Lo saben los gatos

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Por Jorge F. Hernández

Los escritores entrañables son eternos. Lo saben los gatos: su intemporalidad se fragua con la honestidad intelectual con la se enfrentan a la página en blanco, todos los días, escribiendo incluso cuando no escriben. Lo supo un felino que vio pasar a Francisco de Quevedo por un callejón oscuro del viejo Madrid y lo supo Beppo, el gato de Borges, impávido en medio de un sendero de jardines que se bifurcan… y lo saben todos los gatos con todas sus vidas que hoy lloran la muerte de Carlos Monsiváis, omnipresencia en la cultura mexicana, personaje multifacético, protagonista en cómics y en persona, ensayista de cepa, cronista por antonomasia, coleccionista encomiable que le deja a la Ciudad de México su Museo del Estanquillo, poeta que abandonó sus propios versos para volverse atento lector de toda la poesía, testigo y cronista de la invasión de Guatemala en 1954, el 68 y su Tlatelolco, el terremoto de 1985, la rebelión neozapatista, los descalabros del neoliberalismo, la narcocriminalidad que azota a México y todos los etcéteras, polemista sin gritos, crítico agudo y punzante, defensor de todas las causas que merecen apoyo, antologador de volúmenes indispensables, sarcasmo-ironía-sátira en la saliva de un escritor que distinguía con ingenio ejemplar la diferencia entre el sentido del humor y la chistosada, parlante incansable y atinado de cientos de programas de televisión y de radio, todas las entrevistas posibles, todas las imposibles mesas redondas, memoria de una ciudad y sus siglos, de un país y su cine, la enciclopedia del bolero, biógrafo de Amado Nervo y Pedro Infante, por igual, termómetro de la cultura andante, reconocido por taxistas, así como por los propios asaltantes que lo robaron en un taxi…

Monsiváis como ancho mural que va desde la voz fingida que contesta el teléfono para negarse a sí misma contestar en persona y el autor de libros fundamentales para cualquier intelecto, aunque hemos de subrayar que no fue autor fácil ni chabacano, sino escritor que honraba —al interpelarla con sabias palabras— a la inteligencia del lector. Monsiváis el autor de Amor perdido, Escenas de pudor y liviandad, Entrada libre, Los rituales del caos, Salvador Novo, Aires de familia… Apocalipstick y textos inéditos que irán sumándose a esa imposible edición de sus Obras Completas y Carlos, el paseante que podía dedicar mañanas enteras a recorrer librerías de viejo y discotecas en busca de una canción olvidada por todos.

Hoy nace el siguiente lector de Carlos Monsiváis al que tenemos la obligación de contagiarle, sea entre carcajadas o conmovida gratitud, ese rico afán de poner en evidencia las estupideces de los políticos y los abusos de los empresarios, desnudando por igual a todos los que creen siempre tener la razón y los que siempre tienen que salir ganando, con ese recurso que ya se volvió coloquial y de sobremesa que aprendimos a través de Por mi madre, bohemios, invento nacido en el fragor del verano de 1968. A esas nuevas generaciones de lectores habrá que subrayarles lo mucho que hizo el Cronista por el espacio, respeto y lectura que se le guarda hoy en día a la crónica como género; hoy que jóvenes escritores y otros ya cuajados como herederos de su tradición pueden publicar sin cortapisas crónicas sobre lo que sea, cuando Monsi abrió esos espacios poniendo en ojos de México sesudos y bien escritos paseos verbales por el mundo de una cantante popular, un fotógrafo desconocido hasta entonces, una alcantarilla que se vuelve inundación o una causa que va más allá de sus marchas… y subrayar que Monsi fue el primero en distinguir que allí donde la Resistencia Pacífica se volvió un estorbo, había que declarar su irrevocable necedad.

Sobre Carlos Monsiváis han escrito y hablado muchas voces, tantas como el polifacético y variopinto mural de deudos que desfilaron ante su féretro: es espejo de lo que pasa con autores ecuménicos: a Monsi lo leía el Pueblo y los mismos funcionarios que salían ridiculizados en sus columnas, quizá porque Monsiváis era el historiador sedentario que “leía bibliotecas más que libros” y el cronista andante que percibía la temperatura de las palabras como quien los tatuajes de los saltimbanquis en un semáforo o las coreografías en cemento de los niños de la calle. Muchos otros hablarán y escribirán sobre él y sus obras… aquí quiero citar a Octavio Paz:

“El caso de Monsiváis me apasiona: no es ni novelista ni ensayista sino más bien cronista, pero sus extraordinarios textos en prosa, más que la disolución de esos géneros, son su conjunción. Un nuevo lenguaje aparece en Monsiváis —el lenguaje del muchacho callejero de la Ciudad de México, un muchacho inteligentísimo que ha leído todos los libros y todos los cómics y ha visto todas las películas. Monsiváis: un nuevo género literario.”

Las apariencias engañan, dicen algunos gatos cuando ven acercarse una mano con falsa caricia que pretende jalarles la cola como quien sueña domar un tigre. Parecía que esa voz que contestaba el teléfono era realmente la de la atribulada señora que informaba que Monsi no se hallaba en casa y parecía que ese personaje de canas al aire y mezclilla, prógnata y lentes inmensos, caminaba y leía, paseaba y escribía como unidad, cuando en realidad se sabía que se clonaba en muchos Monsis, capaz de asistir a tres presentaciones de libro a la misma hora y en lugares distantes, único colaborador de todas las publicaciones posibles que obligaba a unas cuantas a tener que anunciar en la portada que “en esta revista no colabora Monsiváis”.

José Emilio Pacheco declaró que en 2038 habríamos de celebrar el Centenario de Carlos Monsiváis: que en ese futuro habríamos de recordar que se publicarán 498 textos por año sobre él y su obra, que él mismo impartía 329 conferencias al año y 1,524 entrevistas, que se sabe de memoria las más de diez mil piezas que conserva su Museo del Estanquillo y que en ese futuro imposible, al develar él mismo “su estatua ecuestre en la Plaza Garibaldi, un babalo de Guanabacoa le predijo que aún le esperaban el Premio Cervantes 2012, el Príncipe de Asturias 2015 y el Premio Nobel 2018”… ese futuro es ya hoy doloroso presente y me uno a una gratitud colectiva, no exenta de sincera consternación. Gracias, Carlos y Monsiváis por la generosidad personal con la que abriste tantas oportunidades para escritores en ciernes y gracias por tus párrafos de testimonio, entereza crítica, experiencia probada, pluma indolente, irónico, siempre solidario y también la compasión… que reconocen los gatos.

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