De la indignación y otras realidades

el

Zyanya Mariana

Iba a iniciar este texto hablándoles de mi indignación, pero he preferido, dadas las circunstancias, darle la espalda a la realidad que se puede ver desde mi ventana. Antes de darle la espalda permítanme un breve sumario de indignación mexicana. Estoy indignada hasta la médula, me pregunto seriamente si se convertirá en polvo indignado… este país que tanto amo huele mal, todo está en un proceso de descomposición, todo. Aquí no hay promesa, por lo menos ahora, de resurrección. Pienso en los festejos del Bicentenario, me indignan, recorro mi memoria y me digo que no somos un país con 200 años como quiere el monopolio televisivo y la élite en el poder. Nuestra historia es más vieja que los tamales de Iguana. Somos una región con 30 siglos de esplendor y 500 años de historia moderna; de la cual los últimos 200 se han desarrollado como República independiente postcolonial. Claro somos República pero tenemos las mentes colonizadas y nuestra capital, sitiada desde 1521, no tiene nombre. No hay nada que festejar, ni siquiera los sitiadores de hoy tienen la altura de un Cortés o la inteligencia de una Malinche. Son apenas remedos, marionetas bonitas surgidas de las telenovelas. Hablando de eso me angustia la nueva estrategia del viejo PRI para ganar las elecciones presidenciales: Apoyar con estructuras de principios de siglo (operación de masas, autoritarismo, clientelismo vulgar, en fin colmillos largos y retorcidos) la candidatura de un hombre guapillo que aparece cotidianamente en la televisión y, dicen buenas fuentes, que mató a su esposa. “Bombón te quiero en mi colchón” gritan las acarreadas, mientras que el joven priista, que no dice nada sin asesores, sonríe a las multitudes y corta listones. Este chico ha puesto de moda peinarse con gomina, traer del brazo a una diva de telenovelas y confesarse, en tanto santo viudo, con el Papa. Mientras las buenas conciencias escuchan atónitas el último escándalo del fundador de los legionarios de Cristo: no sólo era un pederasta adicto a la morfina, sino un hombre casado que abusó de sus hijos mayores. A los demás ya nada nos sorprende estamos rodeados de pederastas y obras interminables en la ciudad. Algunos, aunque sentenciados, logran trasladarse de prisiones de alta seguridad a cárceles de provincia, famosas por la cantidad de reos que han escapado de ellas; otros con alma de piratas, rumberos y jarochos andan en campaña por gobernaturas estatales y esperan hacer de su rinconcito de patria un oasis de la trata de niñas y prostitución. Pero no sólo de pederastas vive el mundo, y menos este país que cada noche corta cabezas para dejarlas a las puertas de alguna institución pública, eso sí acompañadas de mantas amenazando al cártel rival ese que, dicen, protege la cúpula en el poder, incluyendo poderosas mujeres de Estado que, dicen, siguen durmiendo al lado de mamá. En el mejor de los casos las mantas pertenecen a ciudadanos sin armas ni aK47 que, en marchas multitudinarias, lloran la muerte de sus bebés y exigen castigo a los culpables del incendio de una guardería mal instalada en una bodega. Los culpables por supuesto nunca aparecerán son los mismos que hacen leyes, las ejecutan y administran el negocio de las guarderías. Hay otras mantas, las más recientes, que piden fin a la guerra contra el narco, son madres fronterizas que también lloran. Muchas de ellas son ejemplos a seguir, se han enfrentado a la guerra que se inició este sexenio, que ideó este presidente para legitimarse, la misma que se llevó a sus hijos acusados de criminales, cuando lo único que hacían era divertirse adolescentemente en una fiesta. “La guerra seguirá es para la seguridad de ustedes” dicen las autoridades, y lo único seguro en este país es la impunidad que se convierte en cadáveres cotidianos, algunos de niñas encontrados en el desierto de ciudad Juárez. Qué curioso que esa ciudad que lleva el nombre del primer presidente indio de la región (del río Bravo a la Patagonia), aquel que dijo “la patria es primero”, sea hoy la ciudad de las mujeres solas y asesinadas por la maquila, el espejismo de la inversión.

La violencia es la tortilla nuestra de cada día, ella vela la inflación galopante del país y protege a los millonarios mexicanos de la revista Forbes. Me pregunto si ella no está relacionada con un gusto popular y masivo que se ha desatado en México por el manga japonés, llamado gore. Este por supuesto no ha desplazado a “las vaqueritas” nuestro lectura nacional, que inclusen leen las huestes de desempleados que se multiplican en los semáforos. Mientras, el presidente del empleo genera desempleo, la gente “linda” recuerda el terremoto de Haití y olvida a Chalco inundado de aguas negras. Haití está lejos pueden condolerse pero de las castas inferiores sólo se acuerdan cuando faltan al trabajo y amenazan las ganancias.

Todo eso pasa detrás de mi ventana, yo como una frívola cualquiera, he decidido olvidar la realidad y lanzarme a los brazos de un reencuentro amoroso. Espero, sin embargo, tatuarme en la piel la siguiente consigna: cuando uno corre se cae, al hacer velas se queman los dedos, con el vidrio incluso de colores nos cortamos, con el amor nos dolemos y el México detrás de mi ventana, hoy, me indigna.

Zyanya Mariana

Marzo y 10

mitosymas@laneta.apc.org

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