En busca de historias

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Por Cristina Castillo Martínez

¿Se han preguntado alguna vez por qué nos gustan tanto las historias? ¿Qué clase de mecanismo se activa en nuestra mente y en nuestra sensibilidad para que las busquemos en los libros, en el cine, incluso en cuadros o canciones, además de en múltiples testimonios orales? No hablo de casos concretos, pues está claro que unas nos atraerán y otras no nos causarán ningún interés; sino que me refiero al placer por el relato en general, ya sea leído, escuchado o contado. Y es que la narración es algo inherente al ser humano. Nos gusta presenciar, cuando no, protagonizar vidas que no son las nuestras. Puede ser que las busquemos guiados por insatisfacción, por el deseo de ver en otros (generalmente mejores y más guapos que nosotros) los logros que, de momento, no hemos alcanzado y que tanto anhelamos; los talentos de los que no quiso dotarnos el cielo. Puede ser que las busquemos para evadirnos de una realidad que se nos antoja hostil, tal vez aburrida, quizá monótona. Pero puede que simplemente recurramos a ellas por el mero placer estético de degustar una obra de arte, y por el placer único de sentirnos atrapados en una narración que nos adentra en los vericuetos más inesperados del sentimiento, sin que ello conlleve ninguna responsabilidad.

No sé si fue uno de estos motivos –u otros que aún desconozco–, lo que me llevó hace un par de semanas a ver la cinta de Joseph L. Mankiewick, El fantasma y la señora Muir (1947). Una magnífica historia –y muy bien contada, que lo uno sin lo otro no tiene efectividad– sobre una viuda que alquila una casa junto al mar llamada “La Gaviota”. El inmueble fue propiedad de un marinero cuyo fantasma se aparece a todo aquel que quiere ocuparla. La joven señora Muir no sólo no se deja arredrar por estas “fantasmadas”, sino que incluso llegará a entablar una interesante y peculiar amistad con el capitán Greg, interpretado por un contundente Rex Harrison que años después nos sorprendería con sus dotes musicales en My fair lady (1964), no sin antes meterse en la piel de Julio César en Cleopatra (1963), también de Mankiewicz.

Este solo es el planteamiento de una obra muy bien contada. De otra manera no resultaría verosímil la relación con un fantasma (eso sí, sin sábanas blancas, ni grilletes en los pies). Un fantasma convertido en lobo de mar, o mejor dicho, un lobo de mar hecho fantasma, metido a escritor, bromista y malhumorado, generoso y enamoradizo, que emerge no del mar sino de un inquietante cuadro con su retrato.

La película se proyectó en la biblioteca pública de una ciudad con unos 110.000 habitantes. En la sala estábamos cinco personas: el organizador, el presentador, dos amantes del cine de Mankiewick, y servidora. Los asientos vacíos provocaban tristeza y rabia. Dicen que no son buenos tiempos para el cine clásico, para historias en blanco y negro, y este parece ser un caso claro; pero no, no me voy a enredar en lamentos tópicos por la crisis del arte. Quiero pensar que esos potenciales espectadores aquella tarde buscaron historias (y puede que hasta mejores) en otras direcciones.

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