Chiquita en la memoria ficticia

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Por Joseph B. Macgregor. Antonio Orlando Rodríguez empleó cinco años aproximadamente en escribir esta novela. Para crear la protagonista principal de esta “falsa” biografía novelada, Orlando Rodríguez se inspiró en un personaje real, Espiridiona Cenda, (Chiquita), bailarina y cantante de los teatros de variedades de principios del siglo XX, conocida en su vida artística como “la muñeca viviente” (The Living Doll) ya que tenía la particularidad de medir tan sólo 66 centímetros. Como se sabía muy poco de ella, Orlando pensó en “inventarle una vida”.

La primera razón por la que el autor cubano se interesó tanto por Chiquita fue porque le pareció un personaje tremendamente novelesco. Se trata de una mujer independiente de gran temperamento y capaz de provocar las más encendidas pasiones en los hombres a pesar de su corta estatura (o precisamente por eso). De igual modo, la pareció también muy interesante el tratar de profundizar en la comprometida posición política que mantuvo siempre Chiquita con la guerra de independencia de Cuba o con los conflictos políticos de su época en general.

En un principio, el autor pensó plantear la historia como un extenso relato narrado en tercera persona por la propia Chiquita, que al llegar la vejez decide hacer balance de todo lo vivido. La narración habría adoptado entonces la estructura de unas memorias biográficas.

Pero durante el proceso de creación de la novela, éste decide introducir otro narrador, en primera persona: el periodista que escribe la biografía a partir de las confesiones de esta y que a su vez cuenta al autor del libro. Es decir, a las dos voces narrativas anteriores hay que añadir además una tercera – la suya propia -que utiliza las notas a pie de página como medio para disentir, aclarar o refutar los acontecimientos narrados tanto por Chiquita como por el periodista, así como para señalar errores cronológicos o la imposible coincidencia de los personajes citados en un momento concreto.

Desde mi punto de vista, las tres voces se acoplan y complementan de manera perfecta, consiguiendo el efecto pretendido que no es otro que hacernos reflexionar sobre los difusos límites que separan realidad y ficción pero también, como sucedía en “Ciudadano Kane”, sobre la imposibilidad absoluta de conocer en su completa totalidad a una persona.

También hay un intento -desde mi punto vista bastante logrado- por parte del autor de reflejar el final de la época dorada del bodevil, los teatros de variedades, las ferias de “monstruos”, etc. Consigue así una historia con cierto tono crepuscular o “viscontiano” -que no triste- en el que se hace corresponder la decadencia artística de Chiquita con la paulatina y más que evidente desaparición de una forma “aristocrática” de considerar a los artistas o de entender y apreciar los espectáculos musicales o teatrales.

Aunque en líneas generales “Chiquita” me ha parecido una novela correcta, entretenida y llena de buenos momentos no he podido evitar experimentar a veces una cierta sensación de déjà-vu. Me refiero a todo lo que tiene que ver con relaciones familiares desarrolladas a través de un largo (interminable) periodo histórico-político concreto de un país iberoamericano; algo que parece de obligado cumplimiento en todo buen novelón latino contemporáneo que se precie de serlo y que también aparecen, cómo no, en esta novela.

Durante los primeros capítulos de la narración, Chiquita cuenta al periodista su vida en Matanzas y describe las relaciones que se producen entre los diferentes miembros de su familia y las de estos con ella misma y la verdad es que la cosa da la impresión de que finalmente terminará derivando en la típica crónica de una saga familiar. Afortunadamente no sucede así. A partir del momento en que Chiquita se exilia forzosamente de Cuba y se traslada a Estados Unidos para intentar triunfar como artista, la historia parece tomar otro cariz y adquiere un mayor interés ya que las alusiones a familiares tienden a aparecer de manera más adyacente o secundaria.

Orlando introduce también una trama de raíces claramente “sherlockholmianas” que me ha gustado bastante, en la que relaciona la desaparición del misterioso colgante de Chiquita con la existencia de una sociedad secreta de enanos, una especie de “Mafia Liliputiense”. Es una pena que tan apetitoso planteamiento aparezca en la novela como algo secundario o como una anécdota más que sumar a la extensa biografía personal de Chiquita. El asunto merecía, pienso yo, un tratamiento un poco más importante o, en cualquier caso, otro enfoque que potenciara esta historia policíaca frente a otras más costumbristas o sentimentales que, aun siendo muy interesantes, a mí al menos me entretuvieron bastante menos o terminaron cansándome un poco (la novela es demasiado larga).

Entiendo que las intenciones del autor han sido otras y que “Chiquita” no fue pensada como un thriller, pero me limito a subrayar que es una lástima que éste no haya optado finalmente por derivar la narración hacia la investigación criminal o policial ya que creo que sin duda esto habría duplicado el interés de la novela, a la que quizá le encuentro a faltar eso precisamente: un poquitín de más intriga o de misterio, como que a la trama a veces le falta algo de “chicha”. Pese a esto, tengo que insistir en que considero “Chiquita” como una de las novelas más interesantes, divertidas o entrañables que he tenido oportunidad de leer en los últimos meses.

Por último, me gustaría destacar de entre las muchas cualidades narrativas que pienso posee esta historia no mencionadas anteriormente, el modo tan inteligente con el que Orlando enfoca un argumento protagonizado y sustentando todo el tiempo en una mujer de 66 metros de estatura, sin caer nunca en lo morboso o el drama desaforado, al estilo “El hombre elefante”. Al contrario, si algo gusta de Chiquita es que en lo único que se diferencia del resto de mortales es en la estatura. Se afirma que es muy hermosa, tiene múltiples amantes (no precisamente de su talla), folla cuando quiere y con quiere, es manipuladora, caprichosa y algo mentirosa y es considerada como una artista de talento y muy sexy. En ningún momento, se muestra triste o pesarosa por no ser tan alta como el resto. Al contrario, su pequeño tamaño es lo que la hace grande ante los demás.

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