Ulianov visita a su padre

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Por Sonia González Valdenegro

No es jueves, día que Ulianov acostumbra visitar a su padre. Ni domingo. A veces, los domingos, va a buscarlo por la mañana para que almuerce con él y Mariela, para que disfrute a las niñitas, a las que don Pedro intenta enseñar el juego de buscar palabras en el diccionario. Como lechón, estrella, añañuca.
Es martes. Y Ulianov no irá al gimnasio. Durante la tarde, y mientras resolvía un complicado cálculo financiero, Ulianov pensó en su padre, en su cara mal afeitada, en el temblor de sus manos al coger la botella de vino o en la vibración de su voz al llamarlo niño.
Papá, dijo el pensamiento de Ulianov. Debo ir a ver a mi papá.
De manera que permaneció en el Banco, hasta después de las ocho, sentado frente a la pantalla del computador con la mirada fija en un documento al cual no había hecho rectificación alguna desde la jornada anterior y cuya demora retardaba todo su trabajo. Luego de mirar la hora en su reloj lo apagó, se despidió de un par de afanosos que permanecían hasta entrada la noche trabajando y bajó al estacionamiento.
Le gustaba – ¿de verdad te gusta?, le había preguntado una vez su padre – la sensación de cansancio mortal de aquella hora, especialmente los martes y jueves, cuando no debía partir corriendo a la Universidad y que eran sus dos tardes libres para ir al gimnasio o a la casa de su padre.
¿Por qué si no es martes necesita verlo?
Porque papá puede estar enfermo. Porque tal vez está triste. Porque debe sentirse solo.
Visitará a su padre.
Y una cuarta posibilidad. Porque papá puede haberse metido en un lío. De nuevo.
Es verdad que la última vez conversaron, agotaron el tema de las escapadas de él.
– Ya no puedes irte solo al centro. Ni mucho menos a aquellas reuniones. El día menos pensado vas a regresar con la cabeza rota. Si es que regresas.
Pero no se podía estar tranquilo con él. El viejo se las traía.
Cuando tuvo que sacarlo de la comisaría, meses atrás, se subió a su automóvil amurrado, dispuesto a no darle ninguna explicación.
No le parecía suficiente, al viejo, con haberlo llamado Ulianov condenándolo, de esa manera a todas las suspicacias que debió enfrentar gracias a aquel nombre. Es verdad que, según le explicó un amigo abogado, podía cambiarse aquel nombre por menoscabante, pero aquello habría sido un golpe demasiado fuerte para el viejo.
– ¿Menoscabante? – lo podía imaginar – ¿Menoscabante el nombre de la gran figura de nuestro siglo?
Podría haberlo justificado haciéndole ver que la gran figura había sido derribada de todas las plazas y sus estatuas fundidas para hacer de aquel material algún objeto de ignominia. Pero, puesto que había vivido más de treinta años con aquel sanbenito a cuestas, qué podía costarle llevarlo consigo otros treinta. O cuarenta más.
Visitaría a su padre. Su llegada le haría bien, lo distraería. Y le permitiría a él sacarlo de su pensamiento.
La tarde anterior, como hacía los tres días a la semana que visitaba a su padre para hacerse cargo de mantener su casa en un estado distinto del de la pocilga que fue antes de que la contrataran, Eva telefoneó a Ulianov.
– No se preocupe, joven. El caballero está bien.
¿Y si no estaba bien? ¿Y si repentinamente el viejo había hecho una de las suyas?
Como si hubiera sido poco la infancia que debió soportar junto a él, acompañando a su madre a sacarlo de las comisarías cada vez que un grupo de revoltosos hacía de las suyas, el viejo, no obstante la edad, a pesar del giro violento de la historia hacia la derecha, se resistía a bajar su puño de acero.
– ¿De veras lo encontró bien?
– Sí, joven.
– ¿Se ha tomado las pastillas?
– Sí, joven.
– ¿Lo visitó alguien mientras usted hacía el aseo?
– No, joven.
– ¿Recibió alguna llamada?
– No, joven.
El peor momento fue, lejos, cierta mañana en que apareció de sorpresa por su casa y al entrar encontró en la sala, sentados con los pies sobre la mesita de centro, a dos muchachos, uno de los cuales limpiaba una subametralladora.
– ¿Está usted segura?
A Ulianov, un hombre práctico por encima de todo, le resultaba un buen sistema, aunque algo complicado, el establecido por él para aquella relación. Cierto es que podría haberlo llevado a vivir con él. Estaba tan solo el viejo. O haberle conseguido una habitación en aquellos hogares donde los ancianos comparten el tiempo y disfrutan de la compañía de sus iguales. Pero así, con el viejo habitando todavía la casa de la villa Macul, aunque muy grande ahora para él, se mantenía una ilusión de independencia, y el viejo preservaba aquella sensación tan conveniente de que se las arreglaba solo.
Claro. El viejo no sabía que Eva le entregaba día por medio un informe detallado de sus acciones.
Cada vez que llegaba a verlo, encontraba a Don Pedro regando. Y esperando por él. Aparecía casi de inmediato – como quien ha pasado la tarde pendiente de la hora – y le sonreía secándose el sudor de la frente con la manga de la camisa. Una sensación inevitable, semejante a la exasperación lo atacaba ante aquella visión: su padre ocupado en el jardín como todos los viejos del mundo.
Aunque el jardín era una entretención bastante menos peligrosa que insistir en el tema agotado de la revolución.
Aquella vez, cuando Ulianov encontró a aquellos muchachos armados hasta los dientes, don Pedro no sólo no le dio la explicación que él creía merecer sino que, además, lo embarcó en una difícil operación de salvamento que consistía en llevar a aquellos dos por la carretera en dirección al sur, dejarlos en un camino vecinal y olvidar luego el asunto como si nunca hubiera visto a esos muchachos y mucho menos el trabuco.
Y le había hecho caso, como cuando era un muchacho y lo mandaba a comprar el pan o a dejar un paquete misterioso a la casa de una mujer o a las oficinas cerradas de una fábrica donde los trabajadores que hacían el turno de la noche lo esperaban junto a la reja, le daban las gracias y un tirón de pelo.
– Buen cabro. Saluda a tu padre de mi parte.
Conduciendo, cuando cayó la noche por la carretera desierta, mucho más lejos de donde en principio los muchachos le dijeron debía dejarlos, Ulianov se preguntaba porqué. Y después regresó hablando, todo el camino, dirigiéndose imaginariamente al viejo, reprochándole que a su edad siguiera portándose como un pendejo.
– Un revolucionario, dirás.
– Un revolucionario pendejo.
– Insolente.
Don Pedro dejaba la manguera y entraba en la casa a buscar las llaves. Estaba acostumbrado a que su hijo lo visitara los jueves además de los sábados o los domingos. Aunque para ambos eran preferidos aquellos encuentros de los jueves porque entonces estaban solos y podían hablar. Es verdad que hablar, en el caso de ellos, era una manera de decir. Lo que don Pedro disfrutaba en aquellas ocasiones era compartir un trago con su hijo mientras afuera se hacía de noche.
– Qué tal, niño – le decía golpeándole el hombro.
Ulianov besaba su mejilla sin afeitar.
A don Pedro lo enorgullecía que, no obstante trabajar en un Banco, trabajaba tanto su muchacho – para qué, para quiénes -, Ulianov siguiera visitándolo con rigurosa periodicidad y que en sus incursiones no acusara cansancio al sentarse frente a él y dejar pasar el tiempo. Le gustaba, también que, no obstante las diferencias de método (así las denominaba don Pedro), Ulianov coincidiera con él en que ahora, igual o más que antes, cambiar el mundo de raíz era una necesidad.
– Un mundo donde imperen el amor y la solidaridad. No el poder del dinero.
Había – don Pedro estaba consciente de aquel detalle- cierto tono burlesco en la nueva inflexión de su voz al pronunciar la palabra revolución, pero él había advertido un matiz, un doble significado en todos los gestos de Ulianov, su Ulianov. Era rara, entre otras, la nueva costumbre de hablar de pie como un improvisado conferencista, que había advertido en él las últimas reuniones en su casa, cuando también estaban presentes sus amigos de ahora. E inquietante, necesario era reconocerlo, cierta facilidad en tildar de imbécil a demasiada gente.
Una vez adentro, don Pedro iba a la cocina y preparaba para su hijo un vaso de whisky. Sabía que a esa hora Ulianov no bebía otra cosa y que le gustaba con dos cubos de hielo. Escogía para sí un vaso pequeño, de vidrio corriente y vertía en el interior una medida de la botella de vino abierta.
– Prescripción médica.
Y se sentaban en la terraza.
Durante el último tiempo el tema entre los dos se había ido agotando. Don Pedro preguntaba por las niñitas y por Mariela. Ulianov, y esto alarmaba a su padre, no parecía saber demasiado de ellas. Los fines de semana, cuando ellas lo acompañaban en su visita, eran las ocasiones en que su hijo parecía más ausente, como si su espíritu hubiera quedado en otro lugar. A don Pedro le costaba pensar aquello a través de la palabra espíritu, pues él sólo admitía la constancia de la materia, pero sabía también que a lo imperceptible debía mencionársele de alguna manera y espíritu era mejor que alma o que psique.
Si Ulianov lo visitaba realmente, eso sucedía los jueves. Estaba ahí, con los cinco sentidos, aunque sus sentidos estuvieran un poco menguados a causa del trabajo y de los estudios a los que lo forzó la gente del Banco.
– ¿Por qué no te niegas a ir a ese curso? Tú ya fuiste a la Universidad. Y tu familia te necesita.
– Porque es sí o sí, viejo. Nadie me está preguntando si quiero hacer el diplomado. Me están diciendo, con sus mejores modales, que puedo tomarlo, pero que si no lo hago me tengo que ir.
– Eso me parece muy raro.
– El Banco no es la empresa de Ferrocarriles, viejo.
Don Pedro no se ofendía con aquella referencia al trabajo que tuvo desde que llegó a Santiago y hasta que jubiló, y gracias al cual educó a su hijo y compró aquella casa por cuyos rincones podía vagar durante las largas jornadas que aprendió a llenar gracias a los detalles que dejaron en ella los que ya no estaban. Su mujer. Y Ulianov. Fue un buen trabajo. Nadie lo obligó a estudiar algo que no quisiera, y cuando lo hizo fue por su propia decisión y porque don Pedro tuvo y seguía teniendo una voluntad de tren, un enorme animal dispuesto a embestir con lo que se pusiera por delante.
– Estás cansado, niño.
Nadie lo llamaba así. Ni siquiera don Pedro, cuando había alguien presente, aunque se tratara de Mariela. Si don Pedro le decía niño era porque quería hacerlo suyo; aquel apelativo encubría su inútil deseo de devolver el tiempo. Era una triste compensación, una revancha, pero a ninguno de los dos hacía daño. Ulianov seguía llamándolo papá delante de todo el mundo, y viejo, cuando estaban solos. Jamás había dejado de saludarlo con un beso en la mejilla, pero cuando su padre le decía niño su ánimo se venía abajo de golpe y lo invadía una rabia difícil de contener cuyo destinatario no era don Pedro sino todos los demás, especialmente la puta vida que los había dejado solos en aquella isla.
– ¿Te pasa algo?
Debía decírselo. Necesitaba preguntarle si era feliz. En el fondo, aunque no se lo propuso deliberadamente, si se dirigía hasta su casa aquella tarde y no en el gimnasio era porque lo acuciaba la urgencia de preguntárselo.
– ¿Estás bien, viejo?
La conversación sincera, entre un padre y un hijo – lo sabía por experiencia propia y porque lo había hablado con el geriatra que lo trataba – no era fácil. Se trataba de una barrera difícil de sobrepasar. Aunque no imposible.
El viejo creía que trabajaba demasiado, que debía dedicarle más tiempo a las niñas y a su mujer. Y, de pasada, a la causa.
– A cualquier cosa que te saque de tu condición de individuo – le había dicho una vez.
– Es que yo soy un individuo, viejo.
– Eres una persona, muchacho. Nunca lo olvides.
Viejo cabrón. Lo decía mientras manejaba. Así que para ser persona había que andar por las calles gritando con un altoparlante o recibiendo a terroristas en su casa. ¿Para qué? Claro. Para que después el guevón de su hijo los pusiera en algún lugar. No se preocupen, chiquillos, este es Ulianov, mi hijo, él los va a llevar a un sitio seguro.
De manera que, claro, don Pedro tenía razón cuando luego de conocer a Eva – Eva fue con su hijo una mañana de invierno y lo saludó cortésmente estrechando su mano -, acusó a Ulianov de haberle instalado una espía en casa.
– Sí, viejo. Quiero que te jubiles de revolucionario.
– Jamás.
– Por lo menos que te jubiles de protector de terroristas.
– No son terroristas.
– Lo que sean, papá. Quiero que te jubiles.
– Un hombre nunca se jubila de la vida.
Viejo cabrón, se decía, aunque el recuerdo de aquello lo hacía sonreír. Porque cuando el viejo hablaba de esa manera había en él tal dignidad y determinación que, mezclado con un sentimiento de piedad lo hacía experimentar un orgullo desmedido. Incluso, la memoria de aquel sentimiento le oprimía el pecho, igual que una coraza.
– Si crees que me voy a entregar porque me pones una espía en casa, te equivocas.
– No es una espía, viejo.
– Un hombre nunca se entrega.
– No pretendo que te entregues, papá.
– Un hombre sólo se entrega por amor.
De manera que tres de los siete días de la semana, la situación estaba bajo control. Eva se encargaba de ello. Y los otros días él, personalmente se preocupaba de echar una mirada en la casa para verificar que las cosas estaban en orden. Hacía, Ulianov, vista gorda de las publicaciones que su padre recibía o compraba en el quiosco de la avenida Macul, a dos cuadras de su casa y hasta donde su padre se movilizaba todas las mañanas para saber cómo iban las cosas y hablar con el compañero Tagle. Tagle era otro que bien bailaba. Pero Ulianov no podía prohibirle al viejo aquellas juntas. Ya se lo podía imaginar.
– ¿Así que Tagle no me conviene?
– No te conviene.
– ¿Y de cuándo acá me vas a decir tú a mí qué es lo que me conviene? ¿Acaso yo te prohibí alguna vez que cultivaras una amistad?
– No, viejo…
– La amistad, niño…
Etcétera.
Podía confiar en Eva. Era una mujer madura, seria y de buen carácter. Antes que a don Pedro había cuidado de la madre de uno de los gerentes del banco. Aquella mujer era el polo opuesto de su padre. Y sin embargo Eva se las arregló con ella tan bien como con don Pedro.
Porque conforme fue transcurriendo el tiempo, don Pedro dejó de aludir a ella como la espía que me pusiste para llamarla aquella mujer, la señora Eva, la gorda.
Su padre era sí.
– ¿Y habla con usted, señora Eva?
– Por supuesto. Viera cómo habla.
– ¿Y de qué le habla?
– De don Elías. De las salitreras. De usted, joven.
– ¿Y de mi mamá?
– De ella casi no habla.
Raro. Porque don Pedro y su mujer fueron de esos matrimonios ejemplares que había antes, cuando las mujeres seguían a los maridos – así gustaba decir a don Pedro – y luchaban junto a él. La madre de Ulianov, doña Victoria (tiene nombre de reina ésta, decía don Pedro) lo acompañó en relegaciones, cesantías, cárceles y apaleos.
Pero el viejo parecía haberla olvidado. Cuando Ulianov mencionaba a su madre, don Pedro, para seguir la conversación la nombraba como la madre de usted, niño.
Y tan preocupado el viejo ahora porque estimaba que él descuidaba a Mariela y a las niñas. Como si él hubiera renunciado a una hora de sindicato o célula por ellos.
Ulianov estuvo a punto de estrellar el vehículo en las esquinas de avenida Macul y Los Plátanos.
– Maneja con cuidado, baboso – le gritó otro conductor, que se dio a la fuga.
Ulianov detuvo el vehículo y comprobó que sus manos estaban temblando.
“Tranquilízate, Ulianov”, se dijo.
Ni siquiera un segundo nombre, con el cual encubrir ese. Un nombre cristiano, como el que tenían todos en el banco y antes en la universidad y todavía antes en el colegio y en el kindergarten.
– ¿Cómo dijo que se llamaba, señor?
– Ulianov. Ulianov Méndez.
– ¿Y qué nombre es ese?
– Es ruso.
– Ah. Sus padres deben haber sido comunistas.
Cómo no. Y su padre lo seguía siendo. Si él se descuidaba, el viejo se mandaba a cambiar a alguno de aquellos sindicatos donde se reunían los viejos tercios del frente popular en la avenida Vicuña Mackenna. Si dejaba de verlo alguna tarde recibía a un grupo de asaltantes. O de secuestradores.
Sin ir más lejos, años atrás, cuando secuestraron al hijo de un conocido empresario, Ulianov ingresó a casa de su padre a las dos de la mañana – no pudo esperar al día siguiente – y revisó, pieza por pieza, con el olfato muy atento, la presencia de aquel muchacho.
– ¿Y? ¿Tranquilo? – preguntó el viejo.
– Tranquilo. Buenas noches, viejo.
– Buenas noches, niño.
De manera que ahora no estaba dispuesto a ceder.
Detuvo el vehículo frente a la casa. Bajó, cerró las puertas y aseguró el automóvil con la alarma.
– Tanta alarma, digo yo. Como si los ladrones en este país anduvieran en la calle.
– Seguridad, viejo. Seguridad ante todo.
Iba a tocar el timbre, dispuesto a ver aparecer al viejo con la manguera, pero un impulso lo retuvo.
Utilizó su llave, la que le había permitido aquella vez, sorprender a los muchachos de la subametralladora.
Y entró. Despacio. Avergonzado. Se dirigió silenciosamente a la sala de estar, donde en el viejo tocadiscos sonaba un tango, aquel que su padre ya no cantaba porque había ido perdiendo la voz de antes. “Hoy sos toda una bacana, la vida…”
Se dirigió, por el pasillo hasta el dormitorio.
Y empujó la puerta.
Cuántas veces había pensado, imaginado un instante como ese; abrir la puerta del dormitorio y encontrarlo muerto, dormido en un sueño sin retorno ni dolor.
Pero don Pedro estaba vivo. El leve ronroneo de su siesta era un signo vital. También lo era el calor que despedía aquella habitación. Y el rostro sonrosado de Eva, también dormida, en los brazos de él.

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