El teatro de la esclavitud

Por Karly Gaitán Morales. Aunque las cadenas de la esclavitud se rompieron hace casi dos siglos en el continente, la historia de nuestra cultura centroamericana, ligada a la herencia africana en nuestra población, ha sido, como cita el poeta Luis Alberto Cabrales, “Sombría noche de luciérnagas, / sombría sangre tachonada de estrellas. En su último libro “Tambor Olvidado”, Sergio Ramírez profundiza sobre las raíces de esas sombras, que de forma determinante, alcanzan gran parte de nuestro tiempo presente. De las razones que lo llevaron a escribir este libro, y otros detalles sobre el mismo, cuenta el escritor en ésta entrevista.

Sus lectores están acostumbrados a libros de política y de historia reciente de Nicaragua y del mundo (último siglo), o la reconstrucción de la leyenda de ciertos personajes como los Somoza, Sandino y Darío. ¿De qué viene que usted esté interesado por el tema de lo africano en Nicaragua? ¿De qué nace ese interés de escribir un libro y una profunda investigación sobre lo que usted llama “una cultura de triple tiara” en Nicaragua?

Viene de una preocupación que se ha venido desarrollando en mí con el tiempo, acerca de la lectura incompleta que siempre hemos hecho de nuestra propia cultura y realidad histórica. Los intelectuales nicaragüenses, esos que ahora somos llamados “de la literatura letrada”, tendemos a elaborar temas sobre la identidad nacional y sus componentes. La tesis básica consiste en que la identidad nacional se funda a partir de dos grandes vertientes, la hispánica y la indígena. No fui crítico desde siempre de esa posición, más bien la asumí como algo natural; se la enseñan a uno desde la escuela primaria, eso del encuentro de las dos razas. Y siempre hemos tenido una venda en los ojos que no nos deja ver el tercer elemento fundamental, el africano, que completa la triple tiara.

Hay elementos esenciales de nuestra cultura aportados por el componente africano que no son reconocidos como tales. La marimba, por ejemplo, es una de las señales de nuestra identidad nacional folklórica, que es de origen directamente africano, o vino de África y pasó por el tamiz indígena. Planteo las dos posibilidades en el libro, esta sorpresa que me llevé en el Museo del Quai Banly, en París, de encontrarme con una marimba de arco igual a la que se toca en Masaya. Y así ocurre con muchos otros elementos fundamentales de nuestra cultura: los bailes de negros y chinegros, la música del Güegüence, el ritual callejero de las fiestas patronales, el culto de los Cristos negros. Se mira en los bailes y en la religión, en la comida, con el mondongo y el vigorón, la carne en vaho, y con la lengua. Usamos muchas palabras de origen africano en el habla diaria.

Usted llama a esta ausencia una “conspiración de olvido y de silencio”. ¿Por qué conspiración?

Es una negación de lo que uno viene a ser. Porque lo africano pasa a ser maldito desde el momento de la fusión étnica. Y como explico en el libro, lo africano se deshace, eso ocurre mucho en las culturas subalternas, que se esconden y disfrazan para poder sobrevivir. Así ocurrió con la cultura africana en el Pacífico de Nicaragua, donde no la reconocemos, al contrario de lo que ocurre en el Caribe. Lo africano lo que hizo fue mimetizarse en la cultura indígena en el Pacífico.

En el libro trato de seguir este hilo oculto desde que los negros y luego los mulatos se asentaron en nuestras poblaciones durante la colonia, era ahí donde se podían esconder, agrupándose entre los indios, y luego entre los mestizos. Dentro de las leyes coloniales se prohibía que se juntaran los españoles, los indios y los negros, y sin embargo, las fusiones étnicas se daban, y es allí en esa mezcolanza triple donde se forja el verdadero pueblo nicaragüense. En las haciendas, en los barrios, surge toda esta población libre que se forma en el siglo XVI y XVII, gente ambulante que vive de cualquier cosa, y es allí en los barrios de Granada, y los de León, donde nacen las primeras insurrecciones lideradas por mulatos, y son los mulatos los que van a las trincheras de las primeras luchas por la independencia.

También hay algunos líderes que llegaron a ser próceres siendo mulatos, como Miguel Larreynaga, muy poco se menciona esto en la historia de Centroamérica. Igual con Rubén Darío, que se escribe de su ascendencia de chorotega y español, pero nunca se dice, como ahora lo plantea usted, que era mulato, él mismo se enorgullece de “sus manos de marqués” y muestra su amor a lo afrancesado y europeizado.

Pero ahí está la partida de nacimiento de Rubén, sus abuelos son reconocidos como mulatos en el registro civil. Para muchos viene a representar una afrenta que Darío sea descendiente de mulatos, cuando de esta manera representa nuestra verdadera identidad, que es triple. Mulato de oído sedoso, es como lo llamaba Salvador Rueda, porque a Darío lo zaherían por dos cosas, por indio y por mulato, por negro. Valle Inclán lo llamaba negro, Salvador Rueda le llamaba mulato, y lo contradictorio es que el mismo Rubén lo compartía, porque él no consideraba que los negros tuvieran talento creador, sino que los veía como gente de una inteligencia muy subordinada.

Darío escribió mucha prosa arrogante en cuanto a esto. Iba viajando de Mallorca a la Península y se refiere a unos negros africanos que estaban pidiendo dinero en una rambla del puerto y se refiere a ellos como “monos hambrientos”.

Esta es la contradicción, trato de explicar en la propia entrada del libro cómo los elementos de revoltijo sensual, que podemos llamar mulatos en la estética de Darío, vienen a ser parte de sus cualidades geniales, todo este afán de revolverlo todo, igual que en la comida, por ejemplo, donde una de las características de la cocina mulata era revolverlo todo..

Cita usted en Tambor olvidado las palabras de Juan Valera dirigidas a Darío en sus Cartas Americanas: “Usted no imita a ninguno. Ni es usted romántico, ni naturalista, ni neurótico, ni decante, ni simbólico, ni parnasiano. Usted lo ha revuelto todo: se ha puesto a cocer en el alambique de su cerebro, y ha sacado de ello una rara quintaesencia…”

Lo que otros veían como defecto en Rubén, Valera lo vio como un don de su literatura. Lo acusaban de imitar, de revolver, de atenerse al oropel, a lo vistoso, como lo haría un mulato, y allí empezaba su deslumbrante poder innovador, tomando un poco de todo, de cualquier parte, de los ritmos populares, de la poesía francesa, de la tradición indígena americana, de lo árabe…la rara quintaesencia.

Y nosotros, en general, en nuestra cultura, aprendimos a bendecir esa ausencia de lo africano como una cualidad, a señalar lo mulato como un defecto. Y a ignorar lo que había de mulato en Rubén. Basta ver un retrato suyo para darse cuenta viendo sus rasgos. Y todos tenemos algo de africanos en Nicaragua, obviamente, pero nos cegaron desde el principio frente a esa visión triple de nosotros mismos, que más bien es enriquecedora. Para eso hemos tenido nuestra cultura africana del Caribe, como una excusa que sirve para ocultar lo africano que hay en la otra Nicaragua , la del Pacífico.

Volviendo a Darío, con esto de las musas debían ser mujeres blancas para parecer figuras griegas o celestiales….

Él dependía de una estética que era ésa, que estaba establecida en la cultura occidental: los negros eran inferiores, y por tanto no eran bellos. Darío no inventó eso. Él navegaba en esa corriente formada por quienes creían que los negros no eran genéticamente capaces de pensar con el mismo nivel de inteligencia que los blancos. Desde la mitad del Siglo XIX se había establecido la tesis de que la raza blanca era la que tenía la capacidad de dominar el mundo, debido a su mayor inteligencia y poder de dominio mental.

Darío entonces por esa razón se refería a “mulatez”, refiriéndose al ser mulato. Usted lo plantea como “mulatez” que viene de “estupidez”, despectivo realmente.

Darío habló de mulatez. Yo hablo de mulatidad, que fue parte de su aporte a la nueva estética del modernismo. Mulatidad, como se dice hispanidad, o indianidad, que son términos pomposos.

En Tambor olvidado tenemos ahora otras facetas de Darío, algunas nuevas que no son muy divulgadas.

Admiro profundamente a Rubén, y estoy convencido de que sin su presencia en nuestra cultura, sería imposible explicarnos como nicaragüenses. Pero para poder admirar a una persona hay que ir a fondo dentro de ella. En este libro entro en su componente mulato, que él niega, o ignora, algo que para mí no es ofensivo, al contrario; a medida que como nicaragüenses nos reconozcamos en la totalidad de nuestros componentes, que son también los de Rubén, vamos a entender mejor nuestra identidad y saber dónde estamos parados.

Sé que mucha gente va a decir que no es cierto, que nada tenemos que ver con los africanos, estoy preparado para eso. Si alguien dice: “¿Y dónde están los negros aquí, dónde están los mulatos?”, es porque no se mira en el espejo, ni mira al país en el espejo de la historia. Somos consecuencia de una mezcla ya indisoluble.

Usted dedica la mayor parte del libro al tiempo de la Conquista y la Colonia, con detalles, se puede ver su investigación profunda, casi cada en párrafo hay citas, lo que hace muy rica la lectura, citas de cédulas, citas de fragmentos de libros; pero cuando ya llega a la parte de Zelaya, comienza a hablar de la reincorporación de La Mosquitia, me parece que hay elementos de esa historia que no están sostenidos con la misma fuerza teórica, sino mencionados en líneas, que en 1894 pasó la reincorporación…

Es que el libro no tiene propósitos históricos. Los datos históricos que uso son para apuntalar lo que quiero explicar, pero no me interesa la minucia histórica, ni hacer una historia comparativa entre la Costa Caribe y la Costa Pacífica más que en lo esencial, más para demostrar lo que planteo. Y quiero proponer más que demostrar. Por ejemplo, que la cultura de nicaragüense del Pacífico no tuvo que ver con el Caribe durante la colonia. Eran dos territorios hostiles entre sí, sometidos a la incomunicación; lo africano en el Pacífico lo recibimos a través de las corrientes de esclavos que vinieron inicialmente desde España, y luego desde los mercados del Caribe.

No hubo ningún parecido en la comida ni en nada entre los dos territorios, hasta que vino la reincorporación de la Mosquitia y la colonización mestiza de la Costa Atlántica, entonces sí hubo medios de comunicación, pero antes, no. Durante la colonia, en la lucha entre la Corona Española y el Imperio Británico por el territorio de Nicaragua, lo que había era una hostilidad permanente y los misquitos entraban en apoyo de los colonizadores ingleses, en apoyo militar, a atacar las haciendas, en la frontera imprecisa que había en lo profundo de Chontales, Jinotega y Nueva Segovia, lo que se llamaba “la marca”.

En Mil y una muertes hay un capítulo donde se refiere al rey mosco. ¿Usted ocupó la misma información para escribir ese capítulo con la información de Tambor olvidado? ¿Había comenzado su investigación desde ese tiempo?

Sí, venía leyendo mucho sobre esta parte de la historia de Nicaragua, los escritos del doctor Germán Romero Vargas, sobre todo – quien va a presentar Tambor Olvidado – porque él ha investigado muy bien esta parte de nuestra historia. El Dr. Romero tiene un libro sobre la costa del Caribe en relación con el imperio británico, y otro sobre la formación del Estado y de la sociedad nicaragüense en el siglo XVI y XVII, que es donde comencé a encontrar información sobre los asentamientos de mulatos, y la triple mezcla étnica. Todas las afirmaciones que ocupo en Mil y una muertes corresponden a una investigación, no todo es ficción. En Tambor olvidado, gracias a las investigaciones del doctor Romero, queda claro que dos tercios de la población nicaragüense eran mulatos o mezclados con mulato en el Pacífico durante la colonia, eso es algo que mucha gente se resiste a creer.

Usted dice en Tambor olvidado que Sandino y Darío defendían una cultura indohispana y que se reconocían a sí mismos como tales, siendo Sandino también descendiente de mulatos. Como personaje de América y símbolo de lucha, Sandino tenía una negación por el origen africano que todos tenemos en la mezcla de razas en el sigl XVI.

Sandino defendía el ser indohispano. Eso se ajustaba a la tesis de las dos vertientes, la india y la hispana, que era una tesis americana, no sólo nicaragüense. Era la tesis de la época, era lo que estaba en boga. José Vasconcelos decía “por mi raza hablará mi espíritu” y se refería a la raza indohispana. Y la reivindicación frente al imperialismo, partía de esa identidad doble, que no incluía la vertiente africana, por el mismo hecho de su negación histórica, de su ocultamiento.

¿Usted cómo se reconoce entre sus ancestros?

Soy parte de ese todo triple nicaragüense, de esa mezcla incesante del mestizaje de tres vertientes. Si me hicieran un examen de ADN saldría obviamente compartiendo el genotipo africano. Y me siento orgulloso de que sea así, de ser parte de esa identidad de triple tiara.

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