El rey y el cadáver

Por Zyanya Mariana

Una de mis grandes pasiones son los mitos, especies de cuentos que a partir de fantasías hablan de verdades ocultas.  Entre esos textos que suelo devorar con devoción, e incluso releer, destaco un libro del lingüista e indólogo berlinés Heinrich Zimmer (1890-1943): “El Rey y el cadáver”.  Como tantos otros eruditos, Zimmer leyó mucho, enseñó otro tanto y escribió poco; de hecho gran parte de sus escritos fueron recopilados y editados, después de su muerte, por su alumno Joseph Campbell.  Hago hincapié en el hecho porque pareciera que aquellos sabios que buscan en sus lecturas el conocimiento, allende la carrera académica, escriben menos pero trascienden más que sus colegas de cubículo.  Pero dejemos las criticas a la doctorocracia y regresemos al texto.

El rey y el Cadáver está compuesto de cinco partes, en realidad de cinco grandes procesos mitológicos, y psíquicos añadiría Zimmer.  Inicia con “Las babuchas de Abu Kasem”, ese rico comerciante de Bagdad que tratando de ocultar su riqueza remendando sus babuchas terminó convirtiéndose en siervo de ellas.  En efecto Abu Kasem era un próspero comerciante, avaro.  Era tal su avaricia que en vez de comprar babuchas nuevas remendaba con clavos las viejas.  Los clavos eran tantos que al tocar el suelo hacían un ruido particular; un sonido y un aspecto que terminaron por convertirse en el pregón del comerciante.  Un día en los baños, a partir de un equívoco, Abu Kasem cambia sus babuchas por las preciosas y brillantes babuchas del Juez.  Cuando el Juez reconoce las babuchas de Abu Kasem y encuentra las suyas en los pies del comerciante, se le declara culpable en la corte y se le impone una costosa multa.  A partir de ese incidente Abu Kasem será perseguido por sus babuchas, y éstas lo llevaran a la bancarrota.

Las babuchas que terminan condenando a Abu kasem, hasta que finalmente se deshace de ellas para recuperar su integridad; es la misma lógica que la del Talismán de los magos medievales.  Puede tener la forma de un anillo, un tótem, ser una droga, un hijo o una madre, conformar un rasgo de identidad, de un líder político o un psicólogo, quien cree poseerlo se apega a él; lo alimenta día y noche con poderes, fuerzas y magia, cediéndole todo incluso la existencia.  Es la historia de América Latina y sus caudillos, de todos los contratos y el miedo a cambiar, es el monstruo del Leviatán, es la certidumbre que exige su paga…  el talismán se termina comiendo al aparente dueño.  Esa es la lógica de todas las avaricias hechas apego, llámense objetos o seres humanos…

Es la lógica también de la madre abnegada del cine mexicano.  Pienso en la película “Cuando los hijos se van” donde una Sarita Montiel en el papel de madre abnegada y dedicada se trastorna cuando los hijos se van, -incluso los bellos rosales de la entrada se mueren en la ausencia de los vástagos-, puntualiza un narrador.  La desdicha de la madre inunda la existencia hasta el día en que los hijos, con un sentimiento de fracaso, regresan a la casa materna.  La madre ha obtenido el pago a su entrega, vuelve a regar los bellos rosales y los hijos postrados se sientan a la mesa; moraleja fílmica: hay que fracasar para que la madrecita santa esté contenta.  Todo un clásico del cine nacional que implacablemente ha influido en la educación sentimental de muchas generaciones de mexicanos.  Sin embargo esa madre todopoderosa que al darse pide devoción absoluta, no es un rasgo de carácter particular de la cultura mexicana (a pesar de que el día de las madres en México sea toda una institución con caos vial); en realidad aparece como exigencia de muchas divinidades particularmente de la tradición monoteísta.  Los dioses monoteístas suelen exigir la piedad al estilo Job.  La Biblia cristiana, mutatis mutandis, cuenta lo siguiente:  Estaban dios y el diablo hablando de la piedad.  “Mira a Job, es un gran piadoso-, afirmaba dios.  –Es fácil ser piadoso cuando se tiene todo-, respondió el diablo.  A lo que dios inquirió, -Yo creo en la piedad inquebrantable de Job.  Haz lo que quieras con él”.  Así el diablo le manda pestes a su ganado, accidentes para que los hijos mueran y locura para que la esposa se suicide.  Solo y en bancarrota Job no pierde la fe y dios demuestra su poder ante el diablo.  Las tradiciones monoteístas exigen la piedad de Job, pues afirman que sólo en la devoción a un dios único se encuentra la paz y la vida eterna.  En cambio, la tradición asiática del yoga Kundalini o del “Bardo Todol”, el libro tibetano de los muertos, insiste que la devoción total a un dios, un santo o un objeto sólo sirve para llegar al cakra número 6.  Lo comparan a un bastón útil y bienhechor a lo largo del camino, pero aún de él, ya apegados después de cinco cakras, debemos liberarnos.  De hecho el trabajo en el cakra número 6 implica deshacerse de los apegos, cualquiera que estos sean, pues es la única forma, dicen, de llegar al propio centro y ascender al cakra situado en la coronilla; ese que conecta con la totalidad y funde al yo con el mundo, tal y como es, dicen.  Afirman que incluso ese apego devoto y divino, como lo puede ser un dios amado, termina condenándonos.  ¿No es acaso esa la lógica de las guerras en Medio oriente, en Cachemira y entre los Tzotziles de Chiapas?  Guerras religiosas por un dios monoteísta…  ¿No fue acaso nuestro apego a la certidumbre lo que nos inmovilizó frente a la guerra de Irak y Afganitan? y ¿no es acaso nuestra forma de vida la que se apega insaciablemente al petróleo?

A diferencia de nuestros apegos, generalmente trágicos, el apego de Abu Kasem por sus babuchas forma parte del anecdotario tragicómico de las Mil y una noches.  Son cuentos generalmente jocosos, comedias de equivocaciones, que castigan, sin mayor daño, al avaro, al lujurioso, al goloso, al envidioso, al perezoso, al cornudo y a tantos otros.  No han perdido su vigencia y sus reverberaciones suenan aún en la narrativa arábiga; pienso en el cuento del Saudí, Ahmed al Sebai, “Abu Raihán, el aguador” (1), que toca el mismo tema pero en un contexto de actualidad y con un final lejano a los de Sherezada.  Abu Raihán es un pobre entre los pobres, se dedica al agua y pertenece al gremio de los aguadores. Gremio de linaje y tradición.  Es también un pobre avaro que prefiere tener hambre a gastar su dinero; lo saben los niños que le prometen zanahorias a cambio del ridículo.  En sus constantes burlas lo incitan a provocar daños colectivos que suelen ser reprendidos por los principales del gremio.  Sin embrago sus castigos son suaves pues los demás aguadores se compadecen de su idiotez y avaricia.  Así la vida de Abu Raihán, entre las cargas de agua, las promesas de zanahorias gratis y los percances burlones hasta el día en que un pícaro le roba los ahorros acumulados a lo largo de su vida.  Entonces Abu Raihán enferma y muere.

Zyanya Mariana
Dic y 2009’

1.- Cuentos de Arabia, Edición a cargo de Abdellah Djibilou y Abdulaziz al Sebail, Quórum editores, España 2005

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