Tinta azul

por Nadia Villafuerte

Lo del beso sucedió hace tres días. Nada fuera de lo común, piensa ella. Delante de los hombres viejos con los que ha construido su historial amoroso, el poeta es un niño, casi le asusta verse tan envejecida en comparación con él —le repugna un poco que le haya tomado la mano y la escena estuviese afectada por una sutil cursilería.

Ahora lee sus poemas, le gustan las imágenes (un vestido vacío en el ropero, por ejemplo), quisiera seguir pero no se concentra.

Quisiera decir: una mesa de billar, la necesidad de que una bola se mueva en el tablero para que las demás choquen. Quisiera sumergirse en el agua estancada y verde de la mesa: imagina un lago. Quisiera decir: la mirada verde del poeta. El beso anunciándole que algo va a cambiar, aunque nada ocurra y ambos deban regresar a sus respectivos horizontes. Quisiera decir: busco algo, así no sepa exactamente qué. Quisiera: encontrar cualquier cosa aunque de nada sirva.

Pero ella está harta de las relaciones adictivas, peligrosas. Desde hace tiempo busca algo y no lo encuentra. Quizá no encontrará nada, nunca.

Quisiera decir: tal vez de eso se trata.

Ahora pudo buscar al poeta en su cubículo de trabajo, ofrecer cualquier oportunidad, salir juntos, perderse en una librería, acariciarse. Y, sin embargo, llama a su marido… No es su marido, concluye, mientras marca los dígitos. La llamada no entra, no es su marido propiamente, no hay papeles de por medio, pero duermen juntos. El número de celular que usted marcó está fuera de servicio, dice una voz femenina, mecánica; y no obstante —reflexiona— llevan ya dos años. Vuelve a marcar, se sabe los números de memoria, igual supo los números telefónicos de otros, números hoy olvidados. De nuevo la contestadora automática.

Es raro que su marido no conteste. Por las tardes siempre está en casa, frente al ordenador, abstraído del mundo, haciendo clic al mouse para modificar la fotografía de un rostro en la pantalla. Su esposo. Está obsesionado con la imagen de su mujer. Le ha sacado más de mil fotografías: sonriente, llorosa, desnuda, vestida, de mal humor, drogada, borracha, deprimida, odiándolo con la habilidad que desarrollan los hipócritas, amándolo sin saber con precisión por qué, preguntándose, ¿cómo vine a parar aquí? Odia la rutina. Lo mismo cuando, de pronto, algo sale de control. Por fin su voz —grave, remota.

—¿Qué pasa, mi cielo?

De pasar, casi todo. Un edificio de cristales se derrumba. Alguien ha decidido lanzarse de un puente. Un poema dice: La mujer está en otro lugar, a muchas millas de aquí, pero duerme a mi lado.

Le molesta de verdad su tono dulce, ese aire de educación inglesa en el que los reproches se resuelven con buenos modales.

—Nada. Podrías venir por mí. Es temprano. Hace mucho que no vamos al cine.

Dice sí. Diría sí a todo, está segura. Le asusta percibir esa poca certeza que les queda. El amor como un resto de colillas.

Tiene que ver con sembrar raíces y contemplar cómo crecen a pesar de estar infectadas por una oscura plaga.

Espera. No tardará en llegar. El poeta, en cambio, pasa por ahí y se despide. A ella le da igual. Sólo es un buen poeta, está harta de los equívocos. Sobre todo, se ha cansado de los hombres con anillo, del sexo encubierto, del miedo que le producen los moteles.

Quiere escribir y no puede. Debe de ser el frío, los dedos no responden. Necesita hacer una reseña, mentir sobre una obra musical que le disgustó. Revisa algunos archivos en la computadora. Enseguida, abre su bandeja electrónica. La cierra. Lee noticias. Abre su correo otra vez. Los nombres de los remitentes le suenan extraños, ajenos. No recuerda cuál fue su primer e-mail. Ni cómo se comunicaba con sus amigos antes de tener una dirección en Internet.

La oficina está desierta. Sólo el viento frío deslizándose en las ventanas. Sólo las ventanas protegiéndola del invierno. Sólo un iceberg en la noche, como si el témpano de sus sentidos no fuera suficiente. Odia los inviernos de esta ciudad. Añora los veranos perpetuos de su casa, el lugar donde nació. Ese calor opresivo, la materialidad pegajosa del escenario, el asfixiante bullicio del pasado.

Sueña. Está en su cuarto y huele a desodorante y ropa íntima recién lavada. Se despierta con la blusa empapada de sudor. Tiene demasiado sueño y permanece insomne, ni suficientemente dormida, tampoco despierta. Escucha la soledad del televisor con el volumen a medias, el ventilador de techo, la regadera abierta a lo lejos, la bomba de la cisterna prendida, el chirriar de una bicicleta fija, de pronto un silencio denso, como una nube que amenaza con abrirse y se detiene sobre su cabeza, cargada de terribles presagios y malos deseos. Sueña que quiere levantarse y no puede, como si su cuerpo fuese una tumba y ella deseara salir, después de todo. Sueña que su madre entra a la habitación dejando gotitas de agua en el piso. Que su hermana abre las gavetas para guardar en ellas un futuro inexistente. Que su padre las contempla desde la puerta y las sabe, a las tres, extraviadas.

El celular timbra. Guarda libros, hojas sueltas, sus llaves, los poemas que intentaba leer. Apaga la máquina. Su marido ha llegado, está en la puerta del edificio. Casi no lo reconoce. Lleva un gorro azul que le da aspecto de pandillero de cincuenta años. Es un buen hombre. Es el hombre que habría esperado amar hasta la muerte y no obstante…

Quisiera decir: la grieta, la humedad en las paredes. El maquillaje deshaciéndose por el hilo del rímel en la cara. Un avión atravesando el cielo hasta volverse diminuto.

Suben al auto. La avenida está despejada y limpia. A ella le viene la nostalgia de un lugar desconocido. Las ganas de bajarse ahí mismo, para luego correr e imaginar que más allá de la esquina encontrará el incendio de una tarde por encima del océano. Piensa en las orillas sucias de alguna costa africana.

—Hace mucho que no vamos a Queens.

—Mmm… Tardaremos demasiado. Y además, tengo hambre.

Y además, tiene hambre, repara ella sin expresarlo. Como si la comida pudiese llenar ese vacío.

Se detienen frente un restaurante. Aparcan en la acera. Tienen suerte de que haya lugar para el auto ahí mismo. En las paredes hay espejos. Eso la hace sentir incómoda. Él come mariscos, bebe a sorbos una Coca-Cola, fuma un cigarro. Debe ser muy feliz, imagina ella. Su felicidad fugaz le provoca náuseas. No entiende cómo puede aparentar sosiego. La tarde se torna impasible, amarilla. Le dan miedo las tardes amarillas, los niños jugando en la calle, el motor de los autobuses. El motor de los autobuses yéndose rumbo a otras ciudades.

Después de comer, van hacia una pequeña plaza. No a Queens, a donde ella deseaba ir, en el otro extremo de la ciudad, sino a un sitio cercano que es justo como ellos, triste, discreto, derruido. Dejan el coche en el estacionamiento. Demasiada luz neónica para tan modesto escaparate. Comida rápida, videojuegos, un par de zapaterías sin clientes. Lo que más le inquieta son los maniquíes. Maniquíes sin cabezas, ni brazos. Se dirigen a los carteles de películas.

—Mejor no.

—¿No qué?

—Mejor vamos a casa. Estoy deprimida.

—¿Tomaste tu Prozac?

—No.

Lo peor de los medicamentos es su dosis. Lo mejor es que la convencen: sería terrible no depender de ellos, no depender de algo.

—Como quieras, mi vida.

No concibe su tolerancia, su espíritu zen, esa bondad que teje en torno a ella y es una trampa, una red asfixiante, el modo perfecto para sostener cierta dependencia abyecta. Quisiera verlo explotar, que la manchara de mierda y sangre. Duda de su carácter sereno. Recuerda un verso del poeta: tengo fe por la maldad del hombre, fe por las fauces abiertas en su espalda.

Podría decirle:

—Pero no es mala idea ver una película.

Y en dos segundos:

—No. Será otro día. La cartelera es mala.

Lo sabe: el marido entenderá su indecisión, igual su obsesivo deseo por bajar de peso. Es probable que los dos lo sepan: no hay otra cosa sino desconfianza. Miedo de hablar de veras. Miedo de sentir lo que sienten. Miedo de lo que postergan.

—Nos caerá bien un baño.

—Tienes razón.

Pero no. No tienen razón en nada. Más bien se equivocan, como si equivocarse fuese un mérito.

Se dirigen al estacionamiento. Ya en el auto, ella no deja de verse en el espejo. No deja pasar la oportunidad de preguntarle por milésima vez a su marido si siente que ha subido de peso, si no será que la boca seca es síntoma de diabetes, si escribir tiene sentido. El tráfico le angustia: no por el tiempo detenido sino por la tranquilidad con que todos aceptan varar a mitad del destino. Se sienten incómodos. Sería más fácil si el reproductor de compactos sirviera, si pudiesen escuchar una estación de radio, cualquier música sería más agradable que el mutismo por donde flotan sus verdaderas intenciones. ¿Cuáles serán las de él, por cierto? De repente, lo examina sin pudor. Su perfil —iluminado por otro auto que va adelante— le produce ansiedad. Él se percata de la mirada aturdida de su mujer. A cambio, toma su pequeña mano, aterida y pequeña como la de un ave que nunca emprenderá vuelo alguno.

Por fin llegan a casa. A ella, la penumbra le aturde. Enciende las luces de inmediato. Es bueno ver objetos, piensa, objetos como raíces sembradas en las paredes. Es bueno tener un sitio al cual llegar. No han dicho una sola palabra. Entran a la habitación pero en realidad ella imagina una estación de trenes, el ruido desquiciante del motor respirando para irse. El marido la ve desnudarse, y lo que no observa en el cuerpo de su mujer es el continente en llamas en el que se convirtió desde hace tiempo, un fuego invisible prendido a los bordes de cuanto les rodea.

Toma una ducha. Ella. Ni siquiera seca su piel mojada. Se recuesta, toma un libro, lee. “Se siente peor, más lejos de sí misma”. La frase es apenas una frase y sin embargo… Lo importante radica en lo que oculta, reflexiona. Va a marcarla. Subraya palabras como si quisiera guarecerse detrás de cada letra, podría edificar un muro con los libros leídos. Quita el tapón del lapicero. Una gota azul turquesa salta a su mano. Ni siquiera vio el chorro de tinta brillante emanando de la punta. Supone que también los objetos tienen repentinas hemorragias. La gota azul se expande entre sus dedos pálidos. No entiende cómo una gota de tinta consigue escurrir tan amenazante, como si quisiera crecer hasta inundar el cuarto y ahogarla. Casi siente el azul profundo metido en sus narices. Además, en el acto de limpiar la tinta, nota una llaga. Una de esas llagas que oprime hasta que se revienta. Quisiera sumergirse en un mar de tinta azul y desaparecer. Jugar con la llaga hasta lastimarse porque sí. Va a decirle a su marido: algo está mal y deberíamos discutirlo. Va a decirle al poeta que su libro es bueno, que el beso fue una simple circunstancia y no quiere citas en cafeterías con mesas de billar al fondo.

Se levanta y se dirige al estudio. Él está frente a la computadora, perdido entre archivos de imágenes, cientos de fotografías. Es increíble pero su marido la traiciona con ella misma, salvo que la mujer atrapada en las fotos digitales no toma pastillas ni se siente extraviada ni envejece. Su cuerpo se distiende, deja caer los brazos, la incipiente rabia, el súbito deseo de romper la transparencia de un espejo que miente, porque lo real ocurre bajo la superficie.

—Quiero hablar.

—¿Pasa algo? —responde él, inquieto.

Pero ella se arrepiente al instante. ¿Para qué?, se dice. Da la media vuelta y se dirige al lavabo. Lava sus manos con jabón. Tiene manchas azules por todas partes. La mancha azul no desaparece.

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