Gustavo Solórzano Alfaro. Dos poemas para 400 Elefantes

Por Gustavo Solórzano Alfaro
Libros

1

Estuve enfermo y volví a mis libros,
y en ellos encontré de nuevo la esperanza:
vacía y seca, pero nueva;
terrible y muda, pero grande.
Acostado, de pie, sentado o aburrido,
me dediqué a buscar las horas,
los sueños, los recuerdos,
y solo respondieron por ellos
las páginas inconclusas de la muerte.

En esos libros, raros y olvidados como los de Poe,
vetustos según decía,
habitaban las llamas secretas de mi pasada historia:
cada instante estuvo siempre en esas letras,
cada letra era un nombre antiguo
equivalente y total de la tristeza.

Descubrí así la mentira, pude decir “Yo” de nuevo,
pude hablar con mi sombra como hacían antaño los poetas,
como añoramos aún a pesar de los tiempos y las modas,
a pesar de que nada importa y todo esté perdido.

Pero ¿quién sabía que todo estaba dicho?
¿Quién podría jurar, por la sangre y por el miedo,
que sabía que el tiempo estaba escrito?
Nadie supo jamás de las distancias,
nadie me acompañó en mi viaje mortal hasta la noche.

Ese día, hablé con Dios.
No dijo mucho porque sabía que su nombre
me borraría para siempre de la Tierra.
Me dio más tiempo, me dio más vida,
como un miserable me concedió el dolor de sufrir más.

Quizás como a Borges, me concedió los libros,
pero no la noche,
la noche final que tanto busco,
el momento fugaz de la derrota,
la mortal encrucijada y la mañana.

Estuve enfermo esa vez y volví a mis libros.
Hoy leo esta página y me sonrojo:
¿cómo pude conformarme con eso?

2

Soy un cobarde.
No hay más poesía que eso.
No hay poesía.

3

Está roto el vaso que guarda mis entrañas.
Está vacío el corazón que ruega por la noche.
Están negados para siempre los recuerdos.
Está sellado el aposento de tu risa.
Estoy vestido para la fiesta
y la fiesta es una nube pasajera.
Está olvidado mi rencor y olvidadas mis riquezas.
Estoy sentado en una silla de mármol
en la esquina más profunda de mi casa.
No escucho llantos ni veo las llamas desde Roma.

Está la silla abandonada y la mesa puesta.
La mesa y la silla se ríen en mi cara.
Sé que las dos detestan mi poesía.
Mi hermana me dijo que me quedara.
Mi perro ladró cuando partí.
¡Qué feliz debió estar!, pues no tengo perro
y las mascotas en realidad  me parecen mala idea.

Estoy sentado, ya lo dije.
Tomo un libro y leo:

Me gustan
más tus labios
que mis libros.

Jacques Prevert

Oh, Prevert, qué sabio y qué ingenuo:
ese día salvaste a todos los ignorantes,
igual que el monje medieval que nos regaló el cielo
y nos condenó a la estulticia cuando olvidó su latín:
“non intelegere cum legere.”

Está ciega la puerta y dispuesta la entrada,
arropados los instantes y la memoria en remojo.
Todo está guardado, perdido y olvidado.

He estado enfermo muchas veces,
pero jamás como hoy me duele tanto.
He estado enfermo muchas veces,
pero jamás como hoy leí tanto.
He estado enfermo muchas veces,
pero nunca enfermo como hoy lo estuve.

De La condena, San José: EUNED, 2009: 33-37.

Petición (de un hombre muerto)

Ha muerto un hombre hoy.
Era un hombre bueno ese que hoy ha muerto.

Ustedes me preguntan qué quiero,
qué quisiera este viejo leñador de sombras,
este pasajero incansable de la noche.
Nada… o casi nada…
Al menos eso vendría a ser un recuento.

Quiero el potrero de mi madre,
cuando el pasto era capaz de cubrirme;
el patio de la primera casa,
donde había arena y tempestad;
las casas vecinas,
las cuales no me dejaban visitar;
la casa de los peones
donde hube de esconderme más de una vez;
el silencio de mi madre o
la furia de mi padre.
Quiero el misterio de mis dedos
al fugarse por tus piernas:
animales heridos en la ventisca.
La ventana donde jugaba el sueño
a ser quimera, a ser destello.
La última distancia y las primeras lluvias.

Quiero a mis amigos de la escuela,
esos que me enseñaron la verdad y la mentira.
Esos que vi crecer y llorar en sus asientos,
perseguidos por fantasmas sin espadas.

Si la noche es una tumba entre mis labios,
aprenderé el secreto de las aves,
a despedirme sin tener que avergonzarme,
a ser inocente en medio del miedo,
a ser daga empuñada
por una mano enemiga del cielo.
Quiero los días perdidos en la escuela,
el pelo de María en mi regazo,
sus papeles amarillos,
el ardor en la mirada de la niña,
el regaño, el remilgo, la algarabía y el invierno.

Y finalmente,
no quiero morir,
ni quiero descansar tranquilo.
No quiero ser muerto bendecido por todos.
No quiero que digan que fui un hombre bueno…
o malo…
o cualquier otra cosa…
Simplemente no quiero que digan, que hablen,
que tengan tiempo de regocijarse o de llorar…

Quiero la tarde, esa sí,
la tarde clandestina y enamorada.
Cuasi inédito

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