El Arlequín

Ana Martínez Casas

¿Cuándo la muerte ha muerto? En una sola ocasión.

Dicen que fue Dios el asesino, yo creo que fue algo peor.

La he visto. A veces pasea ciega, haciendo cling cling con el aleteo de su sombrero. Se preguntaran, ¿cómo puedo ver a la muerte? Esa es una pregunta que contestaré más adelante.

Ella (o él) camina triste, arrastrando su penitencia de cascabeles, uno por cada víctima. Su cara es blanca, como la muerte ¡jajaja!

Con su oz mancha de rojo su impecable traje blanco con negro cada vez que alguien se le atraviesa.

Es un arlequín. A todos nos entretiene con sus extravagantes formas de trabajar. Cuando quiere es elegante: un diamante, parece ser, es una buena causa o vulgar, llevándose a niños de 3 años que comen veneno de rata porque lo confunden con caramelos. Hasta a mi una vez… pero ya les diré.

Sin embargo, eso no es lo importante. Lo importante es su corazón, su maldito corazón negro que se pudre lentamente colgando de la punta de su sombrero de bufón.

Sólo ella pudo arrancárselo.

Con largo cabello castaño y una cintura minúscula, llegó bocando con una estaca de madera enterrada en el corazón.

La muerte, el arlequín negro, quiso poseerla con su oz. Pero ella no se lo permitió. Cuando el saltimbanqui creyó que todo había acabado, ella le arrebató su corazón y bebió la negra sangre.

Desde ese día, ella vaga bajo la luna en busca de la sangre que bombean otros corazones. Y la muerte… el arlequín ya no ríe.

Lo sé… porque yo me comí sus ojos.

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