Matemos un chancho

Por Juan Sobalvarro.  Ahora que lo recuerdo me parece que le pusimos mucha filosofía al asunto. Al inicio yo quería obviarlo, pero el Perro y el Hueso estaban tercos de que era una buena oportunidad. Al final invertimos unos trescientos córdobas para que nos lo entregaran. No sé si la campesina que nos lo enseñó se vio intimidada por nuestras akas y sólo pidió esos pesos. De todos modos para una campesina eso era bastante.

Así fue que lo tuvimos en nuestras manos sin mayores obstáculos. Cuando lo vi por primera vez no pensé que fuera tan diminuto, hasta daban ganas de perdonarle la vida.

Discutimos ¿cómo íbamos a matarlo? Y como su pequeñez nos había conmovido, primero pensamos en lo menos traumático y los tres coincidimos en que lo mejor era un disparo en la cabeza, pero como los jefes siempre nos exigían disciplina y prudencia, no quisimos correr el riesgo de recibir una sanción por culpa de un simple detalle técnico y por esos escrúpulos, no tuvimos más opción que recurrir al método ortodoxo de clavarle un cuchillo en el cuello y en eso los tres estábamos fuera de práctica, en principio yo me negué rotundamente a hacerlo, el Perro sólo se rió y con eso dejó claro que el único que sobraba para candidato era el Hueso, este último asimiló rápidamente la idea y asumió la obra con pasión experimental, en su temperamento de pronto se vio un destello lujurioso y criminal, sólo verle el rostro candente nos inyectó seguridad, así que nos fuimos a traer a la víctima que instintivamente se encorvaba, el Hueso sin darnos la vista sólo dijo una cosa, “matémoslo sin tanto papalote”, con lo que al Perro y a mí se nos encendió la sangre y tiramos al animal por el suelo, yo le puse la bota en el cuello con todas mis fuerzas, mientras el Perro le amarraba las piernas y le pisaba el trasero, el Hueso se dejó caer con su cuchillo enterrándolo en el pescuezo de la bestia, la que emitió un chillido estremecedor que voló por encima de la montaña, luego se le apagó la voz y empezó a hacer un ruido ronco y vibrante, mientras por el orificio que el Hueso le había abierto expulsaba un aire caliente entre silbidos graves, ahí fue que al Hueso le vino un ataque de risa y el Perro se enfureció y le gritó, “sos una mierda hijueputa ¡no lo mataste!” y el Hueso desesperado empezó a batirle el hoyo sangriento y le sacaba y metía el cuchillo con frenesí mientras el animal se resistía poderosamente a morir y se quejaba con una mirada fija, el Hueso se dio por vencido, “busquen un cuchillo más grande”, suplicó exhausto y yo saqué el mío que tenía una hoja ancha y larga, “¡pasame esa mierda!”, me dijo mientras me arrebataba la cosa y hizo un nuevo intento con una gran cuchillada que sólo logró abrir más el hueco y hacerle una fuga mayor a los gases del animal que ahora hasta escupía sangre por esa especie de boca deforme, el Hueso frustrado soltó el arma dejándola dentro de la herida mientras restregaba las manos en el monte para limpiarse la sangre, entonces tomé el arma y la hundí lo más que pude sin encontrar fondo, sentí un sobrecogimiento al ver como la herida se tragaba el gran tuco de metal, hundí el arma una y otra vez en distintas direcciones hasta embarrarme las manos con la sangre espumosa que la abertura lanzaba y finalmente nos convencimos de que no podíamos hacer más que esperar a que se desangrara y nos quedamos viéndolo por largo rato mientras lo deteníamos con los pies para que no se levantara, el chillido se le fue haciendo bajito hasta que se quedó manso y con los ojos cerrados cerrados. Al final lo despellejamos y lo comimos frito.

Ilustración, pintura de Carlos Barberena de la Rocha.

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