Concierto (v)

el

Por Joan Bernal

A Ingrid Brenes

Un lazo sepultado en la tierra hay en mi carne,
una frescura gastada de nieve,
una lira sanguinaria en los poros,
un surtidor de mañanas y peces,
un drenaje –en la frente– de soles,
un torrente de olvido en la boca,
una herida lunar en las manos,
un camino en el pecho terrestre,
una llama en el alma lacustre,
un incendio en el rostro suplente,

Yo,

¿el abanderado natural de las palabras?
llevo en mí incrustado el llanto animal,
un choque poderoso de cuchillos en mi sangre,
el barro amarillento del invierno en los brazos,
la hoja recién mojada de junio en la lengua,
la inteligencia mediana del hombre en las calles,
el viento emboscado de la lluvia en la cara,
la intimidad manantial del arrecife en los ojos,
un manso fulgor de estrella en la sombra,
el nuevo tambor de tormenta en los latidos,
como una nube mi voz se hace y se aleja,
tengo al Universo por corazón y anatomía

Yo

como cualquier otra lengua entusiasmada,
respiro exhalaciones;
delirantes interrupciones en el alma,
como cuando deseoso
asisto a la comunión con todo
en el mercado
suficiente y necesario
de las ansias
siento que mi pelo
se recrea en el instinto
de la verdura húmeda
y en corpulencias siderales
mis piernas se congelan
de trazos y caminatas;
Soy cualquier sonido
que divulgue el mundo,
todos los confines de mi ser
–como el agua
se recrean los dibujos del tiempo–
aparecen rehaciéndose entre pausas.

II

A algún destino de polvo iré
en un intacto caballo de flores
como un arriero de sueños constantes
por una dicha de inquieta frescura
como el silencio del muerto obcecado
¿a arrebatar la injusticia
en las bocas,
a amordazar el deseo en los hechos?

Yo

que poseo el tibio arrullo de las mieles
¡como en piedra los combates del dolor
me despertaron!
Cada día, temo
acabar esta caricia
que me reintegra las manos
que me devuelve las siglas,
que me reinventa la luna,
después del largo vilo de la muerte
todavía,
hay polvaredas dejadas en mi torrencial espalda,
un libro hecho en la arena
que reza: DIOS, el vivo
volverá…
y el mar amparado en su lengua me delata,
tengo de mandriles la alegría
desgarbada,
del roble el limpio ruido
de su copa acechándonos,
del líquen el copioso
furor por ser perpetuo,
de las langostas el gusto
por las salidas rancias,
del humano
¿el don fecundo de decir:

Yo?

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