Alfredo Trejos

el

Poeta costarricense. Autor de Vehículos pesados.

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  1. http://laratonenera.blogspot.com/2010/05/sobre-vehiculos-pesados-de-alfredo.html

    Sobre Vehículos Pesados de Alfredo Trejos
    “Un preliminar, tres fragmentos, una deconstrucción desautorizada”
    (Por Melvyn Aguilar)
    “Un poeta decente

    se sienta derecho,

    entorna los ojos,

    y en olor de santidad,

    se levanta unos centímetros del piso…

    Un poeta indecente

    va al final del patio y

    vuelve viejo.”

    “Nunca se ha llegado a un sitio, si al día siguiente hay que despedirse…”, nos dice Javier Payeras en el prólogo ‘Un colapso temprano de la memoria’, propuesto para el libro que hoy nos reúne.
    Y está muy bien que nos lo recuerde.

    Tal vez así alcanzaríamos a procesar el significado de “andén”, “puerto”, “banqueta”, “silla”, “esquina”, “paraguas”, “fila”, “féretro”, “cama”, o “callizo”…temporalidades entendidas como eso: pequeñas, improvisadas, casi fortuitas pausas, que nos permiten tirar “cable a tierra” y nos ayudan a digerir esa espacialidad en la que nos estremecemos a ciegas; o en la que se nos sacude. –En todo caso sin poder descifrar las fuerzas que mueven el intestino centrífugo de una mezcladora modelo 76, 370, horse power, caja full 9 cambios en la que residimos–

    La propuesta poética con la que Alfredo nos amenaza esta noche nos sugiere la intrascendencia del “sitio” –como ese lugar al que se debe llegar o del que hay que salir–
    Sin embargo –advierte Trejos– hay algo más entre oasis y oasis, entre infierno e infierno, entre el Embarcadero y el Puerto Desolación: hay el desplazamiento, hay la distancia, hay el vehículo. Existe el viaje y todo lo que en él, vertiginosamente acontece, todo lo que en él subyace.

    Pero la intrascendencia del sitio de la que nos habla Alfredo, no involucra su inexistencia. Claro que existe, aunque solo como fugaz e inesperado punto de llegada, no controlado, donde la sinergia de los múltiples elementos –que configuran el desplazamiento– súbitamente se detienen; como si alguien tirase del timbre de emergencia de un tren, haciendo saltar las dentaduras y los sombreros, cristalizando de sopetón la imagen. Las imágenes.

    Pero tal y como nos sugiere el poeta: La imagen como imagen únicamente será viable a partir de la capacidad de contener el bombardeo de las violentas y luminosas secuencias que –al moverse entre un punto y otro– se nos imprime en la retina.

    Empero, no hay que perder la historia, ni olvidar el gesto, ni la mueca, sin despreciar u omitir el caldo, el fermento que la sustenta. De lo contrario, la imagen sería una simple expresión –una lástima– cuando se tiene la posibilidad de hacer de ésta una estrategia para la interpretación de lo que se configura en el espacio, y en la espacialidad de la que se es parte.

    Y bueno, hoy por hoy, donde lo que prima es lo fragmentario, Alfredo nos propone recomponer nuestra mirada creando y recreando la realidad mediante el reconocimiento de un azaroso tejido que organiza los fragmentos, esos que QUEREMOS CREER están sueltos, inconexos. Nos propone tomar un vehículo liviano, acaso un carretillo “albañilero”, hacer el viaje y traerlo de vuelta con todo su cargamento y sus contrapesos.

    I

    En vehículos pesados necesariamente iniciamos en un “sitio” que “es y no es, que deja de ser”, que constantemente cambia, que nos expone al caos.

    Todo lo que allí se aglomera es transportado, movido, embalado, dirigido.

    –Enormes cadenas herrumbradas castran el deseo de zarpar, mientras gigantescas poleas engrasadas direccionan precisos garfios que alzan y someten a las cosas–

    Todo allí sale y entra, desaparece y reaparece, nada tiene voluntad propia, toda criatura, todo objeto pende y depende de fuerzas impalpables. Allí todo es tráfico (y a cada nada, nada es lo mismo), somos y dejamos de ser mientras la vida pasa y nosotros transcurrimos con la vida.

    Dice Alfredo:
    “Uno no es el mismo
    que lee el periódico
    por la mañana
    y el que lo vuelve a leer
    muy tarde ese día…”
    Hay en vehículos pesados un dejo existencial al que nos tiene acostumbrados el poeta, pero desde una acentuación distinta: él se sabe allí, entre las cosas, entre la gente –aunque las observe de lejos, se siente parte de ellas–, pero la indiferencia, ante su presencia, lo lleva a una suerte de dialéctica de la compañía y la soledad, en donde el “yo” mediante el “tú” se desploma, en donde “ser” a través del “otro” ya no permite el “para sí mismo”.
    Y sentencia:
    “Espero buenas noticias
    de gente a la que tal vez
    le da igual
    si salto de un edificio
    o si me uno a los paseantes
    que sonríen.
    Y eso me ha vuelto peligroso,
    porque me han dejado de importar
    algunos desenlaces…”
    Se está y no se está en ningún lado de esta ciudad, de esta urbe que tiene y no límites, se pertenece y no.
    Existe el desarraigo propio del viajante, o del fugitivo y aunque nos advierte de la presencia de ciertas trincheras, estas se disuelven ante el tedio, ante el fastidio de permanecer en un lugar en donde nada ocurre u ocurre lo mismo.
    “…‘las rosas jamás vivirán bien aquí’…”dice el poeta.
    “Nada cambia en mi casa.
    La hierba crece
    y la cortan
    y la apilan
    y se seca…
    …Porque tengo treinta años
    y esto es lo que recuerdo.”
    Él se sabe en todas partes, pero lejos de todo, sombra pasante que se mira a sí misma y que reclama:
    “Se me indicó
    que no le añadiera más sal
    ni más especias.
    Que vigilara y punto
    como se vigila a un criminal…
    …Hace mucho debí
    darme cuenta
    que tengo prohibidos tanto
    la cocina oriental
    como dos días felices consecutivos…”
    Hace inventario del desencuentro y la soledad y se reprocha:
    …Seguimos en la lista equivocada…
    …Un circo más que se va sin mí…
    …Nos toca lo de siempre, desafinemos…
    II
    Sólo aquel que busca una sustancia más gruesa, un caldo más fornido se atreve a sacarle muela a un Fender Jazz Bass. –Luego solo queda la soledad–. Porque el miedo se apoderó de la tribu, a la que creímos pertenecer. Luego solo queda el deambular, afilar el ojo para la rapiña y sobrevolar la insana seguridad del prójimo.
    Huele a miedo en el suburbio, y aun cuando el neón no detiene su pálpito y la fiesta de los días simula carnaval y desenfado, todas las máscaras tienen perdida la mirada y lo que de humano tuvieron.
    Hay incertidumbre aquí, ¿quién es el que nos lleva hasta la puerta de hierro que da a la ciudad? ¿Quién es? ¿Y por qué, tan pronto la traspasamos, nos abandona? Allí frente al abismo.
    El poeta confía en el añejo Schindler, sabe que al menos el viejo montacargas aguantará a uno más en su cabina, sabe que no son ángeles los que mueven sus poleas acanaladas y que Dios desertó de este oficio hace mucho tiempo, que dobló la esquina de la calle Broome y desapareció por siempre en la avenida Broadway, dejando al garete los descensos y los ascensos de sus criaturas.
    Pero no hay remedio, pulsa el botón verde y aborda dispuesto a recibir telegramas e infartos.
    “Él sabe que se detendrá en lugares exactos, sin ser ninguno de estos, un lugar exactamente”.
    El chasis de la cabina se sacude, el tablero se ilumina, algoritmos de inteligencia artificial ya han determinado el desembarque, la doble puerta se abre, afuera hay jockeys –ninguno aborda– al fondo la urbe –cualquier lugar, cualquier ciudad es posible–. Sería buena una pausa en la Taberna Lafayette o en la “Nueva Lyra”
    Dice el poeta:
    “Todos los sitios en cada barra, capilla y parque,
    los ocupan hombres y mujeres
    pequeños como jockeys, vestidos como jockeys.
    Son jockeys…”
    Los jockeys deambulan por la ciudad –hay desilusión–, esta ciudad hiede, sabe a Manhattan Transfer, pero esta ciudad es SAN JOSÉ JOCKEY CLUB. Y hay también aquí batallas invisibles. ¿De dónde salen tantos jockeys y que los impulsa a deambular?
    III
    ¿A bordo de qué vehículo se llega a Puerto Desolación?
    Los elementos portantes de este nuevo viaje que nos propone el poeta, no nos refieren a masas máximas autorizadas MMA de 3.500 kilogramos, ni a componentes mecánicos de múltiples ejes, ni a credenciales B4, ni a sistemas hidráulicos reforzados.
    Porque en vehículos pesados a lo sumo tan solo encontraremos una nostálgica y marginal referencia sobre una vieja “White Comamder” y las preguntas: ¿A dónde van los vehículos pesados?, ¿dónde se detienen?, ¿dónde nos detendremos nosotros?
    Para mi gusto, en este nuevo poemario, Alfredo mantiene lo que hay de coloquial en Cartas Sin Cuerpo, lo desgarrador existencial –y lo sarcástico– de Arrullo para la Noche Tóxica, y lo trágico-amoroso de ambos.
    Pero en este nuevo libro, me atrevo a decir, que todos estos elementos característicos de la poética de Alfredo son finamente respaldados por un destilado uso del simbolismo y por un sutil, pero vigoroso, acercamiento a la denuncia social enmarcada y restringida a lo “esferoidal” de lo urbano.
    Por lo tanto, aquí los vehículos pueden ser un lunes por la tarde, como lo pensara Bukowski, un reloj, una bocina, un ataúd, una bufanda:
    Querida Oni, recién he vuelto de la tienda. Son las 11: 15 he usado por primera vez la bufanda que alguien me dio en navidad.
    Si acerco una lupa a tus ojos veré que todos los naufragios están hechos de madera. Compré cosas frías, cosas de abandono. Sé que tu nombre está escrito en alguna parte de las etiquetas.
    “Aquí yace
    el cuerpo de un hombre

    Que tendido bajo la cama

    como un mecánico

    buscó el desperfecto sin hallarlo nunca.

    (Era un clac-clac en la transmisión

    casi imperceptible en el verano

    pero insoportable en el invierno).”

    El poeta empuña la katana y nos dice:
    ¿“…cuántas veces cabe
    el arma más feroz
    en una misma herida.”?

    Desde el Callejón del Gato
    PUBLICADO POR LA RATONERA EN 12:00:00 PM
    ETIQUETAS: ARTICULO / POESÍA / MELVYN AGUILAR / ALFREDO TREJOS
    5 COMENTARIOS:

  2. http://laratonenera.blogspot.com/2010/05/sobre-vehiculos-pesados-de-alfredo.html

    Sobre Vehículos Pesados de Alfredo Trejos
    “Un preliminar, tres fragmentos, una deconstrucción desautorizada”
    (Por Melvyn Aguilar)
    “Un poeta decente

    se sienta derecho,

    entorna los ojos,

    y en olor de santidad,

    se levanta unos centímetros del piso…

    Un poeta indecente

    va al final del patio y

    vuelve viejo.”

    “Nunca se ha llegado a un sitio, si al día siguiente hay que despedirse…”, nos dice Javier Payeras en el prólogo ‘Un colapso temprano de la memoria’, propuesto para el libro que hoy nos reúne.
    Y está muy bien que nos lo recuerde.

    Tal vez así alcanzaríamos a procesar el significado de “andén”, “puerto”, “banqueta”, “silla”, “esquina”, “paraguas”, “fila”, “féretro”, “cama”, o “callizo”…temporalidades entendidas como eso: pequeñas, improvisadas, casi fortuitas pausas, que nos permiten tirar “cable a tierra” y nos ayudan a digerir esa espacialidad en la que nos estremecemos a ciegas; o en la que se nos sacude. –En todo caso sin poder descifrar las fuerzas que mueven el intestino centrífugo de una mezcladora modelo 76, 370, horse power, caja full 9 cambios en la que residimos–

    La propuesta poética con la que Alfredo nos amenaza esta noche nos sugiere la intrascendencia del “sitio” –como ese lugar al que se debe llegar o del que hay que salir–
    Sin embargo –advierte Trejos– hay algo más entre oasis y oasis, entre infierno e infierno, entre el Embarcadero y el Puerto Desolación: hay el desplazamiento, hay la distancia, hay el vehículo. Existe el viaje y todo lo que en él, vertiginosamente acontece, todo lo que en él subyace.

    Pero la intrascendencia del sitio de la que nos habla Alfredo, no involucra su inexistencia. Claro que existe, aunque solo como fugaz e inesperado punto de llegada, no controlado, donde la sinergia de los múltiples elementos –que configuran el desplazamiento– súbitamente se detienen; como si alguien tirase del timbre de emergencia de un tren, haciendo saltar las dentaduras y los sombreros, cristalizando de sopetón la imagen. Las imágenes.

    Pero tal y como nos sugiere el poeta: La imagen como imagen únicamente será viable a partir de la capacidad de contener el bombardeo de las violentas y luminosas secuencias que –al moverse entre un punto y otro– se nos imprime en la retina.

    Empero, no hay que perder la historia, ni olvidar el gesto, ni la mueca, sin despreciar u omitir el caldo, el fermento que la sustenta. De lo contrario, la imagen sería una simple expresión –una lástima– cuando se tiene la posibilidad de hacer de ésta una estrategia para la interpretación de lo que se configura en el espacio, y en la espacialidad de la que se es parte.

    Y bueno, hoy por hoy, donde lo que prima es lo fragmentario, Alfredo nos propone recomponer nuestra mirada creando y recreando la realidad mediante el reconocimiento de un azaroso tejido que organiza los fragmentos, esos que QUEREMOS CREER están sueltos, inconexos. Nos propone tomar un vehículo liviano, acaso un carretillo “albañilero”, hacer el viaje y traerlo de vuelta con todo su cargamento y sus contrapesos.

    I

    En vehículos pesados necesariamente iniciamos en un “sitio” que “es y no es, que deja de ser”, que constantemente cambia, que nos expone al caos.

    Todo lo que allí se aglomera es transportado, movido, embalado, dirigido.

    –Enormes cadenas herrumbradas castran el deseo de zarpar, mientras gigantescas poleas engrasadas direccionan precisos garfios que alzan y someten a las cosas–

    Todo allí sale y entra, desaparece y reaparece, nada tiene voluntad propia, toda criatura, todo objeto pende y depende de fuerzas impalpables. Allí todo es tráfico (y a cada nada, nada es lo mismo), somos y dejamos de ser mientras la vida pasa y nosotros transcurrimos con la vida.

    Dice Alfredo:
    “Uno no es el mismo
    que lee el periódico
    por la mañana
    y el que lo vuelve a leer
    muy tarde ese día…”
    Hay en vehículos pesados un dejo existencial al que nos tiene acostumbrados el poeta, pero desde una acentuación distinta: él se sabe allí, entre las cosas, entre la gente –aunque las observe de lejos, se siente parte de ellas–, pero la indiferencia, ante su presencia, lo lleva a una suerte de dialéctica de la compañía y la soledad, en donde el “yo” mediante el “tú” se desploma, en donde “ser” a través del “otro” ya no permite el “para sí mismo”.
    Y sentencia:
    “Espero buenas noticias
    de gente a la que tal vez
    le da igual
    si salto de un edificio
    o si me uno a los paseantes
    que sonríen.
    Y eso me ha vuelto peligroso,
    porque me han dejado de importar
    algunos desenlaces…”
    Se está y no se está en ningún lado de esta ciudad, de esta urbe que tiene y no límites, se pertenece y no.
    Existe el desarraigo propio del viajante, o del fugitivo y aunque nos advierte de la presencia de ciertas trincheras, estas se disuelven ante el tedio, ante el fastidio de permanecer en un lugar en donde nada ocurre u ocurre lo mismo.
    “…‘las rosas jamás vivirán bien aquí’…”dice el poeta.
    “Nada cambia en mi casa.
    La hierba crece
    y la cortan
    y la apilan
    y se seca…
    …Porque tengo treinta años
    y esto es lo que recuerdo.”
    Él se sabe en todas partes, pero lejos de todo, sombra pasante que se mira a sí misma y que reclama:
    “Se me indicó
    que no le añadiera más sal
    ni más especias.
    Que vigilara y punto
    como se vigila a un criminal…
    …Hace mucho debí
    darme cuenta
    que tengo prohibidos tanto
    la cocina oriental
    como dos días felices consecutivos…”
    Hace inventario del desencuentro y la soledad y se reprocha:
    …Seguimos en la lista equivocada…
    …Un circo más que se va sin mí…
    …Nos toca lo de siempre, desafinemos…
    II
    Sólo aquel que busca una sustancia más gruesa, un caldo más fornido se atreve a sacarle muela a un Fender Jazz Bass. –Luego solo queda la soledad–. Porque el miedo se apoderó de la tribu, a la que creímos pertenecer. Luego solo queda el deambular, afilar el ojo para la rapiña y sobrevolar la insana seguridad del prójimo.
    Huele a miedo en el suburbio, y aun cuando el neón no detiene su pálpito y la fiesta de los días simula carnaval y desenfado, todas las máscaras tienen perdida la mirada y lo que de humano tuvieron.
    Hay incertidumbre aquí, ¿quién es el que nos lleva hasta la puerta de hierro que da a la ciudad? ¿Quién es? ¿Y por qué, tan pronto la traspasamos, nos abandona? Allí frente al abismo.
    El poeta confía en el añejo Schindler, sabe que al menos el viejo montacargas aguantará a uno más en su cabina, sabe que no son ángeles los que mueven sus poleas acanaladas y que Dios desertó de este oficio hace mucho tiempo, que dobló la esquina de la calle Broome y desapareció por siempre en la avenida Broadway, dejando al garete los descensos y los ascensos de sus criaturas.
    Pero no hay remedio, pulsa el botón verde y aborda dispuesto a recibir telegramas e infartos.
    “Él sabe que se detendrá en lugares exactos, sin ser ninguno de estos, un lugar exactamente”.
    El chasis de la cabina se sacude, el tablero se ilumina, algoritmos de inteligencia artificial ya han determinado el desembarque, la doble puerta se abre, afuera hay jockeys –ninguno aborda– al fondo la urbe –cualquier lugar, cualquier ciudad es posible–. Sería buena una pausa en la Taberna Lafayette o en la “Nueva Lyra”
    Dice el poeta:
    “Todos los sitios en cada barra, capilla y parque,
    los ocupan hombres y mujeres
    pequeños como jockeys, vestidos como jockeys.
    Son jockeys…”
    Los jockeys deambulan por la ciudad –hay desilusión–, esta ciudad hiede, sabe a Manhattan Transfer, pero esta ciudad es SAN JOSÉ JOCKEY CLUB. Y hay también aquí batallas invisibles. ¿De dónde salen tantos jockeys y que los impulsa a deambular?
    III
    ¿A bordo de qué vehículo se llega a Puerto Desolación?
    Los elementos portantes de este nuevo viaje que nos propone el poeta, no nos refieren a masas máximas autorizadas MMA de 3.500 kilogramos, ni a componentes mecánicos de múltiples ejes, ni a credenciales B4, ni a sistemas hidráulicos reforzados.
    Porque en vehículos pesados a lo sumo tan solo encontraremos una nostálgica y marginal referencia sobre una vieja “White Comamder” y las preguntas: ¿A dónde van los vehículos pesados?, ¿dónde se detienen?, ¿dónde nos detendremos nosotros?
    Para mi gusto, en este nuevo poemario, Alfredo mantiene lo que hay de coloquial en Cartas Sin Cuerpo, lo desgarrador existencial –y lo sarcástico– de Arrullo para la Noche Tóxica, y lo trágico-amoroso de ambos.
    Pero en este nuevo libro, me atrevo a decir, que todos estos elementos característicos de la poética de Alfredo son finamente respaldados por un destilado uso del simbolismo y por un sutil, pero vigoroso, acercamiento a la denuncia social enmarcada y restringida a lo “esferoidal” de lo urbano.
    Por lo tanto, aquí los vehículos pueden ser un lunes por la tarde, como lo pensara Bukowski, un reloj, una bocina, un ataúd, una bufanda:
    Querida Oni, recién he vuelto de la tienda. Son las 11: 15 he usado por primera vez la bufanda que alguien me dio en navidad.
    Si acerco una lupa a tus ojos veré que todos los naufragios están hechos de madera. Compré cosas frías, cosas de abandono. Sé que tu nombre está escrito en alguna parte de las etiquetas.
    “Aquí yace
    el cuerpo de un hombre

    Que tendido bajo la cama

    como un mecánico

    buscó el desperfecto sin hallarlo nunca.

    (Era un clac-clac en la transmisión

    casi imperceptible en el verano

    pero insoportable en el invierno).”

    El poeta empuña la katana y nos dice:
    ¿“…cuántas veces cabe
    el arma más feroz
    en una misma herida.”?

    Desde el Callejón del Gato
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