La orden del tigre

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Por Ricardo SENABRE. El esquema básico que sustenta la nueva novela de J. J. Armas Marcelo, La orden del Tigre, es fácil de enunciar: un personaje vuelve a los lugares donde, veinticinco años antes, vivió una etapa decisiva de su existencia.

Esta vuelta atrás, este contraste nostálgico entre un tiempo pretérito idealizado y un presente lleno de cicatrices, ha dado origen a multitud de obras narrativas en la literatura y en el cine. Lo que singulariza la historia de La Orden del Tigre es el hecho de que álvaro Montes, el personaje medular del relato, vuelve a una Argentina que durante el último cuarto de siglo ha sufrido gravísimas convulsiones políticas y ha entene- brecido los recuerdos llenándolos de amigos muertos y de gentes desaparecidas, humilladas, convertidas en víctimas del terror y el crimen. álvaro vuelve en busca de Morelba Sucre, un amor nunca olvidado, que se ha refugiado en el Delta, como otros amigos y como muchos argentinos que, al igual que hicieron Sarmiento o Lugones, han elegido ese paraje huyendo de la gran urbe. La ominosa tradición del lugar, donde varios Lugones se suicidaron, se ve continuada ahora por las fatídicas sacas nocturnas de patotas militares contra supuestos subversivos que son pronto exterminados. Sin pretenderlo el autor, el viaje de álvaro por el Delta en busca de Morelba recuerda inevitablemente el interminable paseo fluvial de Fermina Daza y Florentino Ariza en El amor en los tiempos del cólera, y arroja sobre el río el antiguo valor simbólico de vía hacia la muerte, con lo que los innumerables riachuelos y corrientes que convergen en el Delta representan implícitamente las numerosas vidas que se acercan a su desembocadura.

Armas Marcelo ha escrito una novela excelente -vaya esto por delante-, superior a otras suyas, con buenos retratos de personajes, como Rubén el Loco, Tucho Corbalán o Hugo Spotta, y con algunas historias de honda complejidad, como las de Margot Villegas o el embajador Francassi. Puesto que la presentación de los hechos relativos al terror militar debía ser sustituida por su narración, puesta en boca de los diversos personajes, utilizando unas veces el estilo directo y otras el llamado indirecto libre -léanse las páginas 106-121, por ejemplo-, el autor ha extremado el cuidado de los parlamentos, valiéndose de un oído excelente para los matices del lenguaje oral, que en sus diversas modalidades se integra eficazmente en el discurso con absoluta naturalidad. Por eso, cuando se narran los pensamientos de Tucho Corbalán puede escribir el autor “fue un golpe que lo agarró desprevenido” (pág. 297), y al contar las acciones de Marta Villegas consignar que preparaba un “whisky en las rocas” (pág. 304). No en vano es Armas Marcelo, si así puede decirse, nuestro autor más “hispanoamericano”, por vocación y por afinidad. Es la suya una prosa que tiende al barroquismo, aunque a veces caiga en el exceso fácil de reiteraciones y construcciones anafóricas. Los deslices o usos discutibles son pocos, y se hallan compensados por la brillantez del conjunto: “impavidez” por ‘impasibilidad, indiferencia’ (pág.184), “lejitud” por ‘lejanía’ (págs. 73, 120), “una autodefensa de sí mismo” (pág. 137) para decir ‘una defensa propia’. Hay algún error de concordancia: “sacar al país de esa ruina al que lo habían conducido” (pág. 96), “¿Qué eran una o dos muertes más entre tantas miles?” (pág. 327). Y sí hay que reprochar a tan cuidadoso escritor que haya relatado cómo el Almirante se despojaba de su arma para “dejarla inerme sobre la mesa del salón” (pág. 305), porque sabe que un “arma inerme” es una realidad imposible. Nada que no pueda corregirse con facilidad. Y valdría la pena revisar esos lunares, porque la calidad de conjunto de La Orden del Tigre como representación artística de una época histórica y su hondo sentido moral lo merecen.

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