La primera lluvia

Por José Abdón Flores

Finalmente la temporada de lluvia se anunciaba. La presión ambiental había encontrado luego de los meses de sequía la rendija por la cual fugarse, disminuyendo su intensidad y permitiendo así la condensación del agua. Nubes errabundas se conglomeraron poco a poco y ensombrecieron el cielo, a la vez que el viento comenzó a mecer violentamente los árboles y a limpiar las calles de basura plástica. Era un hecho, llovería.

Mi madre me ordenó abrir la cisterna para colectar un poco de esa agua primordial que inauguraba la estación. Esto lo venía haciendo mi familia desde hacía varios años. Mi abuelo, cuando aún vivía, siempre aguardaba impaciente como ave de presa la llegada del primer aguacero. Nunca se hubiera perdonado dejarlo pasar sin abrevar con sus gotas las entrañas resecas de la cisterna. Así lo enseñó a sus descendientes pues así se lo habían inculcado sus antepasados. Era una costumbre que se legaba casi como el apellido: guardar algo de la primera lluvia.

Bajé al patio, y levanté la pesada escotilla del reservorio. Los goznes oxidados proyectaron una resonancia metálica que se amplificó como un quejido en una caverna. El eco generado fue el indicio de que la cisterna estaba seca. Unos días antes mi padre se había dado a la tarea de limpiarla. No era extraño que después de un período sin usarla insectos y otras alimañas encontraran en esa cómoda oscuridad un refugio. La negra boca quedó abierta dirigiendo sus fauces al cielo tormentoso. En pocos minutos su sed sería apagada.

Sucedió que la lluvia inaugural no fue una magra llovizna sino una tempestad que cubrió los cielos, vertiendo raudales de agua sin dar tregua al primitivo sistema de drenaje. Las calles pronto se convirtieron en arroyos que amenazaban con desbordarse; en algunos puntos aún se atisbaban las anegadas banquetas, desniveles caprichosos que conferían a la corriente una mayor turbulencia. Los árboles parecían sucumbir debido a las ráfagas de lluvia y a las corrientes desbocadas en tierra. Era cuestión de minutos para que los primeros cayeran abatidos, dando al entorno una ominosa aura de desastre.

La fuerza de la lluvia alcanzó tal grado que llegamos a dudar de la resistencia del techo. Era como si de pronto la casa hubiese sido colocada bajo el vapuleo constante de una catarata. Las primeras goteras confirmaron nuestra desconfianza. El agua del cielo y la que se colaba por el zaguán desde la calle comenzaron a inundar el patio. Por fortuna, recordé, la cisterna estaba abierta; no tendríamos problemas hasta que su capacidad fuera rebasada, si es que antes la estructura de la casa no cedía. Comprendí que lentamente nos adentrábamos en un ambiente de tragedia.

Habían transcurrido un par de horas desde las primeras gotas cuando súbitamente, como si los veneros celestes hubieran menguado, la intensidad de la lluvia declinó. Había oscurecido y los ruidos caóticos del exterior nos impedían establecer con certeza si era verdad lo que deducíamos por el menguante repiqueteo en el techo. Minutos más tarde, por fortuna, la lluvia terminó del todo. Su imponente presencia era representada ahora por todos aquellos destrozos logrados tras batir con ímpetu la tierra. Mis padres y yo nos observamos en silencio sin saber qué decir; por mi cabeza pasó fugazmente la idea de haber sobrevivido a un nuevo diluvio.

–Bueno, terminó de llover –dijo nerviosamente mi padre, aunque ni él mismo parecía estar convencido de que eso fuera cierto. Tal vez vivíamos un estado de artificio generado por nuestras mentes agobiadas luego de la tempestad.

La cisterna estaba llena y el patio inundado. En la calle, un poderoso caudal barría el pavimento y las aceras, arrastrando en su seno los innumerables trofeos que había ganado. Imaginé una vista aérea de la zona: una Venecia en desnivel cuyas arterias fluviales se desaguaban con violencia.

Cuando fue evidente que el nivel del agua había descendido en el patio, barrimos los charcos que se habían formado en la planta baja. Puesto que la tormenta nos había dejado sin electricidad, una vez que terminamos de barrer comimos algo y, sin mayores ánimos, fuimos a dormir.

Esa noche, el temor de que la lluvia hubiese vuelto me despertó en varias ocasiones. Los rumores acuáticos del entorno llegaban amplificados en el silencio nocturno: pasos que recorrían la calle inundada, voces lejanas que parecían reclamarse entre ellas, insectos desquiciados en busca de refugio… Pero, especialmente, un sonido recurrente era el que percibía en mi desvelo, como el de un cuerpo que reptaba con torpeza por el patio, quizá una cría de foca sustraída de su nada lejano mundo costero por aquel coloso meteorológico, y que ahora agonizaba tras una brutal caída. Pese a ello, conseguí dominar mis delirantes nervios y me volví a dormir.

Por la mañana contemplamos la inmóvil escena de la destrucción. La crecida había arrastrado innumerables objetos por las calles oblicuas, convirtiendo la entrada de las alcantarillas en basureros. Tierra tamizada, casi arena, se había acumulado en el arroyo, como si un numeroso grupo de gambusinos hubiera esculcado la zona durante la víspera y dejado los desperdicios de su empresa a manera de advertencia. En el jardín encontré nidos arruinados por la humedad; algunos guardaban en su interior cadáveres de crías, tétricos detalles de una composición más compleja. Subí al techo para comprobar su resistencia. El concreto aún estaba húmedo, el agua había conseguido infiltrarlo y ocasionar aquellas goteras que nos hicieron presentir el colapso. Desde lo alto, advertí el oscuro acceso de la cisterna, aquella ávida boca que había logrado saciar con creces su interior.

Ayudados de cubetas, mis padres y yo extrajimos el exceso de agua de la cisterna. Esperábamos que estuviera sucia, pero no que presentara aquella consistencia gelatinosa que descubrimos al esparcirla sobre el suelo. Coágulos translúcidos o fragmentos hialinos de algo la habían convertido en una densa nata cristalina, un caldo que amenazaba con cuajarse.

Sin embargo, conforme seguimos achicando, el agua recobró su densidad regular. El contaminante aquél había desaparecido y el líquido que sacábamos sólo estaba enturbiado por la tierra. Cuando terminamos, mi padre dijo estar exhausto por el cubeteo, y entró a la casa; mi madre, no menos cansada pero con más resolución, fue al traspatio a revisar sus plantas.

Permanecí en cuclillas frente a la escotilla, viendo las suaves ondas que habíamos generado en el interior del depósito y los juegos de luz que luchaban por abrirse paso en el agua turbia. Se me ocurrió que al abuelo, de seguir vivo, le agradaría contemplar la cisterna rebosante aunque fuese de aquel caldo cenagoso. Con seguridad ésa había sido la inauguración pluvial más fértil jamás vista por mi familia. Reflexionando sobre este dudoso privilegio, me dirigía para ayudar a mi madre cuando escuché a mis espaldas aquel sonido que había percibido por la madrugada y que había asociado al de un animal moribundo. Provenía de la cisterna, del interior. Regresé al borde de la escotilla y noté que la agitación de las ondas había aumentado. Quizá –eso era común– el vaivén del líquido se había armonizado, logrando generar una pequeña ola cuyo golpe en el interior del depósito provocó el ruido. Mientras aguardaba, lo escuché una vez más amplificado por el eco subterráneo. Era sólo eso, el romper de aquellas olas encerradas.

Una calma abrumadora reinaba al atardecer; nadie hubiese creído que veinticuatro horas antes había ocurrido un vendaval. Inclusive mis padres se habían relajado en buena medida, y sus rostros eran incapaces de reflejar otro aspecto que no fuera el de la serenidad. Lejanos habían quedado los instantes en los que verlos era ver el presagio de una catástrofe ineludible.

La conversión del día en noche ocurrió tan sutilmente que apenas la notamos. De pronto, la oscuridad cubrió el cielo dejando relucir una miríada de rutilantes estrellas, en tanto nubes violáceas desaparecían en el horizonte.

Subí temprano a mi recámara agotado por los quehaceres del día. Pese a la fatiga me resultó complicado conciliar el sueño. En la oscuridad, inconscientemente, seguía convocando el estado caótico de la tarde anterior. Razoné que era debido a un incipiente estado de trauma del cuál no había logrado salir. Seguramente nadie en la zona había sido inmune a ello; en esos momentos, al igual que yo, tal vez se debatían insomnes por la secuela que nos había dejado el vendaval.

Si bien se presentó el sueño, éste fue intranquilo e irregular como el de la noche previa, con sobresaltos que me despabilaban por segundos para luego regresarme a un trastornado descanso. De nueva cuenta, la única perturbación que logró despertarme definitivamente fue aquella de un objeto al arrastrarse. Sólo entonces recordé que no habíamos cerrado la cisterna, al menos yo no lo había hecho. Supuse que el movimiento del agua había originado de nueva cuenta aquella marea en el interior. Como no deseaba tener ese cavernoso rumor de fondo, bajé para cerrar la escotilla.

Al llegar al patio, escuché con claridad el murmullo de una inmersión. Por muy activa que fuese la marea dentro del depósito, no conseguiría difundir tal ruido. Fui por una lámpara convencido de que las turbulentas nubes habían transportado en su seno algo más que vapor y cargas eléctricas. No es raro que peces, batracios u otros animales ligeros sean acarreados tierra adentro desde las costas por las violentas masas de nubes en convección.

Indagué con el haz luminoso las aguas cenagosas de la cisterna sin poder distinguir la fuente de los ruidos. Entonces recordé la baba que cubría la parte superior del reservorio cuando achicamos su contenido. Al arrojar el fluido contaminado sobre el piso, se producía un rumor similar a la explosión de una bolsa con líquido. Miré desconcertado el firmamento. El desorden de las estrellas me hizo concebir una constelación en forma de medusa. ¿Acaso la tormenta había raptado de su medio acuático a uno de estos organismos? Un Ícaro sin propulsión que después se precipitó a los terrenos de mi hogar. Podían haber sido muchas, un cardumen de medusas elevadas hacia otra dimensión por la tempestad. Eso explicaría la jalea que habíamos derramado. Era posible la supervivencia de una, que ahora colonizaba la cisterna.

Regresé a mi habitación inseguro de aquellas elucubraciones febriles. Tal vez, sencillamente imaginaba todos esos ruidos, un rastro más de la psicosis que nos había dejado el temporal.

El día siguiente salimos de casa para visitar a unos familiares. Esto logró esconder aún más en nuestras cabezas el recuerdo agresivo de la lluvia, toda vez que nuestros parientes eran personas de carácter alegre y muy dados al festejo. Desde el principio las risas afloraron en todos y no desaparecieron sino en breves momentos de tregua cómica. Al concluir la visita, creo que nadie tenía ni remotamente presente lo sucedido un par de días atrás.

Esa noche, sin embargo, al enfrentarme con la incapacidad para dormir, distraído especialmente por los ruidos en el patio, comprendí que no sería del todo fácil olvidar algo que cobraba vida durante la noche. Para empeorar mi situación, comenzó a llover. Mantuve el insomnio, temeroso de que la lluvia alcanzara las dimensiones titánicas de dos días antes. Felizmente, no parecía ser el caso. La lluvia caía con sigilo, casi como un arrullo, componiendo un ritmo hipnótico, letárgico, una infalible canción de cuna cantada por un aya mesiánica.

Ignoro cuándo me dormí. El hechizo de la llovizna, que eso había sido y no una lluvia demencial, me había vencido sin darme cuenta. Desperté de madrugada. Lo primero que advertí fue un llamativo fulgor en el techo. Me volví hacia la ventana donde el resplandor era más intenso. ¿En qué estado de psicosis me encontraba? Temí por un instante que la tempestad me hubiera transmitido el germen de un estado alterado que revivía al regresar la lluvia. ¿O acaso nunca había dejado de llover? Aquellos sucesos de calma y posterior inquietud bien podían ser simples espejismos que mi mente construía para rescatarme del diluvio interminable.

Me incorporé y fui a la ventana. La figura improbable que observé en el patio me hizo sonreír con nerviosismo. No era foca ni medusa, no era ningún animal costero. Era un ser antropomórfico, diría que una mujer que, sentada al borde de una piscina, patalea en el agua bajo la mirada aduladora de varios pretendientes. Abrí la ventana convencido de que el aire fresco eliminaría la insana pesadilla de mis ojos. Al percibir el ruido, la criatura luminosa se zambulló con habilidad. Aguardé unos momentos mientras alumbraba el patio con una linterna, convencido de que aún soñaba segundos antes. Ya daba por cierto que había sido víctima de la ilusión, cuando un globo fulgurante comenzó a emerger poco a poco de la boca del depósito. La cabeza de la criatura, como una luna llena a medio salir, ascendió con cautela. Cuando se asomó por completó, decidí hablarle.

–¡Fuera de aquí! –fue lo único que mi atribulada razón logró expresar como bienvenida a la improbable criatura.

La fosforescencia desapareció de inmediato en el agua.

Cuando vi a mis padres por la mañana, nada les comenté sobre mi encuentro nocturno. De haberlo hecho, seguramente les habría preocupado mi salud mental. Por otro lado, seguro de que algún estado catártico era la razón de tan insensato vislumbre, aguardé, aunque un tanto desconfiado, la llegada de la noche para corroborar esta conjetura.

Aquélla, fue una noche serena, sin lluvia ni característica alguna que la distinguiera de tantas noches en mi vida, hasta que desperté sobresaltado en la madrugada, jadeando como si acabara de pasar un rato bajo el agua y ansiara llenar de aire mis pulmones. Vi casi con tristeza el resplandor en el techo, una aurora con matices nefastos para mi razón. Más controlado, fui hacia la ventana, y esta vez no suavizó mi rostro la sonrisa que la ocasión anterior había aflorado cuando descubrí el origen de aquella luz. Ahí estaba la criatura délfica, en aquella pose de diva tomando el sol. Con cuidado, abrí la ventana para impregnar mi cuerpo de aquel insano resplandor, tal vez así terminaría por aceptar su fuente. La figura amagó con zambullirse; esta ocasión lo hizo a medias, dejando expuesto el torso que, diría, lo llevaba desnudo. Un par de senos esféricos fulguraban en su pecho. Tímidamente, como si hubiera sido descubierta en algún acto prohibido, empezó a volver lentamente la cabeza hacia donde yo estaba. Al encontrar mi semblante reprobatorio, acabó de sumergirse. Esta vez, consciente de que su existencia era inevitable, real, decidí aceptarla.

–¡Oye! –le grité, tratando de suavizar la voz–. ¡Regresa!

Su cabeza emergió lentamente de la cisterna, como si fuera un animal travieso. Me miró, pero al encontrar mis ojos se sumergió ligeramente. Quizá nunca había visto una mirada humana, y una de alguien enojado debía parecerle peligrosa, afilada. Guardé silencio. Esto pareció gustarle pues fue sacando su cuerpo fosforescente por encima del líquido, desafiando la gravedad al igual que una cobra hipnotizada. Cuando estuvo casi del todo afuera, depositó sutilmente su menudo cuerpo sobre el piso y emitió aquel sonido de una foca al arrastrarse. Probablemente sus extremidades estaban atrofiadas.

El silencio parecía ser la única condición que la criatura prefería. En aquel escenario, semejábamos una pareja de insomnes enamorados: yo, desde el balcón, ella, en un patio sin vigías. Ante la incapacidad que la fascinación me había transmitido, decidí regresar a la cama y murmuré un “buenas noches” más irónico que afable. Al cubrirme con las mantas distinguí en el ambiente el ya familiar zambullido en el reservorio.

Nuestro encuentro se repitió las noches siguientes, estableciéndose una cita a la cuál, debo admitirlo, acudía con particular vehemencia. Quería ver el esbelto cuerpecillo de la criatura exponerse a la inmensidad de la noche y buscar robarle a la misma luna un lugar en el cielo. En una de estas ocasiones, la observé mientras llovía. Inmune al clima adverso, aquel medio húmedo parecía tenerla sin cuidado, incluso lucía contenta pues realizaba inusuales bamboleos, como un colibrí que se mece entorno a una flor, así mostraba su embeleso. Acompañaba ese ritual con una serie espasmódica de tumbos en el piso, prácticamente se revolcaba en un instante fugaz para volver luego al borde de la cisterna. En esos actos, no pude dejar de percibir un tipo de nostalgia; acaso añoraba su condición previa, antes de llegar a esta morada.

La peor noticia desde la tormenta fue escuchar el comentario de mi padre en cuanto a que debíamos limpiar el reservorio.

–Debe de tener porquería y media –sentenció.

Busqué su mirada tratando de adivinar el verdadero sentido de sus palabras. Quizá yo no era el único en conocer la existencia que ahí moraba. También ellos podían haberla visto. Aunque tal vez mi padre ignoraba todo y aquella tarea era uno de tantos caprichos que tienen las personas mayores cuando su mundo se reduce a labores hogareñas.

No podía permitirlo, no iba a dejar que drenaran con una bomba el reservorio. ¿Acaso no entendía mi padre que la cisterna había sido conquistada? Luego de la tempestad había dejado de ser nuestra y ahora formaba parte de un orden distinto.

En mi posterior encuentro nocturno advertí con tristeza que el brillo de la criatura había mermado, ya no era aquel resplandor vital que negaba a la noche y sus estrellas. Se había transformado en un brillo mortecino cuya palidez era alarmante. Quise atribuir esta condición a la voluntad de la criatura por abandonarnos, regresar a su mundo, cualquiera que éste fuera. Pero no podía dejar de ver aquella condición como involuntaria; además, tenía el presentimiento de que el ser conocía las irrevocables intenciones de mi padre, ante las cuáles yo nada podía hacer.

–¿Qué tienes? –le pregunté desde la ventana.

El cansado organismo realizó una torpe y pausada fuga hacia las aguas. Quizá moría lentamente envenenado por el limo y los desechos que ensuciaban su cuerpo nacarado y puro. Después de todo, la idea de cambiar el agua no era tan mala. Una carga de líquido fresco podía ser el medicamento adecuado. Regresé a la cama convencido de esto. Al amanecer, limpiaríamos su ambiente.

A pesar de que apresuré a mi padre para el trabajo, no realizamos el drenado sino hasta el mediodía. Entonces, encendimos la bomba cuya succión comenzó a verter al traspatio un fluido herrumbroso. En cada estertor que emitía el aparato, presentía lo peor. Estuve pendiente de lo que entregaba el mecanismo, implorando que respetase el delicado habitante de esas aguas. Temía que de pronto la consistencia del líquido fuera aquélla viscosa que habíamos achicado el día posterior a la tormenta, probablemente, fuente primordial de la criatura.

Ninguno de mis temores ocurrió. La última hebra de líquido abandonó la manguera y fue rápidamente absorbida por el suelo arenoso. De inmediato me ofrecí para entrar a la cisterna con la excusa de limpiar. Mis pasos difundieron un profundo eco mientras bajaba. Salté desde el último peldaño de la escala a donde por algunas semanas, casi tres, había morado la criatura.

Recorrí con la mirada el interior sólo para toparme con un húmedo vacío. Piedras, montículos de lodo y restos de arena conformaban una minúscula orografía. Encontré varios restos del diluvio: estacas de madera, tapas metálicas, esquirlas de vidrio, envases plásticos, cartón transformado en pulpa, sogas podridas… pero en ningún lado rastro de la singular criatura. Después de todo, quizá el burdo sifón de la bomba había terminado con su nostalgia.

Volví la mirada hacia el techo del depósito, más un gesto de cruel resignación que una última esperanza. La superficie tersa de cemento resultó desoladora. Me acuclillé en el recinto que por caprichos climáticos había sido reino del ser luminoso. Contemplé el interior que usualmente contenía líquido e imaginé al hábil organismo yendo de un lado a otro en la oscuridad del agua turbia, un ave del paraíso desesperada por abandonar la jaula.

Casi me alegré al recordar la esencia de aquella tradición de recolectar la primera lluvia y, con ello, según mi abuelo, retener algo de ella. Algo, no todo.

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. gilberto Nunez dice:

    Quien es j.a flores?
    Lo felicito de todo corazon su narrativa es cautivadore, florida y abundante. Me encanto muchisimo. Bravisimo. Me parece estar remontado en mi ninez, escuchando la lluvia y que, gozandola desnudo bajo la gotera, derramando el delicioso manatial sobre mi extendidaa faz, como pidiendo y recibienda la limosna bendita. Loores, caMPEON. pROSIGUE, CUENTA SEGUI PUES.
    gRACIAS
    sAN fRANCISCO, cALIFORNIA NOV 11 2010

  2. gilberto Nunez dice:

    Quien es j.a flores?
    Lo felicito de todo corazon su narrativa es cautivadore, florida y abundante. Me encanto muchisimo. Bravisimo. Me parece estar remontado en mi ninez, escuchando la lluvia y que, gozandola desnudo bajo la gotera, derramando el delicioso manatial sobre mi extendidaa faz, como pidiendo y recibienda la limosna bendita. Loores, caMPEON. pROSIGUE, CUENTA SEGUI PUES.
    gRACIAS
    sAN fRANCISCO, cALIFORNIA NOV 11 2010

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