom, bella pero fome. Se separaron en 1994, y en 1996 ella publicó “Leaving a Doll’s House”, donde dice que él es “un neurótico verbalmente abusivo, mujeriego y estúpido”. Su respuesta fue “Me casé con un comunista”, donde ella es una descerebrada actriz del cine mudo.

BLANQUEADO

Es posible que el acceso ideal a la obra de Roth sea “La mancha humana”. Si entras por ahí al mundo de Roth, verás a un profesor de universidad gringa, 72 años, y a su amante, de 33. Pero no es eso: la verdadera historia, el secreto de la novela, es que Coleman Silk es un blanco-negro. Un negro que se ha “blanqueado” por el solo hecho de ser un afroamericano muy claro y guapo –según los cánones anglos– que decidió asumirse como blanco. Se convierte en un intelectual de origen judío: pasa de una raza a otra, de una clase a otra, de una identidad a otra. Es la libertad y el horror de reinventarse. Coleman recuerda a su padre, camarero de tren, siempre insultado por ser negro.

“Jamás hasta entonces”, escribe, “a pesar de su precoz inteligencia, Coleman había comprendido lo protegida que había estado su vida, ni había calibrado el ánimo de su padre, ni se había percatado de su reciedumbre, de la autoridad que poseía, y no sólo en virtud de ser su padre. Finalmente, veía todo aquello que su padre se había visto condenado a aceptar…”. Y “debido a que alguien tardíamente le había insultado llamándole negrazo a la cara, Coleman reconocía por fin la enorme barrera contra la gran amenaza americana que su padre había sido para él”.

Esto de la amenaza y la cultura americanas son sus temas, absolutamente. Él es el tipo de escritor dedicado en cuerpo y alma y exclusivamente a la literatura, ocho horas al día, siete días a la semana. En “Elegía” dice: “Los aficionados buscan inspiración, los demás nos levantamos y comenzamos a trabajar”.

Como político, es un gran escritor: habla contra la derecha norteamericana, de la desaparición del Estado de bienestar, de Nueva Orleans. A ratos suena como si no quisiera quedar mal con nadie, pero no lo logrará.

Es probable que en su próxima novela, “Exit ghost”, será Zuckerman, su famoso escritor fantasma, el que se despida de este mundo, ahora que un viento fúnebre domina su literatura. Después de todo, es un clima de sabiduría minimal: “Al principio creía que yo estaba en el ring peleando con la literatura, pero ahora he descubierto que estoy solo en el ring y que peleo conmigo mismo”.

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